Como un río sin esclusa

La tarea más difícil que me he propuesto es la de hacer un curso/taller de narrativa en castellano en una universidad norteamericana. Cada vez que doy el curso me arrepiento a las dos semanas, pero a esas alturas es imposible echarse para atrás. Me digo entonces: Esta vez sí que no cometo los mismo errores, esta vez sí que no tengo las mismas expectativas, esta vez sí que resulta. Así me convenzo mientras me doy contra una pared de piedra. A las dos semanas, como digo, estoy echando sangre por boca y narices.

arsenalMis alumnos son excelentes, forman parte de una élite académica seleccionada con esmero en un proceso muy largo que incluye biografía, notas, pruebas de aptitud y específicas, entrevistas personales, proezas deportivas y participación ciudadana. Además de todo esto, los que se inscriben en mis cursos hablan, leen y escriben el español lo suficientemente bien como para manejarse al nivel más avanzado; algunos porque lo han estudiado y otros porque lo han aprendido como lengua materna. Para algunos (cada vez más) el castellano es un refugio emocional, el idioma de la intimidad familiar. Les interesa aprenderlo y dominarlo como manera de enfrentar las demandas (que son emocionales y políticas) de lo que ellos llaman su identidad.

El lenguaje mismo no es lo más arduo. Los alumnos son empeñosos y entusiastas. Son, la verdad, entrañables. En mis otras clases en esta universidad, las de literatura común y corriente, me conmueve cerciorarme de que, sin importar la cantidad de lectura que les asigne, siempre llegan preparados, con los libros crespos de tanto manoseo. Los subrayados fulguran y rebosan las notas al margen. Pareciera que mientras más difíciles los textos, más se empeñan.

Libro-subrayadoHe visto cosas que ustedes no creerían: ejemplares de Residencia en la tierra y de 2666 y de los Comentarios reales y de Primero sueño refulgir en la oscuridad como rayos-C en la puerta de Tannhauser, a punta de destacadores y marcadores de páginas multicolores.

Lo que casi nunca se les ha pedido es que pongan a funcionar su lado creativo. Claro, toman su curso de arte por aquí, su proyecto de video por allá, sacan su poemita escrito por números, pero jamás les han pedido que mantengan la función creativa abierta, con el oído y el corazón atentos para producir sus propias historias y para encontrar su propia voz. Se les hace muy difícil comprender el valor que hay en encontrar formas de pensar distintas a esa especie de elucubración dirigida que se les enseña en las ciencias sociales o naturales como sucedáneo de la imaginación.

Además, es una generación que lee poco, lo suficientemente poco como para creer que eso de “generación” o “identidad” son conceptos sólidos para entenderse a sí mismos. Hasta me atrevo a decir, sin riesgo de ser injusto, que leen más por coacción que por gusto. No ha faltado el estudiante que, al momento de preguntársele en la sesión inicial del taller quiénes son sus autores o libros predilectos -¡en un curso de creación literaria!- diga sin ningún rubor que no le gusta mucho leer libros y que por lo tanto no se le ocurría qué contestar. Lo peor no es la confesión (en el fondo, se agradece el candor), sino el poquísimo escándalo que ella causa en los demás.

mensaje en una botellaEs muy pronto para el “sin embargo” redentor. Antes tengo que mencionar que acarrean otro lastre: lo que les enseñaron en la secundaria como “análisis literario”. Les aseguraron que tienen que concentrarse en la pesquisa incesante del “mensaje” escondido en la literatura, los adoctrinaron en la búsqueda de la lección moral. Les dieron por dogma que una buena moraleja se reconoce porque depila al lector de toda incertidumbre y  lo deja reseteado, listo para seguir en carrera. Y por supuesto, tratan de meter sus propios “mensajes” a martillazos en sus textos.

Además, llegan a la clase con ideas recibidas acerca del arte y de los artistas. Algunos están convencidos de que si se tiene “alma de artista” poco hay que hacer para que la literatura brote del teclado a la primera acometida.

La tarea es ardua, porque hay que “dentrar a picar” estas verdaderas líneas de Maginot, en lo posible buscando el efecto que Leonard Bernstein lograba con sus conciertos educativos, cuando decía que la música en sí no era portadora de significados aledaños, porque tenía su propia mecánica y su forma particular de armarse, que la música no quería “decir” nada.

