La marea roja

La patria, si uno lo piensa, es una gran alucinación colectiva. Se gatilla con ciertos colores, sones musicales, a veces con la complicidad de alguna poesía. En el caso chileno, la cebolla salteada con comino colabora con la tricolor, el “Puro, Chile” y la selección de fútbol. Es una alucinación frágil pero potente. A veces me da la impresión de que los chilenos nos gastamos la mitad del tiempo sosteniendo la ficción feliz de que pertenecemos a una comunidad. Esto, que a muchos les parece natural y hasta bueno, la verdad es que es bien extraño y debe ser muy desgastador para la siquis. Porque para sostener esta ficción hay que olvidarse de siglos de violencia, engaños, corrupción, y de activa indiferencia frente al sufrimiento de otros chilenos. Los chispazos de solidaridad han sido la excepción a la regla, y vienen con la frecuencia de los desastres o las calamidades grandes, y con esto me refiero a cualquier evento, natural o no, que nos deje sin marraquetas, sin cigarros o sin micros.

Todo esto se me vino a la mente cuando vi que en el estadio de Brøndby había más chilenos que daneses y que muchos de ellos entonaban la canción nacional. ¿Qué impulsa a toda esa gente, emigrados o nacidos en esas tierras, a pintarrajearse con los colores de un país que los mira con sospecha y que, a pesar de las promesas de uno y otro lado, no ha sido capaz de reconocerles el derecho a voto?

La prensa danesa declaró que Chile jugó de local en Copenhagen. Para entender la magnitud de esto hay que imaginarse lo que será vivir en Dinamarca o en esas tierras nórdicas donde todo es al revés. Estuve allí hace mucho tiempo (era agosto y los días duraban una eternidad) y conocí la historia de unos campesinos mapuches que habían llegado con lo puesto tras ser expulsados de Chile después del golpe. Habían detenido familias enteras de un asentamiento en la Araucanía, las habían mandado a Temuco en buses, luego al Fortín Prat de Valparaíso, y de ahí directo a Pudahuel y el exilio danés. Muchos no habían estado nunca en Temuco ni visto un avión.

En el largo viaje a Escandinavia no se atrevieron a comer porque no creían que era gratis. Una vez en Copenhagen, instalados en departamentos conseguidos por los sindicatos daneses, hubo que pasar casa por casa para convencerlos de que los refrigeradores llenos también eran parte de la bienvenida solidaria.

Mientras el estado chileno devolvía las tierras de su asentamiento a los antiguos terratenientes, el estado danés les daba nueva tierra para cultivar, junto con las oportunidades que Chile les había negado: estudiar, trabajar, ser tratado con igualdad frente a la ley.

Tal vez alguno de ellos, o sus descendientes, haya estado en Brøndby el otro día, vistiendo los colores de la roja, mientras en la lejana Araucanía, entre gol y gol chileno, anuncian que acaban de matar a otro mapuche.

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