Yo no maté a Víctor Jara

Cristián Warnken confiesa en una columna de El Mercurio que él mató a Víctor Jara. A confesión de parte, relevo de pruebas, y a la capacha, debería ser, aunque sospecho que no se trata de una confesión en serio. Como todo vate columnista, Warnken tiene licencia poética. El problema es que no le basta con cargar solito con la culpa de su crimen. Solo por echarle una mirada a su columna tan truculentamente titulada (un “yo acuso” al verres), a uno le llega la admonición: “Lo maté yo y lo mataste tú, lector”, dice. Cuando Warnken tutea, suena a tuteada bíblica o por lo menos místic3ba8-victorsoloca, así que de primera, uno casi agradece la confianza. Pero después de la primera impresión, a mí me dan ganas de responderle “¿me tutea usted?” Y a lo mejor porque no soy lo que él llamaría una blanca paloma, a la tuteada respondo con una puteada y acto seguido paso a defenderme.

Sin hueveo. Porque la verdad es que hay pocas cosas que van quedando en pie como dignas de recuerdo en la historia pueril que hemos ido armando desde los años 70. Lo pueril no es la historia misma, sino la narrativa que se ha asentado a partir de olvidos y silencios por conveniencia. Entremedio de esos silencios de repente han aparecido sainetes en los que sale a escena algún presidente o algún general con la papada temblando, o se arman comisiones de verdad, campañas de pensamiento positivo y una buena cantidad de “sucesivas y contrarias lealtades”, para decirlo con una frase de Borges. Esta seudomemoria, rebosante de lugares comunes y arrepentimientos vacíos, es lo que Warnken ejemplifica en su mea culpa. (Una mea culpa que es culpa nostra, según él, pero a eso vuelvo más tarde).

La figura de Víctor Jara y su obra incandescente se habían salvado hasta ahora de la corrosión amnésica o de los manejos de imagen que han caracterizado a la eterna transición chilena. El cariño del público y la constancia leal de generaciones de artistas han mantenido el brillo de sus canciones y preservado el recuerdo de la manera en que fue asesinado. El informe de la Comisión Rettig, en su caso, sólo vino a confirmar los detalles horrendos de una historia conocida: la gente no sabía que habían sido cuarenta y cuatro los disparos, pero sí sabía de sus manos quebradas a pisotones y culatazos.

Esté consciente de ello o no, Warnken intenta hacer con Víctor Jara lo que antes otros le hicieron a Allende. Primero acorralaron al presidente hasta dejarlo sin aire y sin salida y después, cuando pasó el tiempo y vieron que no podían matar su imagen, le colgaron el epíteto de “consecuente” para poder seguir acomodando la historia, quitándole de paso el acento al contenido de su visión política, a lo más potente de su sueño igualitario y socialista. Como fue “consecuente”, según este modo Reader’s Digest de ver la historia, Allende tenía que morir en La Moneda en llamas. Siguiendo esta lógica retorcida y manipuladora, el presidente derrocado disparó prim8c7bc-victor2ero –metafóricamente, claro– al ser tan excesivamente consecuente. Poco menos que atacó con su consecuencia a los Hawker Hunters que iban pasando por encima de La Moneda y los obligó a soltar sus rockets. Lo que se subentiende de toda calificación de consecuencia, es que la gente que la asigna póstumamente posee un conocimiento íntimo de esta cualidad. Entre consecuentes nos vemos la suerte, parecen decir, y no se sonrojan.

De manera análoga, Warnken destaca la calidad de la poesía de Víctor como si fuera una revelación o un reconocimiento antes escamoteado, pero distingue su belleza del aspecto que considera “panfletario”, maravillándose ingenuamente de que lo político y lo estético pudieran coexistir en las canciones del “trovador”, o periférico “ruiseñor urbano”, como lo llama, mostrando que no capta del todo la diferencia entre, digamos, Víctor Jara y Benjamín Mackenna.

Como para justificar lo tardío de este reconocimiento, Warnken aplica con soltura y sentimentalismo el rasero con que la derecha (y muchos que nunca aceptarían ser llamados derechistas) ha interpretado la historia chilena de las últimas décadas: si no mataban unos, mataban los otros; todos consecuentes de lado y lado, al parecer. En su caricaturesco resumen de la historia del golpe, el poeta de “La belleza de pensar” cita el Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile con la devoción que reserva para Nietzsche o para Miguel Serrano. Siendo justo, hay que reconocer que también intenta echar mano a la poesía de Oscar Wilde, sacando fuera de contexto un par de versos de esos que aparecen en Citas citables. Nadie diría, al leer la columna de Warnken, que la extensa “Balada de la cárcel de Reading” de Wilde es una meditación crítica sobre la pena de muerte y no una guía para interpretar los dilemas morales de la historia de Chile. Me imagino la sonrisa burlona del escritor irlandés –preso por homosexual en la cárcel de Reading– al saberse mencionado como autoridad por un columnista-poeta germanófilo que habla, sin una pizca de salvadora ironía, sobre “el atávico impulso asesino que espera agazapado al fondo del alma humana”.

Repito que yo no maté a Víctor Jara. No maté a nadie, tampoco, a menos que se cuente a los que haya matado de aburrimiento con lo que escribo. El mea culpa de Warnken se aplica a los que él denomina “los de nuestro propio bando”, y tal vez por eso su nostra culpa suena tan vacuo, tan descarado, y tan tardío como las condolencias que ofrece la cosa nostra en las nietzcheanas novelas sentimentales de Mario Puzo, esas donde la muerte nunca importa mucho, en el fondo, si bien sirve de excusa para escribir.

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De Antípodas, 267-270.

El hombre sin pesadillas

Al cumplirse un aniversario más del ataque nuclear contra la ciudad indefensa de Hiroshima, rescato esta viñeta de un encuentro cercano en un aeropuerto de Ohio. En un par de días, la conmemoración será en Nagasaki. Si Hiroshima ya es difícil de justificar, con Nagasaki queda claro que las bombas atómicas fueron una revancha racista, fuera de toda lógica militar

fd27f-tibbets-waveGuardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo. Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”. Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945. Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia. La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad. Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos siberianos nos iban a estallar encima de la cabeza. Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió a finales de 2007. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.

Antípodas – Breve selección

En este enlace podrás acceder a una breve selección de Antípodas (Ed. Cuarto Propio, 2014)

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El sueño del traductor imposible

Nabokov es implacable aun cuando se hace el bueno. Sabe que hay traductores que se saltan las partes difíciles, pero los comprende y los excusa, siempre y cuando de verdad no entiendan qué diablos quiere decir el original.

Con este armiño no se nota que estoy beremenna

Con este armiño no se nota que estoy beremenna

El que no merece perdón es el tipo arrogante, el traductor pagado de sí mismo que se cree adalid de idiotas e inocentes. En vez de entregarse, confiado, a la maestría de un gran escritor, anda preocupándose de pequeñeces, de proteger a ese lector mal pensado que se esconde en un rincón como si tuviese entre las manos algo peligroso o sucio. Para dar un ejemplo de este traductor-protector tan vil, sin embargo, Nabokov no busca un caso obviamente deleznable. Se refiere al “encantador” pudor victoriano que se encuentra en una de las primeras traducciones al inglés de Anna Karenina. El conde Vronsky, en cierto momento, le pregunta a Anna qué le pasa. “Estoy beremenna”, explica ella. El traductor decidió que era buena idea dejar en ruso no más la choqueante revelación de que Anna estaba embarazada. A buen entendedor, palabras rusas.

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¿Estoy beremenna? WTF?

(Hay casos que no son tan encantadores ni inocentes. Quien haya cotejado la obra original de Virginia Woolf con las traducciones al castellano hechas por Borges se preguntará por medio de qué mecanismo el feminismo de Woolf se troca en un texto rayano en la misoginia, que termina disolviendo todo el impulso liberador del original. El caso de Borges traductor de Woolf ilustra que a veces es difícil distinguir entre el puritano que se sonroja y el prejuicioso normativo al que me refiero a continuación)

Así y todo, este enmascaramiento o atenuación, que tan bien manejamos como registro característico los chilenos, son faltas veniales en comparación, dice Nabokov, con los pecados del tercer tipo. Porque –dice—aquí se presenta el peor de todos, dándose aires y mostrando sus colleras enjoyadas. Se trata del astuto traductor que ni se arruga para redecorar el dormitorio de Scheherazade a su propio gusto y que con elegancia profesional mejora el look de los personajes. Nabokov cuenta que en las versiones rusas de Shakespeare era costumbre sustituir con flores más refinadas las malezas que encontraba la Ofelia de Hamlet. El original habla de  “extrañas guirnaldas hechas de copitas de oro, ortigas, margaritas y coralinas”, todas plantas silvestres y sencillas. Los traductores rusos, en cambio, salían con “hermosas guirnaldas hechas de violetas, claveles, rosas y lirios”. Las florecillas del original son poco más que malezas –There with fantastic garlands did she come/ Of crowflowers, nettles, daisies and long purples— pero en la versión rusa son un ramo de floristería siútica, lo que de paso, y esto es lo que más enoja a Nabokov, distorsiona hasta hacer incomprensible el carácter de Ofelia.

J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.

J. E. Millais le agregó la amapola en su traducción pictórica.

Nabokov reconoce que al “solemne lector ruso” no le habrán importado estos detalles porque, en primer lugar, no conocía el texto original. En segundo lugar, al solemne lector ruso la botánica no le importaba un rábano (en inglés Nabokov dice “un higo”, ya que estamos en lo botánicamente correcto). Y finalmente, lo único que le interesaba a este solemne lector ruso era aquello que los críticos alemanes y los revolucionarios nacionales identificaban en su obra como “problemas transcendentales”.

Por eso nadie daba un comino por los nombres de las flores y menos todavía importaba lo que les pasó a los perrillos falderos de Goneril cuando el juguetón verso “Tray, Blanche and Sweetheart, see, they bark at me” (Charolita, Copito y Amoroso, mira cómo me ladran) cambió en ruso a “una jauría de sabuesos me muerde los talones”.

Nabokov nos recuerda que toda venganza es dulce. El mejor cuento ruso de todos los tiempos –dice él, no yo, yo me limito a traducir y comentar por aquí y por allá—es “El abrigo” de Gogol. A veces se traduce como “El sobretodo” o “El capote”; esta última opción parece ser la más acertada para el tono y la atmósfera que Gogol le imprime a la historia. Según Nabokov, el rasgo esencial del cuento –ese elemento irracional que constituye el sustrato trágico de una anécdota trivial–se conecta orgánicamente con el estilo en que está escrito. Hay repeticiones raras del mismo adverbio absurdo y estas reiteraciones se convierten en una especie de conjuro avizor. Hay descripciones que parecen inocentes hasta que se descubre que en ellas acecha el caos y que Gogol es capaz de instalar en cualquier oración inofensiva alguna palabra o una comparación que hace estallar el párrafo en un despliegue extravagante de fuegos artificiales y pesadillescos. También encontramos en ese cuento una torpeza a tientas que no es más –afirma Nabokov—que una destilación consciente de los toscos movimientos de nuestros sueños.

Nada de esto se manifiesta en la traducción al inglés, que Nabokov encuentra remilgada, desenvuelta y llana. Nabokov da nombres: “Vea –y no lo haga nunca más—la traducción de Claude Field”, advierte. Exagera, como buen ruso, frente a una agresión literaria y dice que la traducción de Field lo deja con la impresión de que está presenciando un asesinato sin poder hacer nada para evitarlo. Al parecer, Field comete un error de proporciones cuando omite nada menos que una lámpara en la descripción de una sala.

