Se levantó temprano y de buen ánimo para seguir con su proyecto de traducir el Libro de Job al español moderno. Le estaba quedando bien, en buena medida gracias a su buen ojo para escoger sus fuentes: la biblia de Valera de 1909 y la biblia en inglés de King James. La prosa de Valera era un asco, pero le servía para conservar la tonalidad propia de un texto sagrado. Además, la tenía a mano: el arrendatario anterior la había dejado en un closet de su casa, tal vez a propósito, tal vez por distracción. En cualquier caso, él lo interpretó como una señal de que su idea no era tan descabellada. La King James, en cambio, le servía para entender lo que estaba pasando, versículo a versículo; la leía a punta de diccionario, de ChatGPT y de instinto, porque él no se manejaba bien en inglés. La Valera 1909 se podía usar sin pagar derechos, por estar en el dominio público, y lo mismo presumía para la King James, que estaba accesible en línea. ¿Quién iba a estar chequeando? ¿Quién era el autor original? ¿Bajo qué ley iban a cobrar derechos de autor por un kindle de la palabra de Dios?
El entusiasmo con que despertó se fue disipando a medida que revisaba el trabajo del día anterior. Le pareció mediocre, hasta bochornoso en algunas partes. Peligraba su idea de pegarle el palo al gato con una biblia condensada y en lenguaje claro, autopublicada por él y distribuída por Amazon, una biblia que se iba a vender muy fácil en soporte electrónico una vez que los cristianos de todo el mundo hispanohablante se dieran cuenta de su valor. No tenía ninguna ambición de hacerse millonario a costa de la fe ajena (una fe que había perdido con la pubertad, hacía medio siglo), solo quería no tener que mendigarle nunca más a nadie ni depender de la buena voluntad de los amigos y mucho menos de la caridad de sus hijos, a quienes, por lo demás, ya casi no veía. El mercado estaba ahí, no había que crearlo ni hacerle publicidad: la biblia es un bestseller eterno, el más largo de los longsellers. Pero así como iba la traducción, el sueño se iba a malograr.
Borró, empezó de nuevo y luego de un par de horas revisó otra vez, con la ilusión de haber mejorado lo de antes, solo para constatar que con tanto trajín su biblia era una majamama confusa, llena de ripios, una mugre sin estilo propio, sin gracia. Y una biblia sin gracia para qué servía.
El desánimo le aplastó los hombros. No era la primera vez que se desilusionaba, al contrario, la desilusión había sido su pan de cada día durante años y años, pero esta vez la pesadumbre tomó cuerpo. Se le secó la boca, las manos le empezaron a temblar, la vista se le nubló, le dieron arcadas, no sabía qué le estaba pasando. Pensó que podía ser un ataque de pánico o la arremetida inicial de un infarto cardíaco. Cuando pensó que de verdad podía tratarse un ataque al corazón, se le cerró la garganta y sintió como si tuviera una piedra alojada en el centro del pecho. Boqueaba como un pescado, no podía expandir los pulmones. Él decía que los ataques de pánico eran un invento más de los millennials y que los ataques cardíacos no eran para gente como él: es cierto que no estaba en buen estado físico, pero su cuerpo no tenía la temida forma de pera que había visto en internet, y por historia familiar estaba fuera de peligro: su familia moría de cáncer o de alzhéimer, no del corazón. Pero se vio obligado a considerar la posibilidad de que fuera un infarto, porque nunca se había sentido tan mal. Él, que jamás sudaba, ahora rezumaba un líquido ácido y helado por todos los poros. Un espejo le devolvió la imagen cetrina de su padre muerto y entonces un anillo negro le empezó a cerrar la vista inexorablemente.
Tenía que salir de la casa: en el parque cercano iba a recuperar la calma, lo iban a salvar los grandes árboles que se cimbraban en la brisa primaveral. Mientras buscaba sus zapatillas, rogó que no estuviera ahí la maldita bandada de loros extranjeros que había ahuyentado a las antiguas palomas. Por alguna razón, esos pájaros coloridos le inspiraban un miedo inexplicable, desproporcionado. Eran la metáfora del país y su ruina: un parque lleno de loros, cotorras, papagayos, cacatúas, especies invasivas, bancas rotas, céspedes abandonados, un parque donde no llegaban más los sobrios zorzales, gorriones y palomas de antaño. Se dio cuenta de que estaba delirando y eso lo aterró todavía más. Con la respiración entrecortada, buscó monedas para un café. Se lo iba a comprar a Néstor, el peruano de la esquina. Era un café horrendo, café de chifa, agua de calcetín sucio, como el mismo Néstor le decía cuando estaba en confianza. En ese momento, a él no le importaba el sabor: su idea era sentarse al sol con un vaso de papel tibio entre las manos. Instalarse en un banco de la plaza con las manos vacías sería lo mismo que anunciar su fracaso por altoparlante. Necesitaba ese café como pieza de utilería y como amuleto.
