El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

La traducción con la que este blog despide el verano septentrional es el relato “Adams”, de George Saunders, publicada en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién llegaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse un pie en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda subida—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams les daba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus cabros de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de toda su familia.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, por ejemplo pintura, como diluyente, como productos químicos para el hogar, y luego, o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echárselos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos, y parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

El hombre sin pesadillas

Al cumplirse un aniversario más del ataque nuclear contra la ciudad indefensa de Hiroshima, rescato esta viñeta de un encuentro cercano en un aeropuerto de Ohio. En un par de días, la conmemoración será en Nagasaki. Si Hiroshima ya es difícil de justificar, con Nagasaki queda claro que las bombas atómicas fueron una revancha racista, fuera de toda lógica militar

fd27f-tibbets-waveGuardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo. Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”.

Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945.

Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia. La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad.

Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos siberianos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió a finales de 2007. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

Incendios y escapes: “Lámpara de papel”, un clásico de Stuart Dybek

Tuve un amigo de Chicago, puertorriqueño, que siempre me habló de Stuart Dybek. No le hice caso por mucho tiempo, en parte porque llegada la hora, en una librería o una biblioteca, nunca me acordaba bien del nombre. Hasta que un día me topé con un microcuento titulado “Misterioso” (tal cual, no sé si en castellano o en italiano) que me gustó y que memoricé como uno memorizó alguna vez a Monterroso.

-¿Te vas a dejar puesto el reloj?

-¿Te vas a dejar puesta la cruz?

Otra posible traducción sería:

-¿Y tú no te vas a sacar el reloj?

-¿Y tú no te vas a sacar la cruz?

El original es:

“You’re going to leave your watch on?”

“You’re going to leave your cross on?”

Este diálogo ínfimo se me figuró como una chanza entre Groucho Marx y Nicanor Parra, tal vez por que asocié la imagen con el famoso “Voy y vuelvo” parriano. Eso es lo que hace muy bien Dybek, es decir, atreverse a dar virajes inesperados sin asustarse de los bandazos o de dónde va a ir a parar la narración. “Lámpara de papel” está hecha no sólo a partir de los hechos que constituyen el relato, sino de los virajes y bandazos de la memoria, las encrucijadas que parecen inconexas y que forman una enorme espiral que sólo se puede vislumbrar en momentos inesperados.

BURNING-MAN-embrac_3023409kEl estilo de Dybek combina momentos de gran intensidad lírica con otros de un coloquialismo muy económico, lo que hace que traducirlo sea una jornada ardua, a veces desorientadora, pero muy profundamente provechosa en última instancia, porque la prosa está asentada en terreno firme y en una exquisita sensibilidad. Advertencia: Cuidado con los fósforos. Y con las fotos. Y con los camiones de dieciocho ruedas que andan por ahí en todos los caminos. Y cuidado con enamorarse y desenamorarse. Y con la máquina del tiempo.

El relato apareció como “Paper Lantern” en The New Yorker en noviembre de 1995.



LÁMPARA DE PAPEL

Stuart Dybek

NOS HABÍAMOS QUEDADO trabajando hasta tarde en la máquina del tiempo en el laboratorio improvisado del último piso. La luna estaba pegada al tragaluz como la espiral borrosa de una huella digital congelada. En el callejón trasero, el vaho de los gatos que maullaban se acumulaba en una niebla que se repartía a lo largo de las calles. A pesar de nuestros esfuerzos, los números nos seguían saliendo mal. Yendo en una dirección, habíamos alcanzado la frontera desde donde los clarividentes contemplan el futuro y, yendo en la otra, habíamos regresado a la zona donde el presente se vuelve fantasmal de tanto recuerdo y aun así se resiste a convertirse en el pasado. Habíamos intentado avanzar y retroceder en incrementos cada vez más pequeños hasta que parecía que estábamos midiendo lo inconmensurable. Por supuesto, lo que necesitábamos realmente era algún nuevo vocabulario de mediciones. Era hora de tomar un descanso.

Bajamos por la escalera mecánica rota, salimos al pasillo iluminado de azul, pasando por el quiosco de diarios ya cerrado, entre la neblina fría, hambrientos como animales perdidos, con los delantales de laboratorio todavía puestos, rumbo al restorán chino a la vuelta de la esquina.

Es un restorán que antes era una lavandería china. Cuando los clientes venían a buscar sus bultos de ropa recién lavada, el Red_Paper_Lanternsaroma de la cocinería –filtrándose desde la cocina del dueño a través de la cálida nebulosa del vapor de lavandería— era tan irresistible que los clientes empezaron a preguntar si también se podía comprar algo para comer. Y así nació el restorán. Al principio era sólo para llevar, pero desde entonces se las han arreglado para meter unas pocas mesas. Ninguno de nosotros lee chino, así que no estamos seguros, pero dado que los dueños nunca se molestaron en cambiar el letrero, supuestamente los caracteres chinos todavía dicen que es una lavandería. De todos modos, así es como lo llama la gente del barrio –la Lavandería China, por ejemplo, “Oye, me dieron una comida sublime en la Lavandería China anoche”. Aunque no han cambiado el letrero, los propietarios añadieron una gran lámpara roja de papel en armazón de alambre –el único intento de decoración— que echa su resplandor opaco por la ventana empañada.

Nos sentamos en una de las cinco mesas de plástico laminado –la preferida, al lado de la ventana— y la camarera de inmediato nos trae el menú y el té. En realidad, de algún modo, ésta es la mejor parte: el resplandor rojizo de la lámpara de papel que es como calor en la cara, las diminutas tazas que nos entibian las manos, el té caliente que nos escalda el hambre, y el sorprendente, invitante grosor del menú, escrito a mano en caracteres chinos, con lo que deben ser explicaciones muy aproximadas en inglés de algunos de los platos, también escritas a mano con tinta negra de caligrafía. Cada vez que volvemos, el menú ha aumentado. Una vez que se ofrece un plato, no se borra nunca, y ahora el menú tiene páginas y páginas de extensión, es tan largo que nunca lo vamos a leer completo, nunca vamos a vivir el tiempo suficiente, quizás, para probar toda la comida solamente de este restorán chino en un barrio escondido. Las páginas no tienen números y nunca recordamos dónde quedamos la vez anterior que estuvimos aquí. ¿Fue el pote crisantemo, que se sirve tradicionalmente en otoño cuando todo está en flor, o la jalea de almendras con lichis y nísperos?

“Este menú lo escribió un poeta”, dice Tinker entre sorbos de té.

“Sí, pero si hay un poeta en la casa, entonces ¿por qué no le ponen un nombre de verdad —algo como la Lámpara Roja— en vez de llamarse solamente la Lavandería China por descarte?” contesta el Profesor, secando el vapor de sus anteojos con una servilleta de papel del dispensador.

“A mí como que me gusta la Lavandería China. Tiene un dejo sólido, proletario. Lámpara Roja es un cliché –una chinería rebuscada”, argumenta Tinker.

Nunca se ponen de acuerdo.

“Oigan, ustedes dos, se supone que vinimos a comernos la estética, no a debatirla”.

Aquí no hay nada que vuele o repte que no pueda ser consumido, nada que no hayan encontrado el modo de convertir en una exquisitez: porridge de piñones, panecillos de canela china, paloma con salsa de aroma de pescado, sopa de nido de golondrinas (sopa originaria de la costa del sur del Mar de China; nidos de alga predigerida sacada del buche del vencejo, un material gelatinoso que se endurece para formar un pequeño cazo transparente). Huevos de erizo de mar, aguaviva al escabeche, tripas con jengibre y pimienta en grano, mejillas de mero en salsa de cinco fragancias, orejas de nube, manzanas azucaradas, nueces de ginko y agujas de oro (que son los cogollos del lirio), alga púrpura, melón amargo…

Nada que vuele o camine en tierra que no pueda ser combinado, transmutado. No hay fronteras, en un wok, que no pueda ser franqueada. Es educativo. Uno no puede evitar nutrir la imaginación junto con el cuerpo.

Pedimos, a sabiendas de que no vamos a terminar todo lo que traen, y que sin importar el cuidado que pusimos para meditar nuestras opciones, nos van a servir en lugar de ellas lo que sea que el cocinero preparó hoy.

DESPUÉS de la comida, mientras compartimos segmentos de una naranja de pulpa roja y sorbemos té, con mucha ceremonia abrimos las galletas de la fortuna y leemos las predicciones como si estuviéramos consultado el I Ching.

Del exceso de felicidad nace el pesar”.

     “Otra”.

La pobreza es el destino común del académico”.