Quoth Lolita, "Nevermore!"

Quoth Lolita, “Nevermore!”

Meterle mano a una obra de arte, sea mayor o menor, advierte Nabokov, a veces involucra a terceros inocentes en la farsa. En el caso que sigue, se refiere a sí mismo como “inocente”, queriendo decir “involuntario” o “inconsciente”. Cuenta que un famoso compositor, coterráneo suyo, le pidió traducir al inglés un poema en ruso al que le había puesto música. La traducción inglesa, aclaró, tenía que seguir muy de cerca los sonidos del texto en ruso, que era, a su vez una traducción del poema de Edgar A. Poe “Campanas”. El traductor era K. Balmont y al parecer Nabokov no lo tenía muy bien considerado ni como traductor ni como poeta:

“Lo que parecen las numerosas traducciones de Balmont se entenderá si digo que su propia obra invariablemente revela una incapacidad casi patológica de escribir un solo verso melodioso. Teniendo a su disposición una cantidad suficiente de rimas trilladas y agarrando al paso cualquier metáfora que se cruzara en su camino, convirtió lo que a Poe le costó tanto esfuerzo componer en algo que cualquier rimador ruso podría haberse sacado de la manga en un dos por tres”.

A pesar de todo esto, Nabokov acepta re-traducir al inglés el texto del poetastro Balmont, sin explicar por qué. Tal vez para quejarse, porque eso es lo que hace, elabora explicaciones sin llegar jamás a pedir excusas:

Al revertir el texto al inglés lo único que me preocupaba era encontrar palabras que sonaran como las palabras de la versión rusa. Ahora, si alguien algún día se encuentra con mi versión inglesa de la versión rusa, tal vez tontamente quiera retraducirlo al ruso, y así ese poema des-Poe-tizado seguirá siendo balmontizado hasta que, quizás, las “Campanas” se conviertan en “Silencio”.

Aparte de estafadores netos, medio-imbéciles y poetas impotentes, Nabokov dice que existen, hablando en grueso, tres tipos de traductores: el académico que anhela que el mundo aprecie la obra de algún genio tanto como la aprecia él; el chapucero bien intencionado; y el escritor profesional que se relaja en compañía de un confrère extranjero.

El académico será –es de esperar, dice Nabokov—riguroso y pedante. Sus notas estarán al pie de página, no escondidas al final del tomo, y tienen que ser copiosas y detalladas.

Enseguida, don Vladimir muestra la pluma y describe el segundo tipo en términos de una “señora esforzada” que traduce a última hora el onceavo volumen de las obras completas de algún escritor—esta señora esforzada es, según él, menos precisa pero al mismo tiempo menos pedante.

Lo importante no es que el académico cometa menos errores que la señora esforzada, sino que por regla ninguno de los dos tiene una sola pizca de lo que Nabokov llama “genio creativo”. Ni la erudición ni la diligencia son capaces de reemplazar la imaginación y el estilo. Koneshno, es decir, por supuesto.

Uno supone, al ir leyendo, que el tercer tipo de traductor se va a salvar de la guadaña de Nabokov, pero la ilusión se acaba muy pronto.

"Are you talking to me? That is the question.

“Are you talking to me? That is the question. No me vengan con carnaciones

“Ahora viene el poeta auténtico que tiene estas cualidades y que se relaja traduciendo un poquito de Lermontov o de Verlaine entre poema y poema propio”.

Reluce el arma blanca de Nabokov cuando dice que este genio creativo, sin embargo, o bien no conoce el idioma original y se apoya en una traducción literal hecha por alguien menos brillante pero más culto, o bien conoce el idioma, pero sin tener la precisión del académico ni la experiencia del traductor profesional. Ahora bien, el problema principal es que a mayor el talento, mayor será la tentación de ahogar la obra maestra traducida bajo el oleaje chispeante de su estilo personal. En vez de disfrazarse del autor “real”, lo que hace este genio es disfrazar al autor “real” con sus propia ropa.

