La cabeza de Pellegrini

Cómo se le ocurre a Pellegrini confesar en público –él, que siempre ha sido tan medido—que su sueño siempre fue el de llegar a dirigir el Real Madrid. ¿Qué pasa si le va mal? El problema es que si queda mal el Ingeniero, queda mal Chile, justo para el bicentenario, como me escribe un amigo muy patriota. No es prudente reconocer anhelos tan altos, porque la caída es más dura. Los fracasos en miniatura no duelen tanto como los estrepitosos. Por suerte, la mayoría de los nuestros son de los primeros, en consonancia con nuestro destino de Liliput. Tenemos dos siglos de historia política y deportiva para comprobar que los cataclismos nos llegan a ritmo pausado, menos de uno por generación. Viva la longue durée.

Con las declaraciones de Pellegrini en presencia de Di Stefano, que para los madridistas es como hablar en presencia de Jehová, el mundo se nos puso un poquito más cuesta arriba. De ahora en adelante, ningún chileno va a poder mirar un partido del Real Madrid sin que se le encoja el corazón con cada pase trunco, cada ocasión de gol desperdiciada, o cada embate del enemigo, quiero decir, rival. Cada fin de semana va a sentirse como una semifinal.

Gracias a la conjunción de sus méritos y los recursos inmoralmente copiosos de su nuevo club, Pellegrini nos entrega algo inédito en el fútbol chileno: la posibilidad aterradora de ir más allá del triunfo moral o del eterno destino nacional del casi-casi. Porque una cosa es que haya un jugador chileno en un equipo europeo grande, pero otra cosa muy distinta es que un chileno sea responsable de la suerte de un club como el Madrid, sobre todo en un medio donde las cabezas de los entrenadores despedidos se usan como pelotas de entrenamiento.Si rueda la testa de Pellegrini, acordémonos de que va a ir envuelta en la estrella solitaria, de lo que se deduce que a nuestra imagen-país no le conviene que les vaya mal a los merengues. Como lo dijo Bielsa, Pellegrini es la carta de presentación de otros entrenadores formados en Chile. Palabra de loco, alabado sea.

Ante este trance histórico no nos queda más alternativa que tratar de pensar positivo. Al forzarnos Pellegrini a meternos en estas ligas, tal vez nos haga entender de qué se trata el fútbol de verdad. Me refiero a un fútbol en el que ganar es una posibilidad tan cierta como la de perder o, si nos ponemos un poquito más radicales, un fútbol donde la derrota es una anomalía inaceptable y las victorias son la norma; es decir, lo opuesto del deporte chileno.

Hay que recordar que Pellegrini poco le debe a Chile. Como jugador, uno que lo vio tiene que decir que era tronquelini. Como técnico, se hizo la mano llevando a la U a los potreros y a la Católica a las puertas del casi-casi. No fue profeta en su tierra. Al contrario, la prensa chilena atribuyó sus triunfos en Ecuador a un milagro, en San Lorenzo a la suerte, y en River al plantel. Es la misma prensa que ahora le quiere colgar la tricolor al cuello, y que luchará como porrista desesperada contra la niebla de angustia que ronda el Bernabeu. Líbrala, líbranos, Ingeniero, de un guaracazo contra los postes, ahí donde siempre se nos quema el pan.

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