“¿Te suena a predicción eso?”, pregunta Tinker.

“Sinceramente espero que no”, dice el Profesor.

Cuando un sabio indica la luna, el imbécil le mira el dedo”.

“¿Qué clase de fortunas son estas? No son galletas de la fortuna, son galletas del proverbio”, dice Tinker.

En el año de la Rata tendrás suerte en el amor”.

“Ahora sí”.

“¿En qué año estamos?”

“En el año del Dragón, según el individual”.

El combustible por sí solo no enciende el fuego”.

“A propósito, ¿alguien apagó el quemador Bunsen cuando nos fuimos?” La mención del laboratorio nos hace hacer señas para pedir la cuenta. Es hora de que volvamos. Había una teoría formándose cuando salimos y ahora, con el entusiasmo renovado, regresamos en la nieve –ha empezado a nevar— en medio de copos gruesos y quebradizos mezclados con cenizas flotantes que podrían confundirse con copos de nieve si no fuera por el modo en que el viento hace que sus bordes se enciendan. Una noche de copos blancos y de fugaces chispas anaranjadas, extraña y hermosa hasta que damos vuelta a la esquina y levantamos la mirada a nuestro laboratorio.

Las llamas ocupan el piso superior del edificio. El humo sale en columnas por el tragaluz, desde el cual se ha retirado la luna de hollín. En el piso de abajo, a través de ventanas radiantes y a punto de ceder, podemos ver los maniquíes del salón de la sastrería. Desnudos, con el pelo en llamas, parecen girar obscenamente antes de desplomarse. En el piso de más abajo, en el taller de reparación de instrumentos, los acordeones resuellan en la fumarola, los violines echan humo como leña verde, y los saxos se disuelven en una lava de bronce que se derrite en cascada por encima de un alféizar. Mientras que en la planta baja, en la vitrina, los animales de la taxidermia han empezado a sisear y chasquear como si el incendio los hubiera devuelto a la vida en la selva.

firepaperlantern     Nos quedamos mirando, desamparados, todavía sosteniendo los cartones de sobras de la comida dichosamente inocente que acabamos de compartir mientras nuestros aparatos, nuestras teorías, nuestras fórmulas, y años de investigación —todo aquello que la gente denomina su “trabajo”— estallaban en llamas. A lo largo de las calles vacías y resonantes de ecos, las sirenas gritan como víctimas.

Ya se ha formado una multitud.

“Mira cómo se quema ese vejestorio sórdido”, le dice un chico blanco de rastas a su novia, que tiene pinta de huérfana escapada. Ella contesta: “¡Cool!”

Y me acuerdo de cómo, en lo que ahora parece otra vida, yo miraba incendios cuando niño —incendios que a veces nosotros mismos, los que nos apodábamos Los Cabeza de Fósforo, habíamos causado.

Recuerdo cómo, más tarde, en otra época, acaso en otra vida, una vez tomé una foto de una mujer con la que estaba mientras ella miraba un incendio fuera de control a la orilla de un río en Chicago. Ella todavía estaba casada. Su marido, a quien yo no conocía, estaba en un hospital para veteranos — clínicamente deprimido después de la guerra de Vietnam. Por lo menos eso es lo que ella me contó de él. Pensándolo en ese tiempo, a veces me pregunto si ella de verdad tenía marido. Había venido a Chicago conmigo para tener una aventura — es la palabra que usó. Yo creía entonces que estábamos “tonteando” – también palabra suya, como las palabras que los dos usamos en vez de otras como “tirar” o “hacer el amor” o “adulterio”. Era más cómodo para mí, y más seguro, considerar que lo que teníamos era un tonteo, pero cuando se lo dije como al descuido ella se puso furiosa, y en vez de tontear nos pasamos el fin de semana discutiendo y terminamos pasándolo muy mal. Fue una tarde de domingo a comienzos del otoño, probablemente el Año de la Rata, y nos estábamos yendo de la ciudad, hoscos, en el auto. A lo largo de la ribera norte del río, se estaba quemando una fábrica. Me salí del camino y estacioné, saqué una cámara de mi morral y caminamos hacia un puente para mirar el incendio.

PERO lo que recuerdo no es el incendio mismo, aunque las llamas eventualmente se expandieron a lo ancho del cielo de la ciudad como un crepúsculo que surgía de la tierra en lugar de descender. El incendio, tal como lo recuerdo, es sólo un telón de fondo comprimido dentro de los bordes de la foto que tomé de ella. Ella acaba de volver la vista del incendio, hacia la cámara. Sus codos se apoyan en el riel gris descascarado del puente. Lleva puesta la blusa de seda negra que se compró en una tienda de segunda mano en la calle Clark el día anterior. Buscar ropa antigua en tiendas de segunda mano era su obsesión —“ir a basurear”, le decía. Una pulsera Navajo de plata se ha subido por su brazo encima de una manga de seda negra. Qué

delgadas parecen sus muñecas. Hay un anillo adornado con lo que sé que es una piedraluna en el dedo índice de su mano

izquierda, y una argolla de plata manchada alrededor del pulgar. Era zurda, y le gustaba que yo también lo fuera, como si perteneciéramos a la misma minoría. Su pelo largo es de un tono cobrizo todavía más intenso debido al ángulo del sol al final de la tarde. No parece hosca ni enojada sino más bien fiera. Aunque más tarde, examinando su cara en la foto, voy a darme cuenta de que bajo su expresión hay un aspecto menos reconocible y más desesperado: no es soledad, exactamente, sino una condición de ser sola — una mirada que yo había visto cruzar su cara más de una vez, pero que no se me habría ocurrido identificar si la foto no la hubiera captado. Detrás de ella, ominosas columnas de humo gris surgen de una extensa y vieja fábrica con las letras blancas a punto de chamuscarse “GUTMANN & Co. CURTIEMBRE” visibles a lo largo de la pared de ladrillos.

Manejando de vuelta a Iowa en la oscuridad, creeré que se quedó dormida, que está tan cansada como yo de nuestro tenso fin de semana. Luego ella va a romper los kilómetros de silencio entre nosotros para decirme que, por mucho que haya sido una desilusión, el viaje valió la pena aunque fuera sólo por los dos en el puente, mirando el incendio juntos. Le encantó ser parte de la emoción, me dirá, le encantó la espontaneidad con que nos salimos del camino y nos estacionamos para aprovechar el espectáculo — un fuego del largo de una cuadra, reflejado en el agua aceitosa, y un barco-bomba, pulcro como un juguete, tocando la sirena por el río, soltando géiseres blancos mientras las llamas rugían de vuelta.

La Interestatal 80 se abre frente a nosotros a todo lo largo del alcance de los faros delanteros. Estamos en un tramo entre 815-highway-at-nightpoblados, rodeados de campos negros y planos, y la luz de la ocasional granja en la distancia no alcanza para iluminar el enorme horizonte que se esconde en la oscuridad como un precipicio al borde del planeta. En el auto que va a toda velocidad, su voz suena incorpórea, la voz de una sombra, apenas más que un susurro, y aun así es clara, como si el amparo de la noche y la inercia hipnótica del camino la hubieran liberado para revelar secretos. Parecía haber tantos secretos en ella.

Me cuenta que cuando el número de curiosos atraídos por el incendio creció hasta convertirse en multitud, ella sintió una corriente secreta que nos conectaba a los dos, como la corriente que nos traspasó en la cama la primera vez que hicimos el amor, cuando acabamos en el mismo momento como si nos tomara por sorpresa. Solamente pasó aquella única vez.

“Te acuerdas que después de eso me puse a llorar?”, me pregunta.

“Sí”.

“Tú me tratabas de consolar. Sé que creías que me sentía terriblemente culpable, pero yo lloraba porque la manera en que encajábamos pareció de repente tan familiar, como si hubiera algún lazo muy antiguo entre nosotros. Me sentí inundada de alivio, como si te hubiera estado echando de menos por mucho tiempo sin darme cuenta realmente, como si hubieras vuelto a mí después de creer que no te vería nunca más. No te dije nada de eso, porque suena como esas mierdas de vidas pasadas. Bueno, esa misma emoción se me vino encima en el puente, y yo tenía miedo de ponerme a llorar otra vez, excepto que esta vez lo que me estaría haciendo llorar era pensar que si fuéramos amantes de vidas pasadas que habían esperado vidas enteras para que el presente nos juntara de nuevo, entonces qué triste era malgastar el presente de la manera en que lo hicimos este fin de semana”.

Mantengo la vista en la carretera, sin atreverme a mirarla, ni siquiera a contestar, por temor a interrumpir la manera íntima, casi compulsiva en que parece estar hablando.