En resumen, nadie se salva, pero Vladimir Nabokov –tal vez esto se podría extender a todos los rusos—nunca se rinde en asuntos literarios. Se puede deducir de toda esta queja cuáles serían los requisitos esenciales que un traductor tiene que cumplir para poder hacer bien su pega, la que define como “entregar una versión ideal de la obra maestra extranjera”.

Primero, tiene que tener tanto talento como el del autor traducido; por lo menos, tiene que tener el mismo tipo de talento; Baudelaire y Poe hacen buena pareja. En segundo término, el traductor tiene que conocer a la perfección las dos naciones y los dos idiomas, además de estar completamente familiarizado con todos los detalles relaciones con los métodos y hábitos del autor “real”, junto con el contexto social de las palabras, sus modas, y las asociaciones históricas y de época. Por último, teniendo ya el genio creativo y el conocimiento cabal antes descrito, el traductor ideal tiene que poseer el don de la imitación y ser capaz de interpretar el rol del autor real, impostando sus trucos de comportamiento y de habla, sus modales y su mente, con el grado máximo de verosimilitud.

¿Y no se le ofrece otra cosita, don Vladimir?

 

La escuela nazi en Chile

Una vez, conversando sobre los episodios de violencia nazi en Chile, María Luisa Fischer, estudiosa de Neruda, me mencionó la siguiente anécdota que se encuentra en las memorias del poeta:

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Sieg Bye!

Por aquellos días de victorias estruendosas de Hitler, tuve que cruzar más de alguna vez alguna calle de un villorio o de una ciudad del sur de Chile bajo verdaderos bosques de banderas de la cruz gamada. En una ocasión, en un pequeño pueblo sureño me vi forzado a usar el único teléfono de la localidad y hacer una reverencia involuntaria al Führer. El propietario alemán del establecimiento se había ingeniado para colocar el aparato en forma tal que uno quedaba adherido con el brazo en alto a un retrato de Hitler.

En efecto, como sugiere Neruda en esta viñeta, los nazis son capaces de todo por un Sieg Heil, aunque sea involuntario. Lo que les importa es el gesto, aun si tiene un elemento de coerción o de engaño. Los nazis no son nada sin gesticulaciones, sin disfraces, y sin sus peculiares distorsiones de voz.

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Charlie Chaplin

En la farsa “El gran dictador”, Charles Chaplin le sacó provecho a la corta distancia que había entre la puesta en escena de un toni y la del Führer. A los nazis no les pareció gracioso que un filo-comunista con aspecto de judío como Chaplin se burlara de Hitler y le disputara el monopolio del bigotito mosca. Los camisas pardas (o camisas negras) tienden a ser impermeables al humor. Es mejor ni imaginarse cómo sería la rutina stand-up de un cómico nazi, a pesar de que constantemente andan haciendo o diciendo payasadas.

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Sacando las banderitas

Al mismo tiempo, los nazis tienden a ser lo que en Chile llamamos “perseguidos”, la encarnación misma de la paranoia. Esta mezcla de falta de humor y delirio de persecución les da su aire de comicidad involuntaria, pero también los vuelve peligrosos. No hay nadie más letal que un paranoico incapaz de entender una talla o cualquier cosa que no cuadre en su rectangular esquema, especialmente cuando anda en patota acompañado de otros tan densos como él, y todavía peor si anda armado. Por eso, al encontrarnos con alguien que se las da de nazi, lo más prudente es concluir que aunque parezca un payaso inofensivo, a la menor provocación real o imaginada explotará como un fanático violento, o bien incitará a otros a que tomen venganza.