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El funcionamiento de un relato, les insisto hasta que se aburren, es lo que importa. Lo repito con la esperanza de que en algún momento del curso lleguen a vislumbrar lo que se esconde en esa premisa, lo que entendieron tan bien Kafka, Borges, Cheever, Maupassant, Quiroga, Cortázar, Lispector, Peri Rossi, Pitol, entre tantos otros maestros de la forma corta. Este es el esquema que propongo: que el funcionamiento, es decir, el transcurrir de un relato, es el despliegue de la forma: la forma es una invitación que se acepta, y que luego se manifiesta como imitación, imitatio que es, esencialmente, una imposibilidad: esa imposibilidad se convierte así en motor de un desplazamiento: el desplazamiento es señal de una posible cadena de significaciones nuevas: la forma y el significado, actuando en inestable concierto. Nada de esto está explicitado, porque de lo que se trata el curso es de producir relatos, escribir y ver qué pasa cuando los demás te leen y escriben a su vez para que tú los leas.

Y ahí es cuando sucede el milagro, por mecanismos que todavía me parecen misteriosos y que seguramente nada tienen que ver con los esfuerzos del que está ahí preocupado de que se le vean los goterones de sangre escapando por la boca.

De repente, como recién salido de un pantano fangoso, al frente de uno aparece un artefacto verbal que refulge de literatura, como este glaciar en la noche. Está en el relato sobre un ascenso fallido al nevado Salkantay, en los Andes peruanos, del que Luis, el guía indígena que tenía estrellas de oro en los incisivos, había apenas salido con vida:

Esa noche, bajamos hasta la morena y alistamos las carpas. Nathan cocinó. Los rusos se metieron a su carpa. Luis y yo nos sentamos afuera, mirando hacia el paso. Entre los dos, fumamos una cajetilla completa de cigarrillos. Luis comentó que el tabaco era cancerígeno y nos podría matar. Arriba, el glaciar brillaba con una incandescencia azul. La cumbre, omnipotente, tocaba el cielo estrellado.

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O la escena en Coyoacán, el pavimento morado de jacarandá, cuando una niña regresa a su casa con el mandado de jugo verde para el almuerzo dominical (“el que hacen los güeros: nopal, piña, perejil, apio y un chorrito de naranja”):

jacaranda-coyoacanSiempre que veía el coche rojo estacionado a unos pasos de mi edificio, sentía un cierto alivio. No es que tuviera miedo de salir a la calle, pero mis músculos se relajaban tan sólo con pensar que ya pronto iba a estar en casa, mi sillón, el olor a comida, la voz del Chente hablando de desamores y la sonrisa de mi madre antes de besar mi mejilla, hola princesa. Debe haber una palabra para ese sentimiento, cuando ya casi llegas a casa.

México aparece en otros recuerdos de esa niña que lo dejó hace ya muchos años:

Lo que más recuerdo es el olor: aceite caliente, ajo y pescado. A la mayoría de la gente le daría roña pensar en ese olor a pescado frito pero a mí me recuerda la playa en Tampico. Arena suave, niños correteando, madres gritando “órale escuincle!”, una cerveza en mano y pescado frito envuelto en papel sobre mis piernas. De vez en cuando, el sonido de las olas se interrumpe con el rugido del helicóptero de la marina, ametralladoras apuntadas, saludando a la gente.

La evocación de la niñez en otro lugar de América Latina también tiene un correlato histórico:

Se armó una tremenda gritería ese famoso fin de semana del 11 y 12 mayo de 2001 cuando Denise Quiñones, en Bayamón mismo, ganó el concurso de Miss Universe, y cuando Tito Trinidad le ganó a William Joppy en el Madison Square Garden. La reunión en casa de Cuchie y Caleb estaba repleta de gente y luego de las victorias todos estaban de besos y abrazos en un fin de semana donde reinó el orgullo puertorriqueño.

Hay retazos de oscuridad en fragmentos como éste, la historia de un narco que no sabe cómo hacer enmiendas con la hermana del amigo traicionado:

La miré a los ojos, que son los mismos de Joey. Oscuros, sucios, de color adoquín. Por un segundo olí la peste del cuerpo de su hermanito, pudriéndose. Tragué el poco de vómito que se me acumulaba en el esófago.