“Me di cuenta de repente”, sigue ella, “de que los momentos de nuestra vida se extinguen antes de que estemos conscientes de haberlos vivido. Son relativamente pocos los momentos que podemos guardar y llevar con nosotros el resto de la vida. Esos momentos son nuestra vida. O tal vez esos momentos son los puntos y lo que llamamos nuestra vida sean las líneas que dibujamos entre ellos, conectándolos para formar retratos imaginarios de nosotros mismos. ¿Sabes? Como esos cuadros míticos de las constelaciones dibujadas entre las estrellas. Me acuerdo que de niña de hecho yo creía que al mirar hacia arriba iba a ver Pegaso desplegado en contraste con la noche, y cuando no pude verlo creí que me habían hecho caer en un truco, como un fraude. Pensé: Hey, si esto es todo lo que hay, entonces yo puedo reconectar las estrellas como me parezca. Podía crear las constelaciones de Ken y Barbie … estoy divagando…”

“Te estoy escuchando, sigue”.

Se me acerca.

“Me di cuenta de que nunca podemos predecir cuándo van a ocurrir esos pocos momentos especiales”, dice. “Me di cuenta de que si no nos hubiéramos conocido yo no habría estado arriba de un puente mirando un incendio, y de que hay ciertas personas, no muchas, que entran en nuestra vida con el poder de hacer que esos momentos sucedan. Tal vez eso es lo que significa enamorarse—el poder de crear el uno para el otro los momentos que nos definen. Y ahí estabas tú, en el momento justo, tomándome la foto. Tuve el impulso de abrirme la blusa, de sacarme la ropa y posar desnuda para ti. Te deseé. Quise—no ‘tontear’, quise tirar contigo como si fuera el fin del mundo ahí en la baranda del puente. He estado pensando en eso desde entonces, todo este rato que hemos estado en el auto”.

Giro para mirarla, pero ella dice: “No… no mires… Sigue manejando… Shhh, no hables… Estoy sellando tus labios”.

Puedo oír el siseo a mi lado al levantarse ella la falda, y un suave chasquido de humedad, y luego, arrodillada en el asiento, extiende la mano y recorre el contorno de mis labios con sus yemas resbalosas.

Puedo sentir su olor; el auto parece estar lleno de él. Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo a mi lado, antes de que se tienda a lo largo del asiento hasta apoyarse contra la puerta. Puedo oír cada mínimo ajuste de su cuerpo, el sonido de la tela contra su piel, el sonido elástico de sus calzones enrollados debajo de las caderas, el tictac vagamente mojado, posiblemente imaginario, que hacen sus dedos.

“Oh, mi amor”, suspira.

He bajado al límite de la velocidad y al cambiar de pista los camiones para pasarnos, retumbando, sus focos barren el interior del auto y yo agarro atisbos de ella como si un relámpago la hubiera impreso en mi visión periférica —despeinada, la falda subida encima de sus piernas delgadas, los dedos de su mano izquierda desapareciendo en la V de sus bragas a medio sacar.

“Puedes mirar si prometes mantener un ojo en la carretera”, dice y enciende la radio como si encendiera una luz de noche que pinta sus piernas desnudas con su iridiscencia.

¿Qué sonaba en la radio? El volumen estaba tan bajo que yo apenas oía. Un violín de una radio universitaria mal sintonizada, yendo y viniendo hasta desaparecer en la estática —desterrado quizás, a esas frecuencias fantasmas donde Bix Beiderbecke todavía tocaba su corneta. Estábamos casi a la altura de Davenport, sobre el río, la ciudad donde Beiderbecke nació, y una u otra radio de la zona siempre parecía estar tocando su música, como si los punteos sincopados del jazz de los locos veinte todavía resonaran sobre la pradera como fantasmas.

davenport     “No se puede cruzar por la I-80 entre Iowa e Illinois sin pasar por el Cinturón Beiderbecke”, le había dicho cuando pescamos la señal de una radio que transmitía un tributo a Bix, camino a Chicago. Ella nunca había oído hablar de Bix y no le estaba prestando mucha atención hasta que el locutor citó una observación de Eddie Condon, un antiguo guitarrista de Chicago: “El sonido de Bix surgía como una chica diciendo que sí”. Eso fue sólo hace tres días, y ahora estamos regresando, algo distintos de esa pareja que salió a tener una aventura.

Cruzamos el Cinturón Beiderbecke de vuelta a Iowa y mientras pasamos por las salidas de Davenport, la carretera casi desierta se ilumina como estadio vacío con las luminarias azules. Con los ojos cerrados para concentrarse, ella apenas se da cuenta cuando un camión, con su silueta iluminada de luces rojas, casi nos pasa a llevar. El auto se estremece con el golpe de aire del camión que se aleja con la bocina bramando.

“La vista en el camino”, advierte ella.

“Eso no fue culpa mía”.

Miramos desaparecer las luces traseras, y entonces quedamos solos en la oscuridad de la carretera de nuevo, viajando por mi segmento favorito, donde, en el verano, los campos están plantados de girasoles además de maíz, y uno tiene que estar alerta a los faisanes que se atraviesan por delante.

“Amor, sácala”.

El deseo de tocarla se hace insoportable, pero no quiero parar —no quiero que se termine esta manejada.

“Te estoy esperando”, dice. “Estoy justo a punto, sólo esperándote”.

Speed-Blur-Truck-on-Interstate-at-Night    Vamos apenas a unos sesenta por hora cuando pasamos junto a lo que parece el mismo camión, con la silueta de luces rojas, estacionado en la berma. La estoy mirando mientras trato de mantenerme en la pista, así que no noto el camión que se mete otra vez en la carretera detrás de nosotros o sus focos en el retrovisor, alcanzándonos rápido, hasta que enciende las luces altas, inundando el auto con una intensidad casi cegadora. Afirmo el volante, a la espera del remezón de vacío creado por el camión al precipitarse por el lado, pero se nos queda pegado atrás, la enorme rejilla del radiador alzándose a través de la ventanilla trasera, y los focos reflejándose en nuestros espejos y en el parabrisas con un resplandor que nos obliga a entrecerrar los ojos. Dentro de las luces altas, el pelo de ella se enciende como un halo a punto de estallar en llamas. Se ha bajado la falda para cubrirse las piernas y se ve un poco asustada.

“¿Qué problema tiene este tipo? ¿Anda con anfetas o qué onda?, grita por encima del retumbar de su motor, y luego él le da a la bocina, borrando su voz con un estallido de diésel.

Aprieto el acelerador. Estamos en la pista derecha, y ya que no quiere pasarnos, señalizo y me pongo en la pista de afuera, pero él cambia de pista también, pegado a nosotros todo el tiempo. El velocímetro tirita encima de los 150 kilómetros, pero él se mantiene detrás de nosotros, con sus luces altas clavadas como reflectores, la bocina bramando.

“¿Está loco?”, grita ella.

semi     Sé lo que está pasando. Después de que casi nos pasó a llevar cerca de Davenport, debe haber seguido manejando por la carretera vacía con la imagen de ella, iluminada por esas luces azules, haciendo presa de su mente. Tal vez esté divorciado o se sienta solo, tal vez su mujer lo esté engañando—algo muy malo le ha pasado y, sea lo que sea, verla expuesta así le ha revelado que su vida es una triste cosa, y la conciencia de eso se ha convertido en maldad y rabia.

Hay una salida a 1500 metros, y él la ve también, y mete el camión otra vez en la pista de adentro para tratar de bloquearme, pero con el acelerador al piso me adelanto, y lo mantengo hasta el fondo, aunque sé que no puedo arreglármelas para tomar la salida a esta velocidad. Él también lo sabe, y se mantiene muy cerca, sin hacerle caso a mi señal de viraje, apretando la bocina como para advertirme que no trate de bajar la velocidad para esta salida, que no hay manera de parar treinta toneladas de camión con acoplado yendo a más de ciento cincuenta.

trucklights     Pero un poco antes de llegar a la salida me pongo otra vez en la pista izquierda, y por un momento él se me pone al costado, se queda en la pista derecha mientras pasamos por la salida, para mantenerla bloqueada. Ahí es cuando le grito a ella: “¡Afírmate bien!” y meto los frenos y quedamos chirriando sobre la pista izquierda, derrapando y quemando goma, mientras el camión sigue disparado, con sus frenos de aire siseando. El auto se desliza hacia la berma de ripio, levantando una nube de polvo que humea en el haz de los focos, pero nunca fuera de control, y para cuando el camión se detiene allá adelante, dando bandazos, yo ya tengo el auto en reversa, dirigiéndolo hacia la salida, con la esperanza de que nadie venga a toda velocidad en el sentido contrario por la I-80.

