Canibalismo cívico

Me han advertido que al escribir de este tema me meto en las patas de un tremendo caballo, pero no importa. Si me mata el jumento del conformismo, declaro que no tengo intención de donar mis órganos y que defiendo la resistencia de muchos chilenos ante la presión para declararse donantes.

Para que no me declaren muerto cerebral por sacrílego o antipatriota y que luego me faenen en pedacitos, aclaro que me sobrecoge la angustia de la familia de cualquier paciente –sobre todo si es un niño—que espera en vano la aparición de un órgano salvador. No me imagino sufrimiento mayor.

Pero esta compasión no me impide opinar que cualquier ley que nos declare a todos donantes y que sólo permita eximirse por medio de un trámite especial es una exageración y un abuso de los derechos ciudadanos. Una ley así no tiene solidez ética y tampoco podría ser aplicada de manera equitativa, porque en Chile no existe la infrastructura necesaria para hacerlo. (Claro está que si éstas fueran condiciones para las leyes en Chile, nos quedaríamos con la pura ley de la selva).

Pero antes de subirse al púlpito de la indignación o legislar sobre cuerpos ajenos, los que lamentan la carencia de donantes en Chile deberían preguntarse qué razones hay para que esto ocurra. ¿Por qué este país, que puede ser tan teletonesco, tan fácilmente embolinado por despliegues de sentimentalismo colectivo, actúa con porfiada indiferencia frente a esta “escasez”?

Una posible respuesta es que detrás de la indiferencia se esconda una arraigada desconfianza frente a los mecanismos encargados de regular el intercambio de órganos y otras partes del cuerpo humano. A esto se agrega la intuición de que la desigualdad inherente en el sistema de salud del país no da las garantías necesarias para asegurar un trato justo para víctimas de accidentes u otros donantes potenciales. No es tan difícil hacer las deducciones necesarias cuando un grupo social tiene helicópteros, aviones presidenciales y espacio en los medios cuando tiene alguna emergencia médica, mientras que otros se mueren esperando que llegue la ambulancia.

También hay que considerar que la gente tiene conciencia del modo opaco en que se realizan las transacciones sociales y económicas en Chile. ¿Alguien se ha atrevido a averiguar bien en qué lista de espera para recibir un riñón estaba el ministro Pérez Yoma? No me imagino por qué se sorprenden de que la mayoría sea reacia a ponerse en manos de un sistema ineficiente, desigual y clasista, sobre todo en momentos en que ronda la muerte. El charqueo de cadáveres se practica en Chile desde hace mucho tiempo, como lo sabe cualquiera que haya descubierto que un ser querido recién muerto es devuelto sin córneas y sin ninguna explicación.

Por último, tal vez persiste en algún pliegue de la memoria colectiva la historia de los transplantes en Chile, en especial de los primeros transplantes de corazón, eventos mediáticos y truculentos muy celebrados en su tiempo. Cuando faltaba todavía más de una década para la aparición de la ciclosporina, la droga que permite controlar la reacción inmunológica de rechazo, los chilenos nos enorgullecíamos de los experimentos humanos que realizaban los cirujanos criollos. El país entero pareció creerse el cuento mediático del donante generoso y del recipiente milagrosamente recuperado, una especie de canibalismo amistoso y cívico, un canibalismo en nombre de la patria y el progreso de la república.

Como es de sospechar, los cobayos, tanto donantes como recipientes, eran gente indefensa frente a la máquina de la medicina nacional que les pasó por encima. Nos decían que María Elena Peñaloza engordaba porque se le había despertado el apetito luego de recibir el corazón de un joven porteño llamado Gabriel Véliz, cuando la verdad es que la joven costurera se hinchaba y se hinchaba de tanta cortisona que le metían para postergar su triste muerte, para extender la gloria de la medicina y para comprobar que nos acercábamos, ahora sí que sí, al bendito desarrollo.