Y hay traiciones de todo tipo rondando en el relato de otro niño desorientado por el cisma del divorcio de los abuelos:

Así pasé ese día, harto de dulces, viendo programas de televisión y robando moras del jardín, hasta que el sol bajó. Mi abuelo ni apareció. Solo yo, mi primo y Clara, vagando en una casa hueca. Cuando estuvo oscuro, volvimos a la finca de mi abuela por el camino de atrás. Pasando al lado del estanque, entre los cocuyos luminosos vi una candela que brillaba en el patio. Mi abuela me miraba directamente, con sus ojos amarillos de tabaco y desesperación. Me escondí entre los eucaliptos, deseando estar en otro lugar.

Entre mis estudiantes este año había varios puertorriqueños de la isla, un par de hijos de colombianos, una mexicana del DF y una salvadoreña de primera generación de inmigrantes. Para ellos, la clase fue la oportunidad de indagar zonas poco exploradas de la narrativa familiar, especialmente en el segmento que le dedicamos a la no-ficción creativa.fmln-5

Así es que mi mamá se despidió de Ojos de Agua, Chalatenango, y se fue a San Salvador. Mi padre me habla de Ojos de Agua, de los pastizales  verdosos, del gran río lleno de chimbolos y de los caminos que tenía que andar para cosechar la milpa con mi abuelo. Mi padre se tuvo que ir de ahí por la guerra civil. Mi madre recuerda Ojos de Agua sin tanto amor. Me cuenta de la pobreza en que creció. Me cuenta de las muñecas de lodo que hacía para jugar y las caricaturas de los pitufos azules que miraba en la televisión. Como fue la segunda mayor de sus hermanos, fueron pocos los momentos en que ella pudo jugar. Habla de mi abuela con un tono acusatorio, dice que le impuso a su hija todas las responsabilidades del hogar. Así entiendo que mi abuela era una mujer distinta a la persona que yo conozco como nieta. Era rígida y estricta, lo contrario del carácter juguetón de mi abuelo Cecilio.

Una vez me senté a la par de mi abuela y le pregunté sobre él. Sonreía con sus ojos cuando hablaba de mi abuelo. Me contó que era bromista, que era el sol de la familia, que sólo eran risas de parte de él. A ella le gustaba la canción que le cantaba cuando la estaba cortejando, que hablaba de laureles. Esa misma noche encontré la canción en la red y se la toqué.

Había este año una estudiante china, que habla un español claro, pausado y elegante. La pausa, según ella, se debe a que muchas veces tiene que hacer una operación de traducción y contra-traducción en tres idiomas: su mandarín, el inglés y el castellano que aprendió en el colegio, en China, y en una estadía en Barcelona.

Su texto de no-ficción pasó por muchísimas etapas preliminares, de tanteo suyo, mío, y de su familia, particularmente de su abuela, la más reticente a revelar detalles del pasado, especialmente el episodio de cuando el abuelo, alto funcionario (seguramente del partido, ella nunca dice) se llevó a la familia a vivir a una provincia central innombrada, a un pueblo al que se refiere como “X”, por disposición de las autoridades (“¡Fue voluntario!”, le grita la abuela por skype a la nieta en un momento de exasperación) para hacerse cargo de construir un gran complejo, con fines tampoco especificados, en plena guerra de Vietnam.

En cierto momento, un tío revela que se trataba de algo relacionado con “bombas y cohetes”. La abuela lo niega, diciendo que los tíos hablantines son unos imprudentes, que todo eso sucedió apenas ayer, y que es demasiado pronto para ponerse a hablar: “¡Tú, escribe sólo de tus sentimientos personales!” le advierte en cierto momento, pero la insistencia de la nieta rinde frutos. La heroica mudanza familiar al interior había sido un trauma para todos:

-Hacía poco que nos habíamos mudado a la casa nueva – no había otra tan buena en el pueblo como la nuestra, con cuatro habitaciones y un patio, pues tu abuelo ganaba un poquito más. Había un pozo y árboles en el patio, sóforas y azufaifas que plantó mi padre. También teníamos una molienda en casa – ¡antes ni lo hubiéramos soñado! Cuando nos fuimos, las azufaifas ya daban frutos…

-¡Y tan lejos era! Fue un viaje difícil, yo sola con tres niños. Tenía a tu madre en brazos, a tu segundo tío de la mano y a tu tío mayor al lado, que ya era más grande. Una vez que nos bajamos del último bus, tu tío segundo se echó a correr de vuelta. Ni sabía dónde estaba, pero al ver lo atrasado del sitio, corrió sin pensar en la dirección de la que vinimos.