Es la salida de Plainview, y fuerzo el motor para hacer un viraje hacia el norte, por una carretera de dos pistas, corriendo a un lugar llamado Long Grove. Me mantengo chequeando los espejos para ver si se aproximan luces, pero la carretera sigue oscura, y finalmente ella dice, “amor, baja la velocidad”.

La radio sigue tocando estática, y la apago.

“Mierda”, dice ella. “Al principio creí que era un imbécil común y corriente, pero era un verdadero sicópata”.

“Un loco de verdad, cierto”, digo yo.

“¿Crees que nos estaba esperando ahí en el camión?” pregunta ella. “Qué espeluznante, especialmente si uno piensa que todavía va por ahí hacia el oeste. Una se pregunta cuántos tipos como él no andarán por los caminos, manejando con la cabeza llena de locura y rabia”.

Es una forma de mirar la carretera de noche que casi puedo visualizar: tipos, no necesariamente malos —algunos sólo bloqueados o desesperadamente solos— manejando con la compañía quejumbrosa de la música country, demasiado repartidos o aislados como para que alguien se dé cuenta de que esos focos son todos parte de un convoy. Nosotros también somos parte de él.

“Yo pensaba: Oh, no, no puedo morir ahora, no así”, dice ella. “Sería demasiado frustrante sexualmente —como que la muerte fuera la seductora máxima que te deja en el aire”.

“Tú sabes a lo que le tuve miedo yo”, le digo. “A morirme con los pantalones desabrochados”.

Se ríe y se sigue riendo hasta que en la risa aparece un toque de histeria.

“Yo creo que ese tipo del camión se puso celoso de ti. Sabe que esta noche estás con suerte”, jadea, sin aire, y se saca la sandalia con un movimiento del tobillo para poder pasarme el pie desnudo a lo largo de la pierna. “Aquí estamos, juntos, y seguimos vivos”.

Acerco su pie a mi boca y lo beso, tomando su pierna por la parte más delgada, como si mi mano fuera una tobillera, luego deslizo mi mano debajo de su falda, a lo largo de su muslo hasta la orilla de sus calzones, un pliegue de sorprendente calor, del que mi dedo sale resbaloso.

“Te dije”, gime ella. “Un tipo con suerte”.

caminoiowa     Me meto en el camino rural que sigue. No está marcado, pero no importa. Sé que por estas partes, tarde o temprano, se va a cruzar con un camino de ripio, y cuando eso pasa me meto al ripio, y después de un rato doblo otra vez en la intersección de un camino de tierra que serpentea hacia campos de una oscuridad cada vez más profunda, fragante de la suculenta tierra de Iowa y vibrante de coros de insectos reunidos en masa para un último Sanctus. Ya ni siquiera sé muy bien en qué dirección vamos, ni menos hacia dónde vamos, pero cuando mis luces altas atrapan a una tortuga que va cruzando el camino, siento que hemos llegado. El auto rueda hasta detenerse en un estrecho puente de tablas sobre un tubo de regadío. El puente –no más largo que nuestro auto— está oculto a ambos lados por árboles que cuelgan encima, probablemente álamos, y flanqueado de totoras tan altas como los maizales secos que hemos estado pasando. La tortuga, con su mandíbula cortante inconfundible bajo las luces, se ve musgosa y antigua, y la miramos completar su viaje sobre el camino y desaparecer entre los juncos, antes de apagar los focos. Sentados silenciosamente en la oscuridad, escuchamos cómo crepita el motor al enfriarse y cómo los sapos que hemos interrumpido empiezan de nuevo a cantar bajo el puente. Cuando nos bajamos del auto, sin hacer ruido, podemos oír los saltos de las ranas de vuelta al agua. “Mira las estrellas”, susurra ella.

“Si Pegaso estuviera allá arriba”, digo yo, “desde acá sí que lo verías”.

“¿Tienes idea de dónde estamos?”, pregunta ella.

“Nop. Totalmente perdido. Encontraremos el camino de vuelta cuando aclare”.

“El asiento trasero de un auto en la noche, un camino rural— el adulterio tiene una capacidad desconcertante de transformar a los adultos de nuevo en adolescentes”.

iowastars     Hacemos el amor, luego nos las arreglamos para dormitar un rato en el asiento trasero, envueltos los dos en un mantel a cuadros que una vez usamos para un picnic y que todavía estaba guardado en la maleta.

EN LA LUZ pálida de la mañana uso el resto del rollo de fotos: un close-up de ella, enmarcado en parte en el mantel a cuadros, que tenía puesto alrededor de los hombros como un chal, y otra, todavía de más cerca, de su cara enmarcada en su pelo cobrizo enredado, y afuera de la ventana detrás de ella, totoras aterciopeladas, borrosas debido a la poca profundidad de campo. Una foto de ella arrodillada en los tablones embarrados del puentecito, sus ojos pardos levantado hacia la cámara, su boca, todavía a un metro de mi cuerpo, dispuesta como si yo ya hubiera dado el paso que bastaba para franquear esa distancia.

Lo que falta es la foto que nunca saqué —la que el camionero trató de robar, la que lo llevó hasta el borde en que se balanceaba, fuera lo que fuera, el que todavía lo tiene, quizás, surcando carreteras, buscando en cada auto que pasa desde la altura de su cabina esa visión fugaz que nunca más verá —su pelo enredado, su cuerpo afirmado contra la puerta, los ojos apretados, los labios contorsionados, la falda subida, la pelvis subiendo hasta su mano.

Años después, ella me llamó, de la nada. “¿Todavía tienes esas fotos mías?”, preguntó.

“No”, le dije, “las quemé”.

“Bien”, dijo, como complacida—no tanto aliviada sino más bien halagada— “es que de repente me surgió la pregunta”. Luego colgó.

Pero le mentí. Las había guardado todos estos años, junto con algunas cartas —parte de un paquete de papeles personales en un sobre de manila que llevé de mudanza en mudanza. Los había escondido en la parte de atrás de un archivador en el laboratorio, aunque por cierto no tenían por qué estar ahí. Ahora lo que le había dicho era cierto: estaban alimentando las llamas.

CON SU SILUETA contra las llamas, el chico de las rastas besa a la muchacha huérfana. Desliza la mano en la espalda de su chaqueta de cuero de un blanco sucio, con flecos, y se detiene en el asiento rasgado de sus jeans desteñidos. Ella está parada en puntas encima de sus zapatillas y engancha los dedos en los pasadores de los jeans de él, de manera que quedan con la pelvis alineada. Cuando él la acerca de un tirón y la aprieta girando las caderas, ella dice: “¡Gua!” y se ríe. “Lo sentí moverse”.

“Los incendios me calientan”, dice él.

El techo alrededor del tragaluz colapsa, enviando un torbellino de chispas entre la nieve que gira, y la multitud lanza un ahh colectivo cuando los frascos del laboratorio explotan y lanzan destellos.

BURNING-MAN-embrac_3023409k     Siguen llegando los mirones desde las calles aledañas, surgiendo de entre la nieve como atraídos por una gran fogata que indica algún rito secreto: pandilleros con sus chaquetas grabadas de símbolos, travestis bellísimos de la calle del muelle, estibadores, y marinos jóvenes cuyos tatuajes recientes se encogen de frío. Los sin casa, con sus abrigos sobrepuestos, los pies envueltos en arpilleras, abandonan sus tambores de fuego para reunirse aquí, al igual que las prostitutas tiritando, casi desvestidas, abandonan sus esquinas; como los lavadores de platos guatemaltecos abandonan su lavaza quemante; como un panadero, con la cara y el pelo del blanco de la harina, ha dejado abandonado su horno.

Los grifos abiertos inundan las alcantarillas; la calle está tapada de mangueras desinfladas, pero los bomberos están ahí de pie, como emparejados con las prostitutas —como si por un momento ellos se hubieran convertido en voyeurs como todos los demás, hipnotizados mientras las paredes de ladrillo de nuestro laboratorio estallan en llamas luminosas, suspendidas en un cojín de humo, y el esqueleto al rojo vivo de la máquina del tiempo empieza a irradiar desde adentro. Una luz rosada rebota en las caras levantadas de la multitud, como el resplandor de una lámpara de papel roja —una lámpara que una vez pareció frágil, casi delicada, pero que ahora destruye el mismo tiempo y espacio que antes iluminaba. Una lámpara de papel que arde fuera de control aun cuando no queda nada más por consumir que ella misma.

