El sistema binominal en el fútbol


Mascando la amargura del empate a cero con Ecuador, se me ocurrió que debería imponerse el sistema binominal en las eliminatorias para el Mundial de Fútbol. Sería la contribución chilena a la estabilidad y la credibilidad de un sistema en que los mismos siguen ganando año tras año. El resto, no tenemos más que una lucecita de esperanza que se va extinguiendo con el transcurrir de los 25 meses de campaña.

Los mismos cuatro equipos que clasificaron a Corea-Japón 2002 se van a repetir el plato en Alemania: Brasil, Argentina, Paraguay y Ecuador. Al repechaje con Australia irá otra vez Uruguay.

Esto no puede seguir así sin dañar la hermandad latinoamericana, porque la gesta épica (más larga que La Araucana) deja como secuela mucho más que simples victorias y derrotas. Los vencedores, al celebrar, dispensan arrogancia y crueldad, mientras que los vencidos (es decir, nosotros) nos disputamos las humillaciones, las falsas esperanzas, el llanto y la traición. Hablo de sufrimiento genuino, corazones rotos, miseria humana y desgarro de camisetas. Asados indigestos, pílseners amargas, televisores destruídos.

Por eso, no puede ser que sigan yendo al Mundial solamente los equipos que más ganan: ahí hay una injusticia que tiene que ser remediada, porque el siglo XXI demanda soluciones globalizadas que se salgan del viejo esquema.

La modificación racional más importante sería variar el número de jugadores en cancha, basándose en un sistema de handicap. Esto sería difícil de lograr, porque me parece que la FIFA está casada con la idea de que todos los partidos se empiecen jugando once contra once, como si la igualdad fuera sinónimo de la justicia, adónde la vieron.

Eso no es más que un resabio de la Guerra Fría y de cierta noción trasnochada de fair play. Por lo tanto, a regañadientes descartamos la opción racional de flexibilizar el número de jugadores en cancha, empujados por la realpolitik.

Igual presentamos un cálculo basado en datos históricos que dicen que para que Chile juegue de igual a igual ante Brasil, la proporción de rojos y amarillos en la cancha tendría que ser de 5,7 contra 1. Si Argentina juega con 11, nosotros tendríamos que poner 63 jugadores, cinco de ellos arqueros. La estadística, hay que decirlo, dice que si uno de los arqueros chilenos tiene apellido Tapia, la proporción tiene que aumentar a 7 u 8 arqueros, redondeando.

Se podría también hacer un cálculo científico para igualar el valor de los goles, que se tasan artificialmente en paridad. Para hacer las cosas competitivas de verdad, cada gol nuestro debe valer por 6 frente a Brasil, por 3 contra Argentina. No se diga que somos nacionalistas: esto va para todos lados. Cada gol chileno frente a Perú vale 0.66666 y cada gol chileno a Venezuela 5/8. El gol chileno es más escaso frente al gol brasileño: Economics 101 dicen en Expensiva y en Libertad & Desenrollo.

Otros datos: Chile es, lejos, el país que más goles se pierde per cápita (4 solamente en los diez minutos finales de Colombia-Chile en Barranquilla)—de alguna manera tendríamos que explotar esa ventaja comparativa. Si la FIFA no acepta la idea, podemos contar los casi-goles en nuestro campeonato. Hay un precedente: cuando la FIFA nos exilió por ese pequeño incidente del Maracaná, aprovechamos nuestra condición de renegados para experimentar con nuevos reglamentos, como eso de los tiros libres sin barrera, que en mi opinión era una idea genial. No hay razón lógica para no contar los casi-goles.

(A propósito, nunca quedó claro por qué nunca más se supo de la fogueteira y sobre todo por qué el Cóndor Rojas se fue a vivir a Brasil: ¿a nadie más le parece raro eso?) Pero me desvío del tema; vuelvo a mi propuesta.

En bien sabido que la FIFA es una entidad burocrática poco modernizada, con cero flexibilidad, y como además sugerí antes con firme sutileza, está manejada por enemigos de Chile. Pelé y Maradona, por ejemplo, nunca han sido amigos de nuestro fútbol. Antes nos hicieron arar con goles y después de retirados se ensañaron con nosotros. Dicen que somos llorones y que nunca le hemos ganado nada a nadie. Ahora que esto dos están unidos, jamás serán vencidos. Entonces hay que pensar las cosas de otra manera. No tendremos gran fútbol, pero tenemos una tremenda constitución y ya pasó a ser un cliché aceptado por todos eso de que somos el faro que ilumina el continente.

Podemos contribuir al mundo el sistema binominal que nos ha dado tantas satisfacciones acá en el Chile del Bicentenario. Con esta propuesta, no habría que pensar en poner más jugadores en la cancha ni habría necesidad de ir al estadio con calculadora para determinar quién ganó ni cuánto vale cada gol.

Simplemente, cada equipo sale a la cancha como coalición, dividido entre la defensa y el ataque. Los goles que cuentan serían diferenciados según quién los anota: un defensa o un atacante por ejemplo, un rubio o un moreno, un flaco o un maceteado. En esencia, es la genial noción de las dos listas de nuestro brillante sistema electoral.

Funcionaría de manera muy simple: solamente cuentan los goles de una de las facciones para cada equipo, a menos que el total de goles que metan entre ellas sea el doble de la cantidad de goles que los otros hayan anotado en total.

Cada partido empezará 1×1, porque operar con 0 no se puede. Esto tiene la ventaja adicional de que a nadie se irá humillado porque lo hayan dejado zapatero, y eso no puede ser malo para América Latina. Si las eliminatorias al mundial de Alemania se hubieran jugado usando este sistema, a lo mejor otro gallo nos cantaría.

La mejor manera de constituir las listas dentro de cada equipo-coalición es la diferenciación clásica entre “delanteros” y “no-delanteros”. Esta es una manera justa y eficiente de construir coaliciones: todos tienen alicientes para meter goles, no se trata de destruir sino de construir juntos; eso es bueno para un país y para un equipo de fútbol. Onofre.

El siguiente ejemplo va a ilustrar cómo funcionaría el asunto, y demuestra cómo Chile le puede ganar perfectamente a Argentina, incluso con el Monumental de River Plate lleno hasta los bordes y con el mejor de los equipos trasandinos.

Digamos que éste es el resultado calculado a la antigua: 2×2.
Resultado binominal: Gana Chile 2×1. ¿Es posible? Créalo.
Desglose:
Coalición Argentina, Lista Delanteros: 2 (Aimar y Crespo)
Coalición Argentina, Lista No-Delanteros: 0
Alianza Chile, Lista Delanteros: 1 gol (Navia)
Alianza Chile, Lista No-Delanteros: 1 gol (Mirosevic)

En este escenario se pierde el gol 2 de la Coalición Argentina, porque con el total de goles no alcanza a doblar los dos de Chile. Tres puntitos merecidísimos para nuestra escuadra nacional. Son los que nos habrían clasificado para ir a Alemania.

Con el sistema binominal, hay que ganar por goleada para ganar de verdad. Y con un gol se asegura un empate. Lo primero no puede ser malo: si los buenos son buenos, deben demostrarlo en el mercado, epa, digo en la cancha. Lo segundo tampoco puede ser malo porque de esta manera todo el mundo tiene algo invertido en el mercado, quiero decir en la eliminatoria, lo que solidifica el fútbol y la unidad entre las hermanas naciones de la Conmebol. Así es la democracia estable: aprendan, bueyes, modernícense.

Ahora, a comprarse una buena tele.

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