Lugares de la memoria

No hace mucho acompañé a un amigo a visitar los lugares de su infancia, primero en La Habana y después en Santiago de Cuba. En el avión comentamos la coincidencia de haber nacido él en Oriente y haber hecho su carrera académica a partir del concepto de “Orientalismo” de su maestro, el crítico literario palestino Edward W. Said. A primera vista una cosa no tiene nada que ver con la otra, pero las coincidencias surgían a cada rato. Los habaneros a los de Oriente los llaman “palestinos”, por ejemplo. Mi amigo “palestino”, discípulo del palestino orientalista avecindado en Nueva York, para terminar de enredar la cosa, es judío. Antes de irse de Cuba, a principios de los 60, su familia emigró de Santiago a un departamento en el barrio de Vedado, en La Habana, y allí nos encaminamos primero, porque después de 40 años de ausencia él quería ver cómo estaba el barrio. Estaba casi idéntico. Más derruido, con algunos cambios menores, pero básicamente el mismo. No nos atrevimos a tocar la puerta del departamento, pero nos quedamos en el pasillo, mirando por el balcón hacia la ancha avenida Línea con sus palmas reales y sus ceibas. Por la mirilla y detrás de las cortinas, los vecinos nos miraban mientras sacábamos fotos que intentaban reproducir las poses de fotos antiguas: mi amigo, ya entrado en los cincuenta, sonriendo igual que en la fotografía que le sacó su madre a los 13 años, orejón y de pantalones cortos, volviendo del colegio con un bolsón enorme colgando de un brazo igual como en el presente cargaba la mochila, junto al monolito que marca la intersección de la calle K con Línea. Un verdadero palimpsesto en el aire. Ya empezaba a caer la tarde y unos gatos jugaban en el sitio eriazo que todavía colindaba con el edificio. En el trópico, los sitios eriazos son verdaderos pedazos de selva, especiales para gatos atigrados. Mi amigo, amante de Proust, en un momento se quedó mirando a los gatos, dijo en francés “el lugar de la memoria” y se rio un poco para disimular el efecto del crepúsculo y los recuerdos que se le vinieron encima como una cascada: en ese balcón, de boina, fusil de palo y pañuelo rojo, saludando a los barbudos que desfilaban por la calle, Camilo, el Che, quizás el mismo Fidel. Ahí mismo, en plena celebración de sus 13 años, mirando la tragedia que le aguó el cumpleaños: un obrero muerto, electrocutado en el edificio contiguo, los curiosos arremolinados en torno al cadáver del joven, y los invitados que salieron con gorros y serpentinas a ver qué había causado el apagón. La fiesta se acabó. Los gatos en su selva seguían indiferentes y felices, fuera del tiempo.

Después partimos a Oriente, a los pies de la Sierra Maestra, al puerto de Santiago de Cuba, cuna del son y de la revolución. Allí, en una esquina frente a la plaza de la Intendencia, estaba la casa de la infancia, allí terminaba el viaje a la semilla. Estaba abierta e iluminada, repleta de mujeres. Era viernes en la noche y al día siguiente habría fiesta, porque Santiago de Cuba será pobre y estará mucho más derruída que La Habana, pero siempre parece haber celebración en algún lado. La casa estaba convertida en un salón de belleza. La clientela, las peluqueras, maquilladoras y manicuristas eran todas negras, amables, risueñas y preguntonas. La compañera a cargo de la empresa accede a que pasemos a mirar la casa, nos muestra todos los rincones. Mi amigo me da el tour: ésta bodega es la pieza de mi hermana, ésos son los mismos vitrales de siempre, el cristal roto desde el 53 con un disparo que rebotó de la Intendencia, el día de Cuartel Moncada, ésta era mi pieza, los techos eran mucho más altos, las baldosas siguen igual debajo de las montañas de pelo cortado acumulado durante la semana, el pelo se vende para hacer artesanías, en el baño nos escondíamos cuando había balacera, ¿le puedo sacar una foto a usted y a su hijo aquí en el comedor? “Ésta era su casa, él vivía aquí”, explica la compañera cuando las clientas hacen preguntas en voz baja. Salimos a la plaza para sacar fotos de la fachada. “El Encanto”, famosa tienda, está un poco más allá, en la calle Enramadas. En el segundo piso de la casa vive la misma familia que vivía en esos tiempos, menos los que se han muerto o marchado al exilio. Subimos a saludar, acaban de tener un niño y nos dan un licor de frutas maceradas; es tradicional que el padre lo empiece a hacer cuando sabe que viene un hijo en camino. Él, médico, se quiere ir de Cuba; ella, ingeniero en informática, dice que no se va de Cuba ni muerta. Subimos a la azotea para ver la puesta de sol. Se escucha música de son en el aire cálido del atardecer. En las montañas, entremedio de los árboles, brilla un letrero con el nombre de Frank País, asesinado por la policía de Batista en 1958. Cumplo con el deber de sacar más fotografías. Estos recuerdos no son míos, pero me los imagino como si fueran propios. Después pasamos por la casa de Frank País. La revolución la convirtió en un museo y no en una peluquería iluminada con tubos fluorescentes.

Llueve sobre Santiago (de Cuba)
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