Música en la noche

A veces vienen y me colman, de sorpresa, los colores y los sabores del siglo veinte. Aunque esa época parece tan cercana, han cambiado tantas cosas que me da la impresión de que estuviera a una distancia que sólo se puede medir en años-luz.

Claro que esa distancia se hace nada cuando cierro los ojos, de noche, con una tabletita electrónica que me susurra en los audífonos fragmentos de música que he ido rastrojeando por los rincones del ciberespacio. Manejo estos cachureos electrónicos con cuidado y reverencia, como si de verdad tuvieran el don de permitirme recuperar antiguos sueños.

La verdad es que son apenas un amuleto de incierta magia. Cerrando los ojos, algunas canciones de los 70 me sirven para tomar entre los dedos algún sentimiento que se quedó dando vueltas por el pecho como una bolita de ruleta; otras sueltan las amarras de un suspiro de esos escalonados que uno no sabe si duelen o dan placer, y otras no hacen más que darle pila nueva al viejo juego de hacer retroceder el tiempo.

Aunque sólo sea por los 44 segundos del solo de guitarra de Alone Again (Naturally), la silueta de la ventana de mi pieza es la misma de la adolescencia agridulce, y estoy de vuelta en esas noches azul tinta cuando oía canciones en un idioma incomprensible. Jamás me habría imaginado que iba a encontrarme con estos sonidos a tres décadas y a diez mil kilómetros de distancia.

En ese tiempo la radio nocturna de Santiago era un refugio, un lugar más seguro para pasar parte de la noche. Por afuera andaban buscando y haciendo desaparecer gente, y era legítimo darse un respiro en ese albergue donde uno imaginaba que entendía lo que decía Cat Stevens en esa larga historia del niño con la luna y las estrellas sobre su cabeza. En ese espacio imaginario uno viajaba bien seguido (no había mucha variedad disponible tampoco en las radios de ese Santiago aportillado y apartado del planeta) a la noche de gloria de Neil Diamond, una noche calurosa en California donde agosto no era helado, Sweet Caroline, canciones cantadas tristemente por una multitud (todo el mundo sabe una), pero cantadas con tristeza de ficción. No de mentira, sino de ficción, con su cachito de verdad, chitarra suona più piano, para respirar un poco de aire puro. La radio de noche emanaba sus consuelos sin llamar la atención desde las antenas silenciosas de luces coloradas y persistentes desparramadas por toda la ciudad. No eran muchos los que tenían esa música (o en qué tocarla si es que se conseguía), así que la radio entregaba un regalo que era más preciado por ser tan intangible, efímero, porque no se podía almacenar como hoy se almacena todo. Había que aprenderse las canciones de memoria, guardarlas en el iPod de los subdesarrollados.

Escribía hace un momento que las canciones que he rescatado en la tabletita mágica son como un amuleto, pero no estoy tan seguro. Tal vez en ese tiempo fueron un amuleto protector, pero ahora, no sé qué son. Esto es lo que sé: volviéndolas a oír intuyo, igual que en esas noches, la medida de nuestra confusión y de nuestro desencanto. Pero al escucharlas también veo por aquí y por allá, porfiada y segura, la luz coloradita intermitente de las alegrías, las esperanzas y las pasiones que se demoran en apagarse, igual que los tubos de las viejas radios, igual que las porfiadas antenas en la noche azarosa de Santiago.

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4 pensamientos en “Música en la noche

  1. Hola,leo seguido tus palabras, me gustan mucho.Los recuerdos que viajan a la velocidad de la luz junto a la música! Es realmente increíble como uno puede transportarse tan rápido, tan poderosamente, desde lo que somos y donde estamos hoy-ahora, hacia donde estábamos y éramos entonces : en ese espacio-tiempo que la música nos grabó.Uno se pregunta, justamente, si finalmente se ha dejado de ser y estar en el entonces que descubría esos sonidos a perpetuar…gracias por tus reflexiones que hacen reflexionar… Saludos

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