Hermógenes goes South

Apostaría el poco pelo que me queda a que Hermógenes Pérez de Arce lo ha pasado muy bien leyendo las despedidas que algunos de sus compañeros de oficio –columnistas de la plaza, como diría—le han estado brindando. Jorge Edwards, en su columna de La Segunda, se dio el gusto de tratarlo de “plumífero”, a lo que Hermógenes respondió por El Mercurio señalando que él es “dos veces más Edwards” que Edwards. Ouch.

Por su parte, para que todo quede en familia, Carlos Peña dejó de lado su cautela habitual (y parte de su prosa) y se lanzó en un galope freudiano a sicoanalizar eso que él llama el “fenómeno Hermógenes”. Tal vez el subconsciente no le permitió a Peña desplegar más que un ala de su lucidez para escribir su despedida al colega mercurial. Con la otra ala, me imagino que se tapaba un ojo o se sobaba la cabeza.

En todo caso, Patricio Navia la encontró “notable”, así como alabó el intento de Héctor Soto, quien también tecleó –en La Tercera, la competencia—su afanosa salutación final. Por lapsos, el adieu de Soto se hace alucinante por la cantidad de adjetivos que intenta arrear como quien pastorea gatos. Así como Peña se apoyó en Freud para faenar una columna que se lee como escrita por encargo, Soto parece haberse inspirado en Canitrot. No sólo por el sentimentalismo elegíaco –a ratos se le olvida que no está escribiendo un obituario—sino por la dicción. Porque ¿quién más que Canitrot o un íntimo del cantante dice Frankie para referirse a Frank Sinatra? Soto también recurre a Paul Johnson, quien a su vez se parapeta nada menos que en I Pagliacci para sostener la operática idea de que todo columnista ríe para no llorar. Ja ja ja.

El columnista que mejor despide a Hermógenes, sin duda, es el mismo Hermógenes. Así como la ocasión obligó a Carlos Peña a escribir la que tal vez sea su peor columna, y a Soto a esmerarse en lo que le conocemos, Hermógenes escribió la mejor de las suyas, muy distinta a la genérica y ritual aparición en que se había convertido hace ya un buen tiempo su parrafada de los miércoles.

El tema en sí, claro, es un deleite, y la prosa es cuidada, pulida hasta en los menores detalles, simpaticona, se lee como si uno tomara agua fresca de la manguera misma. Termina con una puntada genial, resplandesciente de sol toscano y sabiduría antigua: se non ti vedo più, felice morte. La frase no es toda cordialidad y bonhomía, como parecen creer Peña, Soto y muchos de los que, mencionando la ironía que a veces usaba Hermógenes en sus textos, se eximen de tener que interpretarla o mirarla más de cerca. Una mirada a la escabrosa sección de comentarios del blog de Hermógenes en El Mercurio nos revela que estos compañeros columnistas, eximios lectores entre líneas, no están solos en su incomprensión del hombre de los miércoles mercuriales.

Nadie está a la altura de sus sutilezas, del encanto cegador con que en una frase genial resumía la historia de la humanidad o la historia del Chile contemporáneo, al punto que cualquiera de nosotros podría, sin pecar de banal, usar sólo sus columnas como material de referencia para entender nuestras luces y nuestras sombras, además del sentido de nuestra vida.

Engañados por el celo retórico que aparecía en sus columnas, nadie ha sido capaz de ver que se trataba de una performance intelectual de alto vuelo, y nadie parece haberse dado cuenta de que Hermógenes en el fondo era rebuena gente, un Juan Dahlmann chileno que elige en un momento decisivo de su vida, irse al Sur para dejarse de leseras y descansar. Tal vez en algún lugar del Sur le toque salir a la llanura, de noche.

Hermógenes era inimitable, pero como despedida no puedo sino intentar emularlo despidiéndome en italiano. No tengo, claro, su finura, pero sí el sentimiento: La vita è come un albero di Natale, c’è sempre qualcuno che rompe le palle. Adiós, poeta de la historia de Chile y, como le corresponde a un Edwards dos y tres veces Edwards, lo digo en inglés con acento de Virginia Waters: good riddance

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Un pensamiento en “Hermógenes goes South

  1. Quien se va para siempre -de nuestra comarca o de la vida- rara vez se despide; en Chile, quien se despide es porque no tiene pretensión alguna de irse, sino de quedar al aguaite y contemplar las reacciones; y si es de derecha, permanecerá, como el funesto Daniel López, flotando en la atmósfera de nuestra memoria hasta que podamos pasar a otra cosa de una buena vez. Y eso lleva muchísimo más tiempo de lo que todos quisiéramos.

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