Crusoe en Inglaterra (Elizabeth Bishop)

“Crusoe in England” apareció en The New Yorker en noviembre de 1971, unos ocho años antes de la muerte de Elizabeth Bishop. Ninguna traducción le hará justicia a la cadencia del original, leído aquí por la autora, que combina el tono vernáculo con ciertos giros y guiños propios del lenguaje literario. Como todo buen poema, se presta para interpretaciones varias: metáforas de la soledad y del exilio, meditaciones y augurios sobre el proceso creativo, etc. El verso trunco que Crusoe revisa a su regreso termina con la palabra “soledad” y pertenece al poema de William Wordsworth (1770-1850) “I Wandered Lonely as a Cloud”.

Esta versión se ofrece como work-in-progress, y cualquier sugerencia o corrección será siempre bienvenida.

 

Crusoe en Inglaterra

Un nuevo volcán hizo erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada leí
que de un barco se vio cómo nacía una isla:
primero un aliento de vapor, a diez millas de distancia;
luego una mancha negra —seguro que basalto—
surgió en el catalejo del primer oficial
y como una mosca quedó pegada al horizonte.
La bautizaron. Pero mi pobre isla todavía sigue
todavía sin ser redescubierta, todavía sin rebautizar.
Ningún libro jamás le ha hecho justicia.

Bueno, yo tuve cincuenta y dos
volcanuchos miserables que podía subir
con unos pocos trancos sinuosos—
volcanes muertos como pilas de cenizas.
Me sentaba al borde del más alto
y contaba los otros que se alzaban,
desnudos y plomizos, con sus cabezas detonadas.
Pensaba que si fueran del tamaño
que un volcán debía tener, entonces
me había convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no quería ni pensar de qué porte
eran las cabras y las tortugas,
o las gaviotas, o las olas que se sucedían
—un hexágono refulgente de olas
que se acercaban y se acercaban, pero nunca tanto,
refulgentes, refulgentes, aunque el cielo
estuviera en su mayor parte nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de basural de nubes. Si en el hemisferio
sobraban nubes, ahí llegaban y quedaban suspendidas
encima de los cráteres— sus gargantas resecas
eran calientes al tacto.
¿Será por eso que llovía tanto?
¿Será por eso que a veces todo el lugar seseaba?
Las tortugas paseaban lentamente, con sus altos domos,
seseando como teteras.
(Y yo hubiera dado años de mi vida, o aceptado vivir unos pocos de más,
por tener cualquier tipo de tetera, por supuesto).
Los pliegues de lava, corriendo al mar,
seseaban. Volteaba la mirada. Y resultaban ser
más tortugas.
Las playas eran pura lava, de varios tipos,
negra, roja, y blanca, y gris;
los colores jaspeados formaban un lindo arreglo.
Y tenía surtidores de agua. Ah,
media docena al mismo tiempo, a lo lejos,
iban y venían, avanzando y retirándose,
con las nubes por lo alto y por abajo en áreas movedizas
de un blanco raspado.
Chimeneas de vidrio, flexibles, atenuadas,
seres sacerdotales de vidrio … Yo observaba
cómo el agua ascendía en ellos como humo.
Hermoso, sí, pero no gran compañía.

A menudo me entregaba a sentir lástima por mí mismo.
«¿Merezco esto? Supongo que sí.
No estaría aquí si fuera de otro modo. ¿En algún
momento, de hecho, elegí esto?
No me acuerdo, pero puede ser que sí».
Bueno, ¿qué hay de malo en sentir lástima por uno mismo?
Con mis piernas colgando confiadamente
de la orilla del cráter, me dije a mí mismo:
«La lástima empieza por casa». Así que mientras más
lástima sentía, más me sentía como en casa propia.