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10 pensamientos en “Canibalismo cívico

  1. Concuerdo contigo que una ley sería un abuso, pero tampoco hay que ponerse paranoico con eso de que te van a declarar muerto con el afán de faenarte. Todavía creo que la gran mayoría de los médicos hacen un trabajo impresionante en un país como Chile, y también que en la historia de la transplantación en el país, al comienzo, era una cuestión de ensayo y error… como lo es la ciencia. De todas maneras, la palabra DONANTE lo dice todo.a.h.

  2. A.H.. La palabra donante no dice nada más allá de lo que la ley y la práctica disponen. No está nada de claro para mí que lo que se hace en Chile actualmente sea producto de un trabajo impresionante de los médicos. Claro, los transplantes al principio eran cosa de trial and error, pero fíjate quiénes eran los conejillos de Indias y en qué quedaron. No es ético hacer experimentos con ese tipo de limitaciones. La ciclosporina no se empezó a usar hasta los 80. En EEUU, si yo fuera joven, pobre y negro, me preocuparía mucho, sin necesidad de ser paranoico. Los “donantes” de corazones tienden a ser jóvenes y pobres, y los recipientes más afluentes y mucho más viejos.

  3. Yo tampoco soy donante. Y me alegro de publicar esta political incorrectness en este contexto ya precisado, sin tener que delimitar los alcances de esta posición. A veces me da la impresión de que países como Chile, se sienten más modernos introduciendo estos temas de mundo desarrollado al foro público, una superficialidad que se huele. A lo mejor existe algo así como una “intuición ética” y yo la tengo muy fuerte en relación a un cuerpo muerto. No soy religioso pero para mí es parecido a lo que llaman sagrado. Veo a mi mamá llegar llorando a la casa a finales de septiembre, 1973, y contar de haber visto cadáveres de gente humilde tirados en la calle, mosqueándose.Veo la pena de mi papa ante la sospecha y la indignación sobre el cuerpo de su padre, Hospital Clínico de la Universidad Católica,1987.Sigo mi intuición, este cuerpo somos, no es tan fácil.

  4. No cuestiono el que haya injusticias enormes en la asignacion de organos donados, pero no me suena para nada eso de que el cuerpo sea de uno. Tanto el yo “mismo” como el cuerpo son aglutinaciones maravillosamente coordinadas y funcionales pero de “mismas” nada. Son impermanentes, cambiantes. La continuidad espacial y temporal del sujeto y su supuesta independencia ontologica son sensaciones dificilmente construidas y que requieren mantencion permanente del medio social. Creo que esto al menos da lugar a que el destino de un cuerpo muerto sea un asunto que se decida democraticamente.Cristina

  5. Y que pasa con la propiedad privada, soy o no dueño de mis organos. Porque una ley me obligara a donar y no hay una ley que me obligue votar por ejemplo

  6. Si nuestro cuerpo, nuestros órganos, lo más “nuestro” que tenemos, pueden mediante una ley sernos arrebatados para el bien de algún prójimo que lo necesite, ¿por qué, entonces, y con mucho más razón, mediante una ley no se nos arrebatan los bienes materiales para el beneficio de muchísimos prójimos que carecen de todo?Pienso que habría que legislar por ahí primero.Por supuesto que una idea así acarrearía el escándalo. Más sagado que el cuerpo es la riqueza, la bendita propiedad privada.Alicia

  7. Usted, Sr. Castillo, me ha quitado las palabras de la boca.
    Agregaría que las “cadenas de oración” que se organizan son tenebrosas, porque no son mas ni menos que desear profundamente que alguien se muera para que mi cercano viva.
    Es mas práctico y rápido salir a buscar sigilosamente , junto con el médico, una persona (marginal de preferencia, para que no se le eche de menos a no ser por su perro) pegarle un tiro y operar de inmediato. Así hariamos Patria disminuyendo la pobreza y la delincuencia.

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