El aire fresco de la calle le alivió el ahogo casi de inmediato. Cuando entró al boliche a comprar el café, Néstor le hizo un ademán de saludo, como diciendo «todo está olvidado». No le dirigió la palabra ni le devolvió la sonrisa, pero le dio un café mediano en vez del pequeño que él había pedido. Tomando en cuenta el apego que Néstor le tenía a la plata, ese regalo era un inmenso gesto de conciliación. Ruth se asomó desde la cocina cuando él ponía las monedas en el mostrador, aunque desvió la mirada justo cuando él se aprontaba a hacerle el gesto de saludo que a ella le solía causar tanta gracia: «tan chileno ese gesto, es como decir ‹aquí estoy, pero no estoy, aquí llegué, pero me voy, voy y vuelvo altiro›». Por lo menos ni Néstor ni ella lo habían sacado a empujones ni a puteadas, parecían entender por qué se había atrevido a entrar ahí. Todavía le escocía ese «sal de aquí, viejo cojudo, ladrón de mierda» con que Ruth le había cerrado el portón en la cara la última vez que había pisado ese lugar.
—Estoy casi terminando un proyecto— no les dijo, después de darles las gracias. Tampoco fue capaz de decirles: «algún día les voy a devolver lo que les debo, la Ruth no mintió, pero mejor me callo», porque para qué reabrir heridas.
Encontró un banco desocupado, el que siempre estaba vacío porque le faltaba un listón, y se instaló, tal como lo había previsto, con el vaso de café entre las manos. Cerró los ojos para disfrutar de la tibieza del sol, tratando de bloquear los chillidos de los loros. Lo sobresaltó el roce de las alas de una paloma que se posó en el espaldar del banco. Tenía una pata recogida o dañada; se lo quedó mirando con un ojo odiosamente redondo y colorado. Él sintió que bajo el escrutinio de esa paloma manca la escasa tranquilidad que había logrado se iba como agua por el resumidero. Levantó la mano para espantarla y la paloma emprendió el vuelo, emitiendo unos chirridos que le sonaron como insultos. Una caterva de cotorras argentinas que contemplaban la escena desde su enorme nidal al tope de la araucaria hicieron coro al desdén de la paloma. Ante tanta agresividad aviar, no le quedó más remedio que volver a su casa y tratar de ver si podía encontrar algo de comer antes de volver al libro de Job. El cielo se había nublado repentinamente, y de la nada empezaron a caer unos goterones tibios. Empezó a correr un viento húmedo y cálido, presagio de un chaparrón de esos que antes nunca se veían. Los goterones se intensificaron.
Estaba a media cuadra de su casa cuando le empezó a picar la nariz como si fuera a estornudar, pero lo que le salió fue un estertor del diafragma, algo más parecido a un sollozo con tos que a un estornudo. Sucedió a la vista de sus vecinos que en esos momentos se ocupaban de asegurar puertas y ventanas y de poner a resguardo lo que se podía llevar el viento. Entonces sintió el trueno que desató la tormenta eléctrica pero, además, junto con toda la bulla celestial iluminada por los relámpagos, escuchó la cacofonía inmensa que surgía de todas las casas de su barrio: disco, trap, Juan Gabriel, el odiado rock noventero, la eterna Nueva Ola, Mon Laferte, tango, toda la música celestial de las esferas y toda la música infernal de sus tiempos sonando en todos los parlantes y todos los aparatos.
Por suerte está lloviendo fuerte, pensó, porque así ningún vecino se habrá fijado en el enorme hipo que lo obligó a ponerse las dos manos en el pecho como si le hubieran pegado un balazo. Se dijo que tal vez era cierto que las lágrimas se camuflaban en la lluvia, como decía el replicante de esa película cuyo título se le había olvidado para siempre. Como pudo, sacó su teléfono del bolsillo y simuló que alguien lo llamaba. Contestó a los gritos y a las carcajadas, mientras el dolor de la repentina cuchillada en el pecho se le expandía por el brazo y por la espalda mojada contra el asfalto. Boca arriba, le dijo al fantasma que le devolvía la llamada en un rato, porque se estaba quedando sin batería. «Estoy traduciendo el libro de los sufrimientos, hueón, ¿me vai a creer? Después te cuento más, me pilló la hueá en plena calle».