Escribano vs escribiente: la pega del traductor.

Hueders acaba de publicar mi traducción del importante relato de Herman Melville, “Bartleby, the Scrivener”. Aquí explico por qué traduje el título usando la palabra “escribano” y no la canónica, instalada por Borges, “escribiente”.

Una de las acepciones de “escribano” es la de “copista”, el oficio de Bartleby en el relato de Melville. “Bartleby, el copista”, sin embargo, aunque sería la solución más franca y directa, deja fuera parte del potencial semántico que se incuba en scrivener. “Amanuense” podría usarse también como descriptor del oficio, pero esta palabra tiene la desventaja de sonar arcaica y de apartarse, al igual que “copista”, de la raíz etimológica de “escribir”.

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Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

De paso, digamos que scrivener, de raíz latina (scriba, scriban), llega al inglés de Melville por intermedio del anglo-normando: scriveyn.

Otra solución, aparentemente más aventajada que “copista” o “amanuense”, es “escribiente”: preserva el vínculo etimológico y sonoro con la palabra original y remite con precisión al oficio de copiar y pasar en limpio escritos ajenos.

¿Y “escribiente”, entonces?

Al traducir el título del relato de Melville, es claro que las opciones deben incluir, sin duda, “escribiente”, solución que se halla en muchas de la traducciones existentes, incluyendo la de Borges, (cuya elección se explica porque en Argentina el término “escribano” se usa en forma generalizada y excluyente para denominar a lo que en Chile y otros lugares se denomina como “notario”.)

¿Por qué preferir entonces “escribano”?

Porque, al igual que “copista” o “amanuense”, “escribiente” limita el potencial semántico, eliminando la referencia a tipos de escritura que van más allá de la mera copia de textos ajenos.

(Se me ocurre que si Melville hubiera querido limitar el rango de scrivener a “copista” o “amanuense”, tenía a su disposición, por ejemplo, de “copyist” o “clerk” o “amanuensis” o incluso “transcriber”. Sin embargo, prefiere usar un término menos común, apartado del vernáculo y con resonancias eruditas.)

Como traductor, mi deber era escrutar el rango completo de significados de la palabra que define al personaje principal y buscar el término correspondiente en castellano. Ese término es “escribano”, que remite no sólo a la copia, sino a la escritura en general (como testimonio, como registro de la experiencia, como modo de concatenar experiencias e interpretaciones) y que permite, por lo tanto, anexar al relato referencias al acto de escribir entendido más ampliamente, aludir a la literatura misma.

El epílogo del relato revela que antes de ir a dar al bufete de abogados de Wall Street, Bartleby trabajó leyendo correspondencia sin destino en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, DC. Allí ejercía tareas forenses, notariales: registrar esas cartas perdidas y disponer de ellas, intentando primero localizar a los destinatarios por medio de las pistas (historias, objetos) encontradas dentro de ellas, y quemándolas una vez agotado el esfuerzo de lectura, identificación y búsqueda.

El término “escribano” (no un mero amanuense) nos permite pensar en un Bartleby anterior al relato de Wall Street: al llegar a su trabajo de copista, el misterioso empleado ya venía con su pesada experiencia de escribano, de funcionario que lee, deja constancia, y al final destruye esos papeles que contienen, en cierto modo, la tristeza de la humanidad que parece llevar Bartleby consigo.

“Escribano”, entonces, abre puertas que “escribiente” deja cerradas.

Queda claro, no lo puedo negar, que mi traducción es una interpretación, pero como en eso consiste este juego de traslados entre lenguajes, simplemente dejo constancia escrita.

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Ilustración de Sebastián Ilabaca ©

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