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La biblia de los nazis chilenos

No extraña que haya nazis en nuestro país, pero sí llama la atención que haya nazis chilenos, sobre todo si uno piensa que Chile es un país mayoritariamente mestizo y por lo tanto “impuro”, poblado de Untermensch, quiltros aptos para crematorios. Para esta contradicción vital, los nazis criollos tienen sus respuestas deschavetadas, las que difunden sin que nadie se atreva a trabarse en un diálogo crítico con ellos. Dejan caer nombres de filósofos alemanes o deidades germánicas como quien tira bombas de ruido, y les resulta. Una especie de biblia del nacismo criollo, por ejemplo, es el mamotreto nacionalista Raza chilena (1904) de Nicolás Palacios, donde se aduce que algunos de los “araucanos” son más bien arios, que ésos son los verdaderos antepasados nuestros (junto a los españoles “góticos”) y que por ese lado nos podríamos merecer un lugar en Valhalla. Si Nicolás Palacios, a pesar de que sus teorías no tienen ni pie ni cabeza, sigue siendo considerado un clásico de la identidad chilena (Carlos Cardoen financió su re-edición de lujo hace algunos años), entonces los nazis sienten que tienen el camino despejado para propagar sus propias doctrinas en Chile y fundar escuelas sin temor al ridículo.

Hace un tiempo tuve una experiencia casi onírica al respecto, cuando encontré en YouTube una entrevista de Cristián Warnken al escritor Miguel Serrano, gurú del esoterismo hitleriano. El venerable caballero se fue a hacerle compañía a Odín hace unos años, pero dejó como legado esta escuela de “pensamiento” que hoy quiere institucionalizarse en la Escuela de Arte Presidente General Augusto Pinochet.

Funeral de Miguel Serrano

Funeral de Miguel Serrano

El esoterismo hitleriano es una rama del pensamiento cuasi-religioso nazi desarrollada por Heinrich Himmler, cuyos merecimientos para ser líder espiritual incluyen haber dirigido la Schutzstaffel (SS) y la Gestapo. El entrevistador Warnken en esa entrevista está irreconocible, como gallina en trance. Cualquiera diría que tenía al frente a Jesucristo, o al mismo Nietzsche, y en vez de hacerle preguntas le daba pases para que el viejo esparciera su pomada mística y le diera fuerte al autobombo. Más que un programa cultural, eso parecía un infomercial ideológico-literario, impensable en otras partes de América Latina o en cualquier parte del mundo. Warnken le da cuerda para que explique cómo pensamos como pueblo y Serrano se explaya. Los japoneses están como centrados en el vientre y por eso echan mano al harakiri, mientras que a nosotros (los chilenos, supongo), dice, por como está conformado el planeta, nos corresponde… y se tranca, se le escapa la palabra cloaca y por fin dice el “muladar”. Qué le vamos a hacer, estamos en el culo del mundo y no lo asumimos, tomamos prestadas otras partes que no nos corresponden.

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“Como dijo Nietzsche nunca…”

Entremedio de la vergüenza ajena, me acordé de que en Chile a los nazis se los toma en serio. No importa que de repente los ojos se les conviertan en dos espirales, como les pasa a los locos de Condorito. Incluso gente como Warnken –reaccionario pero no insensato– los escucha y les aguanta barbaridades: sólo falta que se ponga el babero cuando Serrano afirma que de simples mortales en el poto del mundo nos podemos convertir en héroes, y después, quién sabe, con un poquito de coraje, fe mística, y con unos cuantos Sieg heil, pasaremos de héroes a dioses. Todo eso sin dejar de ser chilenos, ésa es la gracia.

En vida, a Serrano jamás le faltó tribuna, aparecía en The Clinic tanto como en LUN, El Mercurio, La Nación, porque tenía labia y una pluma más que aceptable. De hecho, ha escrito un par de líneas algo melodramáticas pero dignas de citarse:

¿Habrá un chileno que no haya apretado, con dolor, en su pecho, durante negras noches, sueños de cataclismos geológicos, de lunas que se caen, de cielos infinitos, de aguas creciendo como castigos determinados?