Se ríe, pero es como si estuviera lamentando.-Ya, cuelga tú y vete a hacer tus cosas, si no, te sigo contando sin fin. Nadie quiere oírme contar estas cosas, sólo tú y tu madre, y por eso cuando venís soy como un río sin esclusa.

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Acabo de mundo

Más de alguien se sorprenderá de estas confidencias que sólo ahora me atrevo a revelar. Es que las cosas después del segundo golpe son difíciles de explicar, eso ya lo sabe todo el mundo.

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A María II le empezó a gustar el fútbol, actividad que antes –y esto lo declaro con todo el énfasis posible—le era totalmente indiferente. Diga lo que diga la prensa empeñada en comenzar su hagiografía antes de tiempo, a mí también me consta que no era el deporte en sí lo que la atraía. No le podía importar menos el fútbol, la belleza del rodar o el volar de la pelota, ni la habilidad atlética o técnica de los jugadores, ni siquiera el espectáculo cálido, animal y excitante de un estadio lleno de sol y muchedumbres rugientes.

Pichanga-de-barrioLo que le interesaba realmente era el fútbol en abstracto: las estadísticas, el estudio de la sicología de las masas en relación con las rivalidades entre clubes, el árbol genealógico de la Asociación Chilena de Foot-Ball, la semiótica de las variaciones de los uniformes a lo largo de la historia, la vida y obra de próceres de la estrategia nacionales y extranjeros, como Fernando Riera (a quien se refería siempre como “Don Fernando”) o el Zorro Alamos (a quien envidiaba más que nada el sobrenombre), el guatón Santibáñez (cuyo uso de la farmacéutica la dejaba maravillada).

Se enfrascaba escribiendo en cuadernos separados sus teorías sobre la Barrera Ante el Tiro Libre Directo Cerca del Area o los Acercamientos Estratégicos al Lanzamiento de Corner Corto. Siempre que la acompañaba al estadio (la mayoría de los fines de semana) mis sentimientos hacia ella oscilaban, como ahora, entre el orgullo y el bochorno, la admiración y el odio.

El estadio se convirtió en la tribuna donde proclamaba su vasto dominio de la ciencia futbolística. Ninguno de los tabloneros que entonces la escuchaban, condescendientes, irritados o entretenidos, sospechaba en lo que se convertiría con el imprevisible curso de la historia esa chiquilla gritona que no dejaba tranquilo a ningún árbitro ni a ningún ejecutante de tiro con pelota detenida. Era seca para el garabato calculado y el insulto mordaz, porque también los tenía estudiados.

Una noche de domingo, con un plenilunio imponente que surgía sobre la majestuosa cordillera de los Andes y sobre el principal coliseo deportivo del país, acompañé a Mariíta, como tantas otras veces, a ver el fútbol. Ojalá nunca hubiéramos pisado ese estadio.

Era la última fecha de la temporada. El popular elenco de Colo-Colo cayó ante Gremios F.C. y, debido a un resultado inesperado en un partido de provincia, perdió su calidad de participante en la División de Honor del fútbol profesional, por primera vez en la historia. “Colo Colo A Los Potreros” fue el titular que todos recordaremos para siempre.

Los disturbios se iniciaron al momento del pitazo final y no tardaron en extenderse a todos los centros urbanos y algunas localidades rurales. Duraron días, paralizaron al país en toda su larga extensión y fueron reprimidos con la fuerza de costumbre –y un poco más, por las dudas, como reconoció después el Ministerio de Orden Interno.

A la salida del estadio, esa noche nefasta, cuando Mariíta y yo tratábamos de escapar de la zona de la Barra Oficial del Colo-Colo, entre las llamas y el humo de los asientos plásticos anti-incendios y el hedor de las bombas vomitivas, un equipo móvil de televisión nos cerró el paso. Un audaz reportero, sin importarle el infierno que se desataba a nuestro alrededor, empezó ahí mismo a entrevistar a Mariíta, entre el indescriptible griterío y el estampido horrendo de los primeros balazos de guerra. Haciendo caso omiso del caos que nos envolvía y de los focos que le encendieron en la cara y la dejaron toda blanca, atravesada por esa luz cegadora, ella procedió a dar su explicación de lo que estaba pasando, con esa mezcla de calma, sobriedad, y elocuencia apasionada que ahora todo Chile conoce:

-Lo que acontece, señores y señoras televidentes, es consecuencia del desorden ocasionado por la irresponsabilidad de quienes, usando una lógica totalmente caduca, siguen promoviendo un espectáculo que ignora las normas más elementales de una sociedad post-global. No se podía esperar que un equipo tan disminuído como el cuadro popular enfrentase con éxito al Gremios.

El periodista, boquiabierto, le pidió clarificación, haciéndole el quite a las esquirlas de un cóctel molotov que había explotado a unos metros:

-¿Qué quiere usted decir, señorita?

Y la Mariíta, soltándose de mi brazo, largó con perfecto fraseo su propia bomba, ésa que al explotar transformaría al Chile contemporáneo:

-Es obvio, pues: No se puede seguir jugando once contra once.

Las atrocidades de la turbamulta siguieron su curso por cinco días y nueve capitales regionales. El gobierno por fin se decidió a declarar Estado de Inminencia, con toque de queda y prohibición de toda actividad deportiva, incluyendo la más mínima e inofensiva pichanguita callejera. Julio Martínez, cuyo comentario televisivo la noche que Colo Colo se fue a los potreros hizo llorar a media patria, fue sometido a un arresto domiciliario respetuoso pero férreo. Todos los medios de comunicación incomunicaron sus programas de deportes, y sólo se autorizó la transmisión en vivo de dos partidos del campeonato mundial de ajedrez, con el sonido original del satélite, la voz somnífera de un comentarista ex-soviético. La Polla Gol fue desplumada, allanada la Central de Fútbol y detenidos preventivamente centenares de dirigentes y propietarios de clubes, quienes fueron trasladados en camiones militares a las ruinas todavía humeantes del Estadio Nacional. A ese lugar debieron también presentarse -según un bando transmitido por todos los medios de comunicación- los socios activos del club Colo Colo, especialmente aquellos que, siguiendo una tradición inmemorial, habían despedazado sus carnets después de la fatídica derrota para demostrar su descontento. Se urgió a la ciudadanía a cooperar en la caza de “todo simpatizante exaltado del mal llamado club popular”. Me atrevo a decir que todos sentimos lo mismo: ese sueño ya lo habíamos tenido.

El sábado de la semana siguiente se anunció que por fin la situación estaba bajo control. Los microbuses corrían por sus recorridos habituales, el sol brillaba en un cielo donde apenas se veían unas pocas columnas de humo y uno que otro helicóptero negro. Cuadrillas de subempleados limpiaban las grandes alamedas de escombros. Borrado todo rastro de resistencia, patrullas militares registraban metódicamente las tiendas de deportes. Procedían a quemar pilas de camisetas, medias y pantaloncillos del Colo Colo Foot-Ball Club, fotos, banderines y todo tipo de memorabilia alba. Se cremaron en retozantes hogueras cientos de pelotas de fútbol, hasta que un comunicado oficial aclaró que no estaba prohibido tenerlas, siempre que fueran “para uso personal y se encontraran junto con otros implementos deportivos”. Era el mismo sueño, sin ninguna duda.

quema de librosA las siete de la tarde de ese mismo día sábado, casi una semana después de los disturbios, cundía la expectación. A esa hora estaba anunciada una cadena obligatoria de radio y televisión. El ministro de Orden Interior rogó a todos los chilenos y chilenas conscientes que prestaran la mayor atención a un video que iba a mostrar. Yo me fui a preparar una taza de té y me tomé una aspirina. Una fiebre me sofocaba y me entumía al mismo tiempo. Cuando volví frente a la pantalla de mi televisor, se me llenaron los ojos de humo, de cascote y peñascazo, de automóviles muertos ruedas arriba, cráneos partidos, sirenas policiales, colas de gente esperando algo en el frío de la madrugada. Un déja vu perfecto, planeado al detalle, todo en blanco y negro, como algunas pesadillas. Como el uniforme del Colo Colo.

-Lo que vemos -decía la narradora, con tonos seductores- no es la enfermedad, sino sus síntomas.

Yo veía a la ameba gigantesca que somos, retorciéndose furiosa de calenturas, toda la amoeba chilensis con tercianas. Mientras tanto, había oscurecido. Los músculos del lado derecho de mi rostro fueron presa de una locura eléctrica que duró hasta que me adormecí.

Me despertó la voz de mi novia la Mariíta, que me hablaba en colores, desde el televisor. Casi no la reconocí. Decía que ella había inventado un sistema mediante el cual el deporte de las masas volvería a brillar. Se llamaba sistema Handicap y se aplicaba ya en deportes más civilizados, como el Virtual Gladiators, el Rollerball y el Ultra Golf. Terminó de hablar y me quedé dormido otra vez en el sillón.

Cuando me desperté ya era domingo, pero en vez de la bulla normal de los canutos gritando gloria a dios había un silencio de nieve, como si el más leve rumor estuviera amortiguado por el espesor amarillo que flotaba en el aire. No hacía ni frío ni calor: la temperatura real no se fijaba en ninguna parte. En ciertos lugares, como alrededor de los árboles y de los grifos del agua, hacía un calor insoportable. Bajo los dinteles de las puertas y dentro de las sábanas, una brisa helada corría. Esquivé las claras señas del desastre escribiendo cartas sin destinatario fijo hasta caída la noche, dejando que mi taza de cedrón se enfriara y se calentara de acuerdo al capricho del famoso Primer Domingo.

María empezó a aparecer en la pantalla en colores casi todos los días, prácticamente no se la veía en la universidad, y lo peor es que dejó de dirigirme la palabra, por lo menos en público. Andaba muy ocupada dirigiendo la nueva distribución de los asientos en las micros de acuerdo a mediciones fisiológicas, escogiendo la música en los lugares de trabajo, los colores y la iluminación de los cines y video-parlors, preocupada de la altura de los urinales, el ruido cerca de los hospitales, todos los márgenes de duda, los males de la edad, los caprichos de natura, la magia y lo empírico en la vida social, la siamesización de los sistemas políticos, el mal aliento, el “olor a pies” (así hablaba), las tasas bancarias, las tazas de café con la justa capacidad, la expansión de las medidas de calzado (siempre se quejó de no encontrar zapatos para su breve y estrecho pie), la legislación para permitir el rayado mural con sentido terapéutico, la educación acerca de los amaneceres post-racionales y las auroras del espíritu finisecular. Todo su tiempo estaba copado. Lo que quedó de nuestra tímida e insuficiente intimidad fueron unos atraques desbocados, a lo adolescente, que me dejaban sin aliento, en un limbo nostálgico y sórdido. Su escolta policial fue matando mi cariño inexorablemente.

Mi vida por esos días era, esencialmente, una vida de perros, ya no tengo para qué negarlo. María me insistía en privado que la libertad era básicamente un misterio regido por la fuzzy logic, y se lo repetía al país cada tres o cuatro noches. Y el país quedaba hipnotizado con su magnetismo irresistible.

Debe haber habido más de alguien muy poderoso que la admiraba, porque de un día para otro la coronaron Reina de Chile. La nombraron María II (el título de María I estaba reservado para la Virgen del Carmen, le vino a explicar un oficial del ejército colmado de pasamanería). reina3“No hay por qué avergonzarse de tener reina en Chile”, me decía, la monarquía moderna ha pasado a ser garantía de estabilidad. La ameba de este país va a estar así menos sujeta a las fiebres extremistas que la escinden periódicamente”.

Reconozco que veces sus elegantes raciocinios lograban convencerme, pero el problema fue que la plebe calladamente despreciaba los nuevos deportes inventados por la Reina Doña María II. El pueblo (o “la gente”, como prefiere decir ella) echaba de menos el fútbol, que había sido suspendido mientras se afinaban los detalles del sistema Handicap, que eran los siguientes: cancha en lo posible sintética, jugadores exactamente del mismo tamaño, número de jugadores en cada equipo calculado en base a un coeficiente de habilidad, dimensiones de arco variable según otras fórmulas, visores electrónicos para los arqueros, equipos de comunicación, experiencia virtual 3-D para los entