El hombre sin pesadillas

Guardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo.

Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”. Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945. Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia.

La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad. Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos rusos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió hace dos meses. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

Anuncios

Un pensamiento en “El hombre sin pesadillas

  1. Me conmovió esta entrada. Creo que nunca había pensado en el hombre detrás de LA BOMBA que tanto se temió (y que -creo- todavía es de temer). ¿De verdad se podrá tener paz después de semejante crimen?

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: