Argentina: ¿Un solo corazón?

Bioy Casares lo cuenta y dice que a él se lo contó Borges. Otros han repetido la historia, así que por acumulación habrá que creer que de verdad sucedió el encuentro del Gran Ciego con un piquete de manifestantes peronistas, poco después de la guerra de las Malvinas. Sorprendido en plena calle por una muchedumbre justicialista, Borges se imaginó que la muerte heroica tan soñada le había llegado por fin. Iba a morir despedazado por el gauchaje frenético que invocaba el nombre de Rozas, o de Perón, da lo mismo. Matasiete, facón en mano, descamisado, chorreando sangre de otro cajetilla recién despanzurrado, ya lo acechaba, bailando al son de los bombos de cancha dominguera. En alguna parte ya lo había escrito.

Pero de repente, como en un tango, todo todo se olvida. En vez de abalanzarse sobre el plumífero, los descamisados corean, saltando: ¡Borges y Perón, un solo corazón! ¡Borges y Perón, un solo corazón! ¡Borges y Perón, un solo corazón!

Y lo dejaron pasar, gritando fuerte, mientras Borges se agarraba del brazo de Roberto Aifano, su acompañante, parpadeando y con la boca abierta de asombro.

Bioy Casares dice que Borges llegó a la conclusión de que con esa síntesis magistral la gente había demostrado ser más inteligente que él. El piquete callejero desactivó en esa sorprendente consigna la antigua y conocida enemistad entre el caudillo y el escritor, construída de agravios abstractos o triviales. Borges lo había tratado de “Monstruo” y Perón lo sacó de su puesto en una biblioteca municipal y lo designó inspector del Mercado de Concentración de Aves, Huevos y Afines.

Esa tarde, los manifestantes desmontaron el antagonismo entre Perón y Borges mejor que cualquier derridá, inventando a gritos pero con sabiduría una dupla imbatible de argentinidad, de potencia mundial reconstituida, gol seguro. Quién decía que no podían jugar juntos esos dos. Gol argentino, juepú.

Borges, claro, hacía jueguitos de entretiempo al atribuirle una inteligencia superior a ese grupo de vociferantes. Era su manera de disimular la desazón que le producía el hecho de que sus ficciones se le hubieran ido de las manos. Le costaría tal vez reconocer que fueron sus propios compadritos -sus gauchos matreros, los mismos que se pitiearon a su doble Dahlmann en una estación del Sur- los que lo habían salvado después de reconocerlo. Los lectores achoclonados de esa esquina rosada resolvieron sin tanto atado el dilema de “Borges y yo”: dejaron pasar al viejito ciego y se quedaron con Borges como rehén de consignas, para usarlo en los “vivas y mueras prefijados” que él había despreciado con tanto esmero.

No fue la primera vez que Borges confrontó sus propias creaciones. Cuando el fascismo (que en Argentina ha sido peronista y antiperonista, no nos olvidemos de que el fascismo es ante todo cosa de milicos) preparaba el camino para la guerra con Chile, se vio en la obligación de sacar la voz para desautorizar cualquier interpretación de su obra que la considerara una celebración o apología de la violencia, arguyendo con ingenio más que con profundidad que a nadie se le ocurriría condenar a Robert L. Stevenson por piratería.

El crítico Manfred Schönfeld decía que Borges tenía razón en oponerse a la guerra con Chile, pero agregaba con irreverencia que el escritor no debería sorprenderse ni asustarse de los vientos de guerra, porque en cierto modo él había alentado a los argentinos a regocijarse de ocasiones nietzscheanas como ésa. Borges supo esquivar esta estocada, con la manta enrollada en el brazo, retrucando: “Precisamente si me opongo a una guerra es para salvar a ese joven, argentino o chileno (los hombres no se miden en mapas), de la bayoneta”.

La bayoneta a la que se refiere es el íntimo cuchillo en la garganta del “Poema conjetural”, el mismo que se le pasó por la mente al encontrarse con la turba peronista:

Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez.

Tal vez la diplomacia chilena pueda sacar lecciones de estos episodios. La más obvia es que no cualquiera se puede meter a dictar cátedra sobre el legado de Perón. Para salir incólume de esa tarea hay que ser poco menos que Borges, y en su caso hay que considerar que, más que su intelecto, su fama o sus méritos literarios, lo que lo salvó fue su argentinidá, su pertenencia a la familia, su amor por esa idea de Argentina que transciende lo coyuntural y que se usa para construir aquello tan íntimo, voluble y complejo que es la identidad nacional. Guillermo O’Donnell y Torcuato Di Tella, por mencionar sólo dos de los tantísimos argentinos que han evaluado con justa dureza el legado peronista, tienen licencia para decir a boca llena que el justicialismo ha tenido visos de fascismo y comportamiento populista. Esto es innegable y evidente, pero suena a agravio en boca de un canciller o de un economista chilenos, o de un sociólogo brasileño.

El difícil permiso para meterse con el legado del peronismo no es simplemente un capricho nacionalista superficial, sino un reconocimiento instintivo y razonable de que este amplio movimiento no se entiende sin una buena dosis de historia argentina, sin conocer bien su historiografía tradicional y su historia cultural, sin haber ensayado sus pasos complicados, sus quiebres, sus enganches, y –por qué no- sus fintas y floreos de taquito.

En suma, es difícil caracterizar el peronismo sin estar al tanto de lo que ha recorrido en casi dos siglos esa nación tan extensa como la Argentina, trayecto que ha quedado, para suerte y provecho de todos los hispanohablantes, minuciosamente inscrito en una narrativa y una ensayística comparable en su riqueza sólo a la que ha salido de México. Pero claro, todo eso no cabrá nunca en la sabiduría a cuentagotas que se dispensa en estas ingeniosas clínicas de turno llamadas columnas de opinión, y así debiera entenderse a los dos lados de la cordillera para que nadie se amurre sin necesidad.

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4 pensamientos en “Argentina: ¿Un solo corazón?

  1. Es verdad: del otro lado de la cordillera, el nacionalismo argentino se ve frecuentemente como un asunto incomprensible. A mí, sinceramente, me llama la atención que sean tan propensos a santificar a sus figuras relevantes: que Evita, que Perón, que “Diego”, que el Ché…Es, por decir lo menos, curioso. Saludos desde la maraña de megas.

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