Gracias a sus talentos de pícaro de las letras, este ex diplomático, formado en la vieja academia del amiguismo, logró hacerse pasar por intelectual. Algunos escritores jóvenes lo admiran y varios críticos al parecer creían que su persistencia era buen sucedáneo del talento.

Una inspección somera de sus obras revela que Serrano le copia todo a Jung, a un Nietzsche pasado de revoluciones, o a escritores de rango menor como Hesse, a quien le rinde pleitesía y con cuyo espíritu entabla conversaciones. Serrano también habla con el espíritu de su perro, que no es cualquier perro, sino un pastor alemán. Como nadie lo contradecía en nada, ni siquiera su perro pastor alemán, Serrano confundía una y otra vez la fantasía con el conocimiento.

Desfile en Valdivia. Foto de Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.

Desfile en Valdivia. Adolf Meyer, NSDAP Gauleiter.

Se imaginaba, por ejemplo, que en algún lugar secreto de la Antártica se encuentra, larvándose dentro de un gran cubo de hielo, la encarnación astral de Hitler, que resucitará y nos rescatará -si lo merecemos- del “cristianismo de maricones” en que estamos sumidos. El Führer resurrecto y descongelado nos enseñará los nuevos evangelios místicos del “cristianismo ario”. Hitler no está solo en su hibernación: lo acompaña en la hielera antártica famosa todo su estado mayor, que habría escapado de Alemania en un submarino cuando los señores rusos ya estaban a las puertas de la Puerta de Brandenburgo. Rudolf Hess, que tenía visión-país (perdón, visión-Reich), le dijo al chofer del submarino que lo dejara en Buenos Aires, para preparar la segunda venida del Tercer Reich, o la primera venida del Cuarto Reich, depende de cómo uno saque las cuentas místicas.

¿Por qué la Antártica, dirán ustedes, y no la Tierra Santa o el mismo Reichstag? El mesías hitleriano saldrá de la Antártica porque, según Serrano, la cabeza del planeta está situada en el Ártico, mientras que en el polo sur se ubican sus órganos sexuales. Los órganos sexuales del planeta Tierra, entiéndase bien. Otros datos de anatomía planetaria mística es que entre Asia y el Perú hay unos inmensos intestinos subterráneos por donde se vinieron a América los Incas, caminando desde el Tibet.

A group of Chilean Nazis belonging to "Forefront of National Order" (FON), take part in a ceremony inside a cemetery in Valparaiso City.

A los nazis chilenos les encantan los cementerios

El misticismo nazi de Serrano lo explica todo. Si alguna vez algún chileno se ha preguntado por qué es medio feo, la respuesta la tiene él: la culpa la tiene la belleza natural de Chile. En el sistema del esoterismo hitleriano, todo está hecho de polaridades que se compensan y equilibran el mundo. Entonces, este brillante diplomático e intelectual cogita que en un país tan lindo como el nuestro, para que haya equilibrio místico, tiene que haber por lógica una buena cantidad de gente fea. O sea que estamos fritos. Este mismo caballero opinaba que David Rockefeller, por medio de la Universidad de Duke (donde estudió el ex presidente Lagos), tenía planeada la partición de Chile para beneficiar a una cofradía de masones y judíos. Pumalín es sólo el comienzo, advertía Serrano. Todo está cifrado en el antiguo símbolo del gobierno de Chile: ahí estaba escondida la estrella de David, diseñada por Patricia Politzer para mandar señales subliminales, las que se complementan con las “ondas sicotrónicas” transmitidas desde el edificio de la Telefónica y la embajada norteamericana.