Brrrr”. El Profesor tirita, limpiando sus anteojos empañados como para despejar el brillo opaco que se refleja en los vidrios.

“Mierda de frío que hace, cierto”, murmura Tinker, golpeando el suelo con los pies.

Por una vez están de acuerdo.

El viento sopla en ráfagas, avivando el hielo oscuro de la noche al mismo tiempo que aviva las llamas, y por instinto todos nosotros nos acercamos al borde del incendio.

El FBI en acción: “La hilera de árboles, Kansas, 1934”, de David Means

Elegí este cuento para traducirlo por dos factores de los que estoy consciente. (Seguramente los que de verdad importan son los inconscientes, pero ésos son por naturaleza insondables). El primer factor es el efecto que me causó cuando lo escuché leído por Thomas McGuane en un podcast de The New Yorker. Fue un efecto retardado, como si la narrativa doble, helicoidal, (la de los eventos y la de la evocación) se asentara después de un rato y desplegara sólo entonces su potencia emocional al destensarse. El segundo factor, íntimamente relacionado con el primero, es el uso del lenguaje, una imbricación tan exacta que se da el lujo de incluir divagaciones sin alterar su pulcritud narrativa ni la precisión de las imágenes.  Means construye esta imbricación como un dispositivo de memoria para unir esos dos momentos y traer con ellos la voz perdida del joven agente Barnes y la del veterano Lee. Más que una historia de policías y maleantes, es un relato de combate.

El relato apareció en octubre de 2010 en The New Yorker con el título “The Tree Line, Kansas, 1934”.



LA HILERA DE ÁRBOLES, KANSAS, 1934

David Means

Ilustración de Rutu Modan

Ilustración de Rutu Modan

Cinco días de intercambiar binoculares y turnarse para esconderse entre los árboles y fumar sin ser visto. Cinco días de vigilancia, esperando a ver si por alguna casualidad Carson iba a volver a la granja de su tío. Cinco días de escuchar al joven agente, apellidado Barnes, recitar verbatim del expediente: Carson tiene propensión a hacer disparos de advertencia; se especula que la visión limitada del ojo izquierdo de Carson hace que sus tiros se desvíen hacia la derecha de su blanco; tiene limitado control sobre sus impulsos. Cinco días de escuchar a Barnes hacer el recuento del patrón de asaltos que comenzó en el extremo norte de Texas y siguió hasta el mismo Wisconsin, luego bajando a Kansas otra vez, hasta que la pista se enredó en la ineptitud torpe del Bureau. Durante cinco días Barnes habló, mientras Lee, más viejo y con sus buenas cicatrices, asentía y dejaba que el muchacho desarrollara sus teorías. Cinco días reducidos a una sola conversación.

Años más tarde, jubilado, sentado en el porche con vista al lago mientras su mujer hacía sonar ollas en la cocina, silbando para sí misma con suavidad, Lee iba a saber, o a creer que sabía, que aun en ese momento en Kansas, volteándose para hablarle a Barnes, había tenido el pálpito de que algún día él iba a jubilarse y a meditar sobre ese instante en particular –allá en la hilera de árboles— porque eso es lo que uno hacía después de una vida entera dedicado a pensar en la cabeza de otra gente. Jubilado, uno se volvía hacia sí mismo y trataba de arreglárselas sin tener que pensar sobre la manera en que otros pensaban. Uno ponía las piernas encima de algo y se sentaba a analizar con pinzas los escenarios que habían acabado con uno vivo y con otros muertos, aprovechando el hecho de que todavía uno sigue vivo mientras esos otros no y, al hacerlo, disfrutar –con un sentimiento de gloria de tipo religioso— el hecho de que uno se la pudo para acabar ahí mirando un lago un día limpio y sereno de verano mientras el viento corría por la otra orilla y un bote solitario remaba suavemente, arrastrando un sedal de pesca.

Cinco días había escuchado a Barnes, quedándose callado, conteniéndose para no decir mucho, hasta el día final, cuando Barnes se volvió hacia él y dijo: Mire, Lee, lo que estamos haciendo aquí es perder el tiempo. Carson no va a venir, quiero decir, carajo, reconozcámoslo, es poco probable que llegue por ese camino. Así que Lee dijo, finalmente: Bien, si Carson viene será porque ha sopesado el gran riesgo de que estemos aquí contra un beneficio aún más grande. Como tú mismo dices, no es el tipo de persona que vaya a volver sólo a ver parientes. No es el tipo –y vaya que hemos visto suficientes de ésos— que se pone en peligro para visitar un tío en una granja arruinada. Si viene, es porque viene a recuperar un botín escondido. No por otra razón. Pero para estos tipos eso no es suficiente. Si tiene algún botín por acá, se va a arriesgar. Es así de simple. Ahora voy para los árboles a fumar y tomar un descanso. Y sin esperar respuesta se arrastró entremedio de las malezas hasta los árboles, donde, ya libre de sus obligaciones con el joven agente, se sacó la rigidez estirando las piernas, prendió un cigarro y sintió el cosquilleo que le empezó a funcionar muy dentro del estómago, enfocándose –como sólo lo puede hacer desde el estómago—en los siguientes detalles:

  1. El cambio imperceptiblemente lento de la luz en los últimos días al estirarse las sombras polvorientas a través del campo y luego acortarse gradualmente hasta que, después del cénit solar, se alargaban mientras que el cielo soltaba de su control al sol y una marga violeta y rubicunda enrojecía el horizonte.
  2. El modo en que el camino se abría desde el punto de perspectiva, exponiendo su boca a la granja mientras, al mismo tiempo se encogía hacia atrás dentro de los temblores del calor de manera que se hacía difícil y a veces imposible observarlo.
  3. El avistamiento de Vern, tío de Carson, saliendo el lunes y de nuevo el jueves, arrastrando los pies con un leve cojear, la espalda curva, moviéndose por la casa y desapareciendo de la vista por unos pocos minutos (causando un aumento de la inquietud de los dos hombres que esperaban que volviera a aparecer), luego retrocediendo el tractor con el arado puesto y arando, al parecer, por puro arar, porque era claro que la tierra estaba muerta y sin valor. Arando el mismo pedazo el jueves que ya había arado el lunes, mandando una nube de polvo que flotaba en el aire.
  4. Lo indecoroso, en un agente del FBI, de los arrebatos ocasionales de Barnes (¡Mierda, qué pérdida de tiempo!). Siempre una frase o dos sobre lo inútil de la misión en relación al uso del tiempo y de las otras cosas que podría estar haciendo: por ejemplo, seguir a ese matón mafioso –John Bradfield—cuyo expediente, cargado de datos, estaba guardado en el cajón de su escritorio en el cuartel.
  5. El aumento gradual de su propia conciencia de la granja y su conexión con la red de los caminos menores, caminos de gato, como se los llamaba, al noroeste y al sudeste, junto con rutas todavía más pequeñas cuyo propósito se había perdido en el tiempo: antiguas huellas de carromato y senderos de indios que se presentaban como corredores potenciales hasta el borde mismo de los grandes corrales de ganado de Chicago. (Los caminos que no aparecían en los mapas eran la perdición del Bureau). Esos caminos escondidos se habían empezado a aparecer en la conciencia de Lee mientras manejaba de vuelta al pueblo, al pasar junto a interrupciones en los alambrados, donde surgían desde los pastizales. El lunes, Barnes dijo: Hasta donde veo, tiene una sola entrada y una sola salida. Lo que podría dejar más en ridículo a Carson si tratara de venir a visitar. El martes, dijo: Esto es una ratonera. Una entrada, una salida. No es del tipo que caiga en una trampa así. (Así funcionaba la cosa: un agente sin experiencia reiteraba lo que él pensaba que era obvio sobre el terreno, repetía los detalles conocidos una y otra vez, como para asegurarse a sí mismo de que todo estaba dispuesto correctamente, que lo que había sido imaginado en el cuartel de Chicago –usando mapas y dibujando líneas—correspondía propiamente a la realidad de Kansas).
  6. Un defecto inherente en la dinámica entre los dos compañeros mientras yacían lado a lado, tan inmóviles como era posible mientras las malezas –la mayor parte brotes de avena salvaje, con un manchón de zanahoria silvestres— oscilaban, lánguidamente traduciendo la brisa del miércoles (el único día de viento) en movimiento, como si el mundo, al desplegarse con deslumbrante elegancia, se estuviera preparando para la llegada inminente de Dios, o de un arma, su estómago le dijo, con esas mismas palabras. Algo grande se aproximaba, el viento había dicho. Era una señal segura. Cualquier policía sabía que el viento levantándose así tenía que significar algo. Pero el muchacho había distraído a Lee. Después de todo, uno lee el paisaje en signos: la forma en que el camino se queda silencioso por cierta cantidad de tiempo; un manchón solitario de maleza en la zona de las Cuatro Esquinas que, después de tres días de relativa calma, de pronto se oscurece a causa de una de esas formaciones raras de nubes, no un cúmulo de tormenta, sino una nube que parece resistir alcanzar su tamaño total, lo que a uno le da, ahí sentado en el auto masticando un mondadientes, la sensación de que algo anda raro.
  7. No era simplemente lo que Barnes decía, o su torpe incapacidad de establecer algún tipo de silencio sensato, sino también la manera en que redondeaba sus palabras, puliéndolas, lustrándolas con un estilo de elocución que no pegaba con el paisaje. Hablaba al estilo chupándose-las-mejillas de un hombre que diserta con inmerecida autoridad, al decir: Es muy improbable, Lee, considerando los patrones establecidos por sus movimientos previos, que se aventurase, lástima, como he dicho varias veces en ocasiones anteriores, a arriesgarse a llegar a un lugar identificado como parte de sus movimientos anteriores. Saliendo de sus blancos dientes limpios, su voz tenía un tono de recórcholis juvenil hasta que agarraba vuelo y cambiaba para considerar los penosos alrededores. Entonces apretaba sus frases y trataba lo mejor que podía de sonar hastiado de la vida (sin nunca mirar a Lee en esos momentos; evitando los ojos de Lee, de un gris moteado, arrugados y hundidos en los pliegues de su cara, al estilo de viejo policía tejano), diciendo: Así lo veo yo, señor — Carson empezó siendo un fraude. Otro chico más tratando de hacerse fama como asaltante. Sin corazón de verdad. Trató de hacer el papel de Robin Hood dándoles un poco de dinero a algunos clientes bancarios a mal traer. Pero cuando llegó al norte ya tenía mucha presión encima. Ahora tiene ese estilo de disparar primero que viene de saber la verdad. Si uno sabe la verdad, dispara primero. En ese punto, la voz de Barnes cambiaba otra vez, deslizándose con naturalidad al surco de sus pensamientos, abriéndose a un tono más profundo, más especulativo, al hablar y hablar (o eso le parecía a Lee, que mantenía la vista en la granja), explicando que Carson era un hombre que tenía sentido de sí mismo, que sabía quién era de una manera que los rateros de antaño nunca tuvieron. Carson operaba desde una sicología más profunda, calculando su comportamiento a partir de lo que otros pensaban, no sólo calculando los patrones de la ley, que eran por lo general bastante fáciles de estimar, sino también lo que la ley, lo más probablemente, iba a especular; así que era improbable, digamos, que regresara—aunque hubiera botín involucrado—a desenterrar algo en la granja del tío, sabiendo instintivamente que la tendríamos vigilada… (Lee escuchaba a medias, tratando de borrar la voz del muchacho, enfocando la atención lejos de la casa, hacia el camino, que venía derecho desde el horizonte. El horizonte, el entendía, era un enemigo. El horizonte alteraba las probabilidades. El horizonte –siempre hipnotizante si se lo mira por demasiado tiempo— podría apoderarse de la operación de vigilancia. Lee una vez había sido derrotado por el horizonte en Waco, cuando trabajaba por su cuenta para el gobernador, siguiendo la pista de un asesino llamado Newfield. Dos días vigilando una casucha hasta que sus ojos se fijaron por demasiado tiempo en el horizonte –crepúsculo— y quedaron pegados ahí mientras la presa se aprovechaba y, antes de que Lee pudiera despabilarse, escapó con un rugido, dejando una pluma de polvo tras de sí). Barnes seguía hablando, decía: Este tipo sabe que estamos buscando patrones de conducta y hasta se le ha ocurrido, me aventuro a decirlo, la idea de que nosotros pronosticaríamos que no iba a volver por aquí, y al calcular que él calcula que nosotros calculamos que no va a volver, calculará que nosotros vamos a tomar ese cálculo en consideración –el patrón en potencia—y vamos a vigilar la granja de su tío. Tú ves, Lee, yo creo que tiene una conciencia de sí mismo que no la tiene un tipo como Hoover. (Y tú si, pensó Lee, levantando la cabeza, asintiendo, sintiendo –otra vez—un intenso deseo de fumar).

Años más tarde, en su cabaña de verano en Wisconsin, sentado en el porche y mirando el agua, oyendo cómo Emma cocinaba adentro o miraba televisión, él iba a volver a esa conversación, examinándola de cerca, y se iba a preguntar si había errado el paso en ese momento. Cierra el hocico, le podría haber dicho. Cállate, chico. Puedes hablar hasta que se acaben las palabras, pero por mucho que digas o pienses, lo único que importa es que hay una posibilidad de que Carson aparezca. Aun más tarde, Lee iba a comprender que al callar su punto de vista el había permitido una distracción mucho más peligrosa, una vibración paternal —inquietante y tácita— entre ellos. (Ese chico era como un hijo para mí, le dijo a su mujer. Me sacaba de quicio igual como yo sacaba de quicio a mi viejo. Excepto que el viejo me hubiera sacado las orejas a golpes).

Esa tarde, mientras se arrastraba hacia donde estaba Barnes, la sensación en el estómago se le subió a la garganta y luchó por meterse en la cabeza. Nota: un presentimiento de estómago finalmente se transforma en una corazonada cuando toma la forma de declaraciones verbales claras y precisas dichas en voz alta a alguien –interno o externo— dispuesto a escuchar y que responde de la misma forma. Una corazonada se enreda dentro de los tendones y los huesos, se integra en la fisicalidad del momento, mientras que un presentimiento de estómago sólo puede aspirar a convertirse en corazonada y, una vez que eso pasa, se lo puede identificar retrospectivamente como un presentimiento. Antes de que Lee pudiera expresar su corazonada, Barnes se limpió la frente con un pañuelo y dijo: Carajo, Lee, ¿dónde te habías metido? ¿Fuiste al pueblo a comer algo? Y Lee dijo: No, sólo a fumar. ¿Ha pasado algo por acá? Barnes levantó los binoculares, los bajó, apretó los labios como si estuviera meditando algo profundo y luego dijo, con una voz sarcástica recién sacada: Diablos, te lo perdiste todo, Lee. Carson llegó con toda la tribu. Creo que hasta “Niño Bonito” Floyd apareció. Con mujeres y todo. Hicieron un picnic ahí cerca del molino —pollo frito, sandía, pastel de manzana, con todo. Dispararon al aire para celebrar, desenterraron el botín (en eso tenías razón), y partieron. Los tuve que dejar, ya que tú no estabas aquí. Me dije a mí mismo: el agente Lee está fumando allá atrás y no lo voy a molestar al hombre. Ahora, si no te importa, allá voy yo también a fumar un cigarrillo. Luego se arrastró entremedio de las malezas y desapareció en la hilera de árboles, dejando a Lee solo para vigilar la granja.

El destino opera en forma retroactiva. Al turnarse para fumar, los dos hombres habían tratado de romper el tedio de la mejor manera posible, cortando los días, sosteniendo la atención sobre el terreno y la casa según los dictados del entrenamiento, sabiendo que por lo menos uno de ellos tenía que mantenerse con los ojos fijos en la granja, porque si los dos desviaban la vista, aunque fuera por un minuto, eso traicionaría en teoría al agente Jones y al agente Tate, que se habían quedado con el turno de noche, tomando café en termo, zamarréandose mutuamente para mantenerse despiertos, saliendo al camino al amanecer, cansados hasta los huesos, diciendo: Nada se movió por ahí, ni siquiera la oscuridad. Ni una sola maldita cosa, un cero total. Buena suerte, muchachos.

