Corazón y tiniebla

Pablo Ortúzar compara el estallido con un viaje al “corazón de las tinieblas”. La metáfora revela más acerca del operador ideológico que sobre la serie de sucesos que remecieron el país entre octubre de 2019 y marzo de 2020. El columnista, de hecho, recicla un tropo colonial bien añejo: las demandas y los actos de resistencia que surgen del descontento de los marginados constituyen un descenso a la barbarie. La “invasión alienígena” de Cecilia Morel era una imagen demasiado desquiciada, mientras que eso del “enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie” del presidente Piñera era demasiado demasiado largo, demasiado histérico como para caracterizar bien a quienes manifestaban su descontento. Para disfrazar la falta de originalidad en el análisis derechista, la barbarie que tanto asustó a la élite pasó a denominarse “octubrismo”. Pero la analogía que propone Ortúzar es igual de descabellada o incluso peor. Por lo menos Morel y Piñera reaccionaban en caliente, en estado de shock. Ortúzar, a pesar de tener el beneficio del tiempo y la reflexión, opta por una siutiquería igual de predecible, igualmente superficial.

En Heart of Darkness, la novela de Joseph Conrad, África funciona como el espejo oscuro frente al cual Europa se contempla; es el espacio del exceso, del desorden, de la violencia, de la otredad y la deshumanización que parece amenazar la razón occidental. Aplicar esa figura a los millones de chilenos que se sumaron a la protesta global es deliberadamente denigrante y ofensivo: una movilización masiva, transversal y profundamente democrática está metida a la fuerza en una metáfora débil que tiene como objetivo justificar el miedo al otro.

En la novela de Conrad, la travesía de Marlow por el Congo ofrece una parábola sobre el imperialismo y la degradación moral europea. Resulta caprichoso y venal usarla para caracterizar la irrupción en las calles de millones de ciudadanos chilenos que exigían dignidad, pensiones justas, educación y salud no mercantilizadas, ley pareja, transparencia en el sistema político. El verdadero “corazón de las tinieblas” de Chile no estaba en las calles de octubre, sino en las estructuras que originan y mantienen la desigualdad congénita, la precariedad creciente y la indiferencia impertérrita de las instituciones ante la ciudadanía. El lado más oscuro de esa tiniebla institucional es la brutalidad descomedida con que actuó la fuerza pública.

El estallido social no fue una incursión en la barbarie sino una salida intempestiva y vehemente del silencio; no fue un extravío sino una reorientación moral y política de gran alcance. Invocar a Conrad en este contexto, como hace Ortúzar, no ilumina nada: al contrario, todo lo enturbia. Es un intento de estetizar el miedo de quienes todavía tienen la sartén por el mango, es maltraducir la legítima rebelión como una fábula espuria sobre el descontrol de las masas. Pero fueron justamente esas masas —trabajadores, estudiantes, mujeres, pueblos originarios— las que devolvieron a Chile la claridad de una pregunta ética postergada por demasiado tiempo: ¿qué valor tiene una democracia que no garantiza justicia?

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