El sol se ponía en el mar; el mismo sol raro
surgía del mismo mar,
y había un solo sol y un solo yo.
La isla tenía una de cada cosa:
un caracol de árbol, color violeta-azul brillante
con una concha delgada, reptaba por todas partes,
sobre la única variedad de árbol,
uno ceniciento, tipo matorral.
Conchas de caracol se esparcían por debajo en montones
y, a la distancia,
uno juraba que eran macizos de lirios.
Había un solo tipo de baya, de un rojo oscuro.
La probé, de a una, y horas aparte.
Tenía poca acidez, y no era mala, y no me enfermé;
así que hice un licor casero. Me tomaba
ese líquido terrible, gaseoso, picante,
que se me iba derecho a la cabeza
y tocaba mi flauta hecha en casa
(creo que tenía la escala más rara de la tierra)
y, mareado, gritaba y bailaba entremedio de las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿Acaso no somos así todos?
Sentía un profundo afecto por
las más pequeñas industrias de mi isla.
No, no exactamente, ya que la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía suficiente.
¿Por qué no sabía lo suficiente de alguna cosa?
¿De teatro griego o de astronomía? Los libros
que leí estaban llenos de vacíos;
los poemas— bueno, intenté
recitárselos a mis macizos de lirios:
«Fulguran en el ojo interior,
que es la alegría…» ¿La alegría de qué?
Una de las primeras cosas que hice
al volver fue mirar qué era.

La isla olía a cabra y guano.
Las cabras eran blancas, lo mismo que las gaviotas,
y ambas eran demasiado dóciles, o tal vez me creían
cabra, también, o gaviota.
Baa, baa, baa, y graznido, graznido, graznido,
baa … graznido … baa … aún no logro sacármelos
de los oídos; ahora me duelen.
El graznar inquisitivo, las respuestas equívocas
en un terreno de seseante lluvia
y de tortugas ambulantes que seseaban
me alteraron los nervios.
Cuando todas las gaviotas tomaban vuelo al mismo tiempo,
sonaban como un gran árbol en un vendaval, sus hojas.
Cerraba los ojos y me imaginaba un árbol,
un encino, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído decir que hay ganado que sufre del mal de isla.
Pensaba que las cabras lo padecían.
Un macho cabrío se paraba encima del volcán
que yo había bautizado Mont d’Espoir o Monte Desesperación
(tenía tiempo para jugar con los nombres),
y balaba y balaba, y olisqueaba el aire.
Yo lo agarraba de la barba y lo miraba.
Sus pupilas horizontales se estrechaban
y no expresaban nada, acaso un poco de maldad.
¡Me llegaron a cansar hasta los mismos colores!
Un día teñí un cabrito de rojo brillante
con mis bayas rojas, solo para poder ver
algo un poquito diferente.
Y después su madre no lo reconoció.

Lo peor eran los sueños. Por supuesto que soñaba con comida
y con amor, pero eran placenteros más
que otra cosa. Eso sí, después soñaba con cosas
como que le cortaba la garganta a un niño, confundiéndolo
con un cabrito. Tenía
pesadillas con otras islas
que quedaban lejos de la mía, infinidades
de islas, islas que reproducían más islas,
como huevos de rana que se convertían en guarisapos
de islas, sabiendo que yo tenía que habitar
en cada una de ellas, eventualmente,
épocas enteras, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando creía que ya no podía soportarlo,
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Todo lo que se cuenta sobre esto se equivoca en todo)
Viernes era amable.
Viernes era amable, y éramos amigos.
¡Si solo hubiera sido mujer!
Yo quería propagar mi especie,
y él también, creo, pobre chico.
A veces regaloneaba a los cabritos,
y echaba carreras con ellos, o andaba con uno en brazos.
—era lindo de mirar; tenía un lindo cuerpo.

Y un día vinieron y nos sacaron.

Ahora vivo aquí, otra isla
que no parece isla, pero ¿quién sabe?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se ha agotado. Estoy viejo.
También estoy aburrido, tomando mi té de verdad,
rodeado de madera sin interés alguno.
Ese cuchillo que está ahí en el estante
hedía de significado, como un crucifijo.
Estaba vivo. ¿Cuántos años
le rogué, le imploré, que no se rompiera?
Me sabía cada mella y cada raya de memoria,
la hoja azulosa, la punta rota,
las líneas de la veta de madera en la empuñadura…
Ahora ni me mira.
Su alma viviente se fue disipando.
Mis ojos se detienen en él y pasan de largo.

El museo del pueblo me pidió que
se lo deje todo a ellos:
la flauta, el cuchillo, los zapatos marchitos,
mis pantalones pelados de cuero de cabra
(se metieron polillas en el pelaje),
el parasol que tanto tiempo me tomó
para acordarme de cómo iban las varillas.
Todavía funciona, pero, cerrado,
parece un pájaro flaco y desplumado.
¿Quién va a querer cosas así?
—Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
hará diecisiete años en marzo.

© Roberto Castillo Sandoval 2020

EBishop

Photograph ©The Rosalie Thorne McKenna Foundation

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