Años más tarde, en el replay reductivo, en cámara lenta, de la memoria, el sedán Buick –recién robado de un distribuidor en Topeka— apareció de repente al emerger de un camino secundario al oeste y que topaba el camino principal a un cuarto de milla de la granja Carson, lo suficientemente metido en las ondas de calor como para proveer el elemento sorpresa. Primero fue sólo el breve resplandor del radiador cromado, una chispa de luz donde el camino desembocaba en el campo recién arado. Luego, en cosa de segundos, el resplandor se convirtió en un automóvil completo, se deslizó a lo largo de la casa, rugió al frenar, se cimbró pesadamente al arrojar tres hombres. (Lee usó esa palabra en su informe: El automóvil arrojó tres hombres que se distribuyeron para hacer un reconocimiento de la propiedad). Carson apareció un momento más tarde, bajando del auto con sus manos bien abiertas, cojeando un poco (la herida de rebote de Michigan City, pudriéndose), mirando a su alrededor nerviosamente mientras daba órdenes a sus hombres y mientras Lee, escondido en el pasto, entendía instantáneamente lo que sigue:

  • (A) Cuatro años de asaltos y de encuentros con la ley les habían dado a los hombres de Carson un sentido innato de que algunas situaciones imprevistas –una operación de vigilancia, máximo de dos o tres hombres— se enfrentaban mejor de una manera rápida e irreflexiva que incluía usar un poder de fuego apabullante sobre agentes del Bureau probablemente agotados y que se habían pasado días enteros vigilando, escondidos en el pasto o detrás de los árboles. (Sabían que estábamos ahí, Lee dijo más tarde. Calcularon que éramos uno, dos a lo más. Estábamos cortos de personal y ellos lo sabían. Me congelé. Mi cálculo acerca de cuánto terreno había entre mi posición y la casa estaba alterado. Estaba solo. Sobrepasado en poder de fuego.
  • (B) Cuando los hombres de Carson avanzaban, sentían claramente, aunque intuitivamente, el modo en que vigilar comprime el tiempo, apretándolo –días de inactividad puntuados por pausas ocasionales para cagar, mear, fumar, tomar, comer y estirarse, todo eso interrumpido sólo por acciones insignificantes y periféricas en la observación. (La gente de la ciudad llegaba a la escena del campo como fuego cortando hielo, Lee iba a pensar más tarde. Tenían ese caminar urbano, mientras que nosotros nos habíamos olvidado de cómo funcionaba el tiempo fuera de los confines de la granja).
  • (C) Los hombres de Carson avanzaron, como si atravesaran las calles de Chicago, con sus trajes negros todavía más negros bajo la luz difusa. Tenían una despreocupación elegante por el paisaje, lo que les venía del hecho de que la mayoría de ellos había nacido y crecido en granjas o en puebluchos polvorientos, y habían dejado atrás esa parte de su vida, aprendiendo cómo pararse en la ciudad, ajustándose las colleras, doblando el ala del sombrero, tocándose la corbata mientras escondían sus verdaderas intenciones contando chistes, moviéndose constantemente para ocultar el silencio estático de lo que estaba sucediendo. Mientras los hombres se acercaban al puesto de Lee, Carson caminó lentamente hacia la derecha del establo, mirándose los pies, moviéndose, a pesar de su leve cojera, con una facilidad que revelaba su deseo, aun en este lugar, de parecer casual, levantando la cabeza para oler el aire antes de continuar por el costado de la casa. (Empezó al lado sur de la casa, puso un pie delante de otro, de punta y talón, marcando con cuidado, tratando de localizar el lugar donde estaba enterrado el botín, Lee iba a escribir en su informe).

Atrás en la hilera de árboles, Barnes se había fumado dos cigarrillos mientras observaba el paisaje: una pequeña hondonada en los árboles debido a la quebrada, que estaba cubierta con un pequeño fleco de helechos verdes. El horizonte se perdía misericordiosamente entre los árboles, de modo que desde ese punto de vista –incluyendo en el cálculo su profunda convicción de que la operación era inútil— es muy probable que sintiera que se le venía un profundo descanso, una sensación de calma omnisciente que venía de ser joven y sin experiencia, y fue probablemente esto, combinado con el placer que el tabaco le estaba dando, lo que lo llevó a pensar que ese momento reflejaba de algún modo el estado general del mundo. (A lo lejos, el sonido de un motor devorado por la tierra. A lo lejos, el ruido amortiguado de una puerta que se cierra). Lo que haya sido que afectaba los pálpitos de Barnes durante los días de la vigilancia se combinó con la callada belleza allá atrás en los árboles, amplificado por la infertilidad de la granja en relación con la humillación (sí, una operación de vigilancia era un acto de humildad que podía con facilidad, si no se lo llevaba a cabo apropiadamente, convertirse en una humillación), se combinó, a su vez, con un deseo natural del joven agente, e hizo que se saltara el procedimiento operativo estándar, que se moviera con naturalidad, de modo que el muchacho salió caminando de la hilera de árboles ese día muy erguido y alto, moviéndose con seguridad, confiado en sus sensaciones, dejando de lado trabajosamente su propia conciencia (la que estaba roma, Lee se imaginó más tarde, por el tedio persistente de una escena que había transcurrido, con la excepción del viejo arando el lunes y otra vez el jueves, y el viento el miércoles, para su mente juvenil, por lo que parecía una eternidad). Dio un paso adelante hacia un momento único y feroz. Dio un paso adelante hacia una furia de disparos mientras su mente –joven y tonta pero a pesar de eso hermosa— permanecía en parte allá atrás en los árboles, absorbiendo la soledad, meditando sobre cómo se sentía el futuro cuando un hombre estaba enraizado en un solo lugar, esperando un desenlace improbable, un desenlace que, te lo aseguro, nunca, nunca iba a llegar.treeline2

Uno de Tobias Wolff: “Bala en el cerebro”

La estructura de este relato no puede dejar de evocar “El milagro secreto” de Borges, pero allí donde Borges se esmera en la filigrana literaria (“en una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija”) y en la minucia histórica que explica el fusilamiento del impronunciable Hladík, la bala  de Tobias Wolff se interna por caminos donde las causalidades pueden ser 2015BULLETI_AMQcómicamente predecibles o bien lo contrario, producto de una mecánica inesperada, la que mueve el trayecto de una bala que atraviesa el cerebro de Anders, el crítico literario. Hay una mezcla de registros que plantea desafíos interesantes para la traducción, Cualquier opinión sobre los resultados será muy bienvenida.

Hablando de causalidades: Me interesó incluir a Tobias Wolff en esta serie porque en una entrevista en la Paris Review declara que le toma mucho tiempo ponerse al día con los lugares en que ha estado, condición con la que este traductor emigrante se identifica a cabalidad. Wolff nació en Alabama en 1945. Este cuento se publicó originalmente en The New Yorker en 1995.


BALA EN EL CEREBRO

Tobias Wolff

Anders no pudo llegar al banco hasta justo antes de que cerraran, así que por supuesto la cola era infinita y le tocó quedar detrás de dos mujeres, cuya conversación chillona y estúpida lo puso de un humor asesino. De todas maneras, nunca andaba del mejor humor este Anders, crítico de libros conocido por el salvajismo fastidiado y elegante con que despachaba casi todo lo que reseñaba.

Aunque la cola todavía daba un par de vueltas alrededor del cordón, una de las cajeras puso un letrero de “CAJA CERRADA” en su ventanilla y se fue a la parte de atrás del banco, donde se apoyó en un escritorio y empezó a pasar el rato con un tipo que movía papeles para allá y para acá. Las mujeres delante de Anders pararon de hablar y miraron a la cajera con odio.

“Oh, qué bonito”, dijo una. Se dio vuelta hacia Anders y agregó, confiada en que él iba a estar de acuerdo, “Uno de esos pequeños toques de humanidad que nos hacen volver por más”.

Anders había engendrado su propio odio creciente por la cajera, pero lo dirigió inmediatamente a la presumida y quejumbrosa que tenía al frente. “Pucha, sí, qué injusto”, dijo. “Trágico, en realidad. Cuando no le amputan a uno la pierna equivocada, o le bombardean la aldea ancestral, vienen y cierran la caja”.

Ella no se amilanó. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Yo solamente opino que es pésima forma de tratar a los clientes”.

“Imperdonable”, dijo Anders. “Dios lo tendrá en cuenta”.

La mujer se chupó las mejillas, pero se quedó mirando por encima del hombro de él, sin decir nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, también se puso a mirar en la misma dirección. Y luego las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, y los clientes lentamente se dieron vuelta, y en el banco se hizo el silencio. Dos hombres de pasamontañas negro y terno azul estaban de pie al lado de la entrada. Uno de ellos tenía puesta una pistola en el cuello del guardia. El guardia tenía los ojos cerrados y movía los labios. El otro hombre portaba una escopeta recortada. “¡Todos se callan!”, dijo el de la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguna de las cajeras da la alarma, todos ustedes son fiambres, ¿entienden?”

Las cajeras asintieron.

“Ah, bravo”, dijo Anders. “Fiambres”. Se volvió a la mujer delante suyo. “Tremendo parlamento, ¿ah? La poesía severa y con manoplas de bronce de la clase peligrosa”.

Ella lo miró con ojos de ahogada.

robber11n-3-webEl tipo de la escopeta obligó al guardia a arrodillarse. Le pasó la escopeta a su socio, le tironeó hacia atrás las muñecas y le puso un par de esposas. Lo botó al suelo de una patada entre los hombros. Luego retomó la escopeta y se acercó a la puerta de seguridad, al final del mesón. Era bajo y gordo y se movía con una lentitud extraña, casi con torpeza. “Ábranle”,dijo su socio. El tipo de la escopeta abrió la puertecita y se paseó entre la fila de cajeras, pasándole a cada una su bolsa de basura. Cuando llegó a la caja vacía, miró al de la pistola, que le dijo: “¿De quién es ese puesto?”.

Anders observó a la cajera. Ella se llevó la mano a la garganta y se volvió al hombre con que había estado conversando. Él asintió. “Mío”, dijo.

“Ponte las pilas, huevona fea, y llena la bolsa”.

“Ya estamos”, le dijo Anders a la mujer delante suyo. “Se ha hecho justicia”.

“¡Oye, chistosito! ¿Te dije que hablaras?

“No”, dijo Anders.

“Entonces cierra el hocico”.

“¿Oyeron eso?, dijo Anders. ‘Chistosito’. Sacado de ‘Los Soprano’”.

“Por fávor cállese”, dijo la mujer.

“Hey, ¿tai sordo o qué te pasa? El tipo de la pistola se acercó adonde estaba Anders. Le enterró la pistola en la guata. “¿Creís que estoy puro hueveando?”

“No”, dijo Anders, pero el cañón le hacía cosquillas como un dedo tieso y tuvo que luchar para contener la risita nerviosa. Lo hizo obligándose a mirar directo a los ojos del tipo, claramente visibles tras los hoyos del pasamontañas: de un azul pálido, irritados y con los bordes enrojecidos. El párpado izquierdo del tipo le tiritaba. Exhalaba por la boca un olor penetrante de amoníaco que le chocó a Anders más que cualquier cosa que había pasado hasta entonces, y había empezado a acrecentársele una sensación de inquietud cuando el tipo lo picaneó otra vez con la pistola.

“¿Te gusto yo, chistosito?”, dijo. “¿Me querís chupar el pico?”

“No”, dijo Anders.

“Entonces deja de sapearme”.

Anders fijó la mirada en los los zapatos del tipo, bien lustrados y de puntera fina.

“Allá abajo no. Allá arriba”. Le metió la pistola a Anders debajo de la barbilla y la empujó hasta que Anders quedó mirando hacia el cielo.

Ceiling-mural-425x425Anders nunca le había puesto atención a esa parte del banco, un edificio antiguo y pomposo con pisos y mesones y pilares de mármol y caligrafía dorada sobre las jaulas de las cajeras. La bóveda del cielo estaba decorada con figuras mitológicas cuya fealdad carnosa, envuelta en togas, Anders había observado de una mirada muchos años antes y que después había rehusado notar. Ahora no le quedaba otra alternativa que hacer un escrutinio del trabajo del artista. Era peor de lo que recordaba, en su totalidad ejecutado con la más absoluta solemnidad. El artista tenía su arsenal de trucos y los usaba una y otra y otra vez – cierto difuminado rosáceo debajo de las nubes, una miradita tímida hacia atrás de los cupidos y los faunos. El cielo estaba abigarrado de varios dramas, pero el que le llamó la atención a Anders fue el de Zeus y Europa – presentado en esta versión como un toro mironeando a una vaca detrás de un pajar. Para hacer sexy a la vaca, el pintor había inclinado sus caderas de manera sugerente y le había puesto unas pestañas largas y lacias, a través de las cuales ella le devolvía la mirada al toro con una bienvenida seductora. El toro tenía una media sonrisa y las cejas arqueadas. Si hubiera una burbuja de cómics saliéndole de la boca, habría dicho: “Aquí está papi”.

“¿De qué te reís, chistosito?”

“De nada”.

“¿Me encontrai divertido? ¿Creís que soy payaso?

“No”.

“¿Creís que podís huevear conmigo?”

“No”.

“Huevéame otra vez, y te cago. ¿Capish?”

Anders se rió a carcajadas. Se tapó la boca con las dos manos y dijo, “Disculpe, disculpe”, y luego no pudo evitar un resoplido de risa por entremedio de los dedos, y dijo: “Capish, ah, Dios mío, capish”, y ahí el tipo de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.

bulletbrainLa bala rompió el cráneo de Anders y le atravesó el cerebro y salió por detrás de su oído derecho, dispersando fragmentos de hueso en la corteza cerebral, el cuerpo calloso, atrás hacia los ganglios basales, y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto pasara, la primera aparición de la bala en el cerebelo gatilló una cadena crepitante de transportes iónicos y neuro-transmisiones. A causa de su curioso origen, éstas trazaron un patrón curioso, despertando aleatoriamente una tarde de verano de hacía unos cuarenta años y desde entonces perdida en la memoria. Después de impactar el cráneo la bala se desplazaba a 300 metros por segundo, velocidad patéticamente lenta, glacial, en comparación con el relámpago sináptico que se desencadenó a su alrededor. Una vez en el cerebro, esto quiere decir, la bala quedó bajo control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders amplio tiempo de ocio para contemplar la escena que –usando una expresión que él aborrecería— “pasaba delante de sus ojos”.

Vale la pena tomar nota de lo que Ambers no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que él más enloquecidamente amaba de ella, antes de que terminara irritándolo – su carnalidad desvergonzada, y especialmente el modo cordial con que trataba a su aparato, a quien ella apodaba Señor Topo, como en “Oh, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar” y “¡Escondamos al Señor Topo!”. Anders no recordó a su esposa, a quien él también había amado antes de que ella lo extenuara de tan predecible, o a su hija, ahora una hosca profesora de economía en Dartmouth.

No recordó estar de pie cerca de la puerta de su hija mientras ella sermoneaba a su oso por portarse mal y le describía los castigos realmente espantosos que iba a recibir si no cambiaba su forma de ser. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder darse escalofríos a voluntad – ni “Silencioso, sobre una cima de Darien”, ni “Dios mío, supe este día”, ni “¿Todas mis bellas? ¿Has dicho todas? ¡Oh, cometa infernal! ¿Todas?”. Ninguno de estos recordó, ni uno solo. Anders no recordó lo que dijo su madre moribunda sobre su padre: “Debería haberlo apuñalado mientras dormía”. No se acordó del profesor Josephs contándole a sus alumnos que los prisioneros atenienses en Sicilia eran liberados si eran capaces de recitar a Esquilo, y luego recitando a Esquilo él, ahí mismo, en griego antiguo. Anders no recordó cómo le ardían los ojos con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la tapa de una novela poco después de graduarse, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de entregar respeto.

Tampoco recordó que había visto a una mujer saltar al vacío desde el edificio opuesto al suyo, días después de que nació su hija. No recordó haber gritado: “¡Dios tenga misericordia!” No recordó haber chocado a propósito el auto de su padre en un árbol, o que tres policías le habían pateado las costillas en una protesta contra la guerra, o despertarse de risa. No recordó cuándo había empezado a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y espanto, o cuándo se enrabió con los autores por escribirlos. No se acordó de cuándo todo le comenzó a recordar otra cosa.

Esto es lo que sí recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el chirrido de los insectos, él mismo apoyado contra un árbol mientras los niños de su barrio se juntan para organizar un juego. Él mira mientras los otros discuten sobre quién es más genio, si Mantle o Mays. El tema los ha preocupado todo el verano y para Anders se ha vuelto tedioso: una opresión, como el calor.

Luego llegan los dos último chicos, Coyle y un primo de Mississippi. Anders no conoce al primo de Coyle y no lo verá nunca más. Le dice hola como el resto pero no le presta mucha atención hasta que han elegido a los equipos y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el chico. “Paracorto es el mejor puesto que haiga habido”. Anders se voltea y lo mira. Quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero no se atreve a pedirle que lo haga. Los otros van a pensar que está poniendo pesado, molestando al cabro por la gramática. Pero no es eso, para nada – es que Anders se siente extrañamente estimulado, exultante, ante esas palabras finales, su cualidad inesperada y su música. Ocupa su puesto en el campo, en trance, repitiéndoselas a sí mismo. La bala ya está dentro del cerebro; no la van a mantener a raya para siempre, o a detenerla como por encanto. Al final hará su tarea y va a dejar atrás la aproblemada calavera, arrastrando tras de sí su cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del vestíbulo comercial. Eso no se puede evitar. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras se alarguen sobre el pasto, tiempo para que el perro encadenado le ladre a la pelota en vuelo, tiempo para que el muchacho en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor y coree suavemente, Que haiga habido, que haiga habido, que haiga habido.

 

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