La locura de Serrano, desgraciadamente, no se murió con él. Cierto día del mes, los hitleristas se juntan en los cementerios para sus rituales de invocación a Odín y para conmemorar a sus mártires. En una de esas ocasiones, hace unos años, Serrano anunció en su arenga que la causa nazi no estaba perdida, porque él sabía a ciencia cierta que ya había bases llenas de ayudistas congelados en Marte y porque estaba a punto de descubrir la entrada al Gran Bunker de la Antártica. El descubrimiento de hielo en el planeta rojo lo puso más eufórico que Walkiria en cabalgata.

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2014: Escuela de Arte Nazi en Chiloé.

A estas alturas, a cualquier persona medianamente informada le queda claro que el tipo era un charlatán que se dedicaba a reciclar brebajes raros para llamar la atención. Lo extraño es que no se conecte toda esta locura místico-cómica (que puede llegar a ser bien entretenida) a sus manifestaciones concretas. Serrano está bien consciente de que en Chile no hay que pagar un precio demasiado alto por dedicarse a nazi y fotografiarse rodeado de svásticas; todo lo contrario, pareciera que se celebra como una gracia inofensiva o un fenómeno freak más de la modernidad confusa en que estamos sumidos. En una de sus últimas entrevistas al diario La Nación, Serrano lo decía con todas sus letras, sin darse cuenta de la paradoja cómica de sus palabras:

Chile es un centro único en el mundo. Aquí salgo con una svástica a la calle y no me pasa nada. Y saludo ¡Heil, Hitler! en la calle y tampoco me pasa nada. Vaya a hacerlo en Argentina, estaría preso, en España igual. Chile es el último país en el mundo donde todavía la gente puede pensar y decir lo que quiere.

La tolerancia chilena con los nazis tiene larga data. En El Siglo del 2 de julio de 1965, aparece una crónica de Neruda titulada “Svásticas en el sur”, donde comenta las vicisitudes del caso de Walther Rauff, residente en Chile desde 1958, inventor de las infames cámaras de gas ambulante. Éstos eran camiones de transporte de cabina sellada, modificados para usar los gases del escape para envenenar a quienes se transportaban en ellos. Alemania Occidental pidió su extradición durante décadas, sin éxito, y Rauff vivió tranquilito en su casa de Hernando de Magallanes casi esquina de Colón. Murió plácidamente en 1984, impune, justificando incluso el uso de su sistema de exterminio porque según él les ahorraba a los alemanes el trauma de tener que fusilar a sus víctimas antes de cremarlas. No debe sorprender a nadie que Amnistía Internacional lo haya sindicado como instructor de la DINA. En ese artículo de 1965 Neruda observaba lo siguiente:

Ya no salen a relucir en Chile las banderas con la svástica fatídica. Pero no estamos seguros de que esas banderas no estén bien dobladas y con bolas de naftalina en algún cofre, preservadas de la humedad del extremo sur, en mi patria.

Los baúles, archivos y containers de Colonia Dignidad ya han entregado algunos de sus secretos, pero todavía queda mucho por elucidar. También queda pendiente el desafío de desenmascarar a los charlatanes nacionalistas de la escuela de Serrano y de aclarar que sus payaseos pueden ser entretenidos y muy freak, pero que tienen, igual que los paroxismos de Hitler, consecuencias muy nefastas en la vida real, sobre todo cuando potencian la xenofobia, el racismo, la homofobia, y el culto de la masculinidad violenta, elementos todavía muy enquistados en en el discurso de la identidad nacional chilena.

Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago

Concentración de nazis en la Plaza Bulnes de Santiago

***

Por si a alguien le cupiera alguna duda sobre la conexión entre Miguel Serrano y los nazis, en este verá cómo el eminente escritor y ex embajador chileno en la India despide al criminal de guerra Walter Rauff en el Cementerio General, con un sentido “Heil, Hitler! Heil, Walter Rauff”, disfrazado con el abrigo de cuero negro de la Gestapo.

Una versión de este posteo se publicó en el año 2005. Plus ça change… dijo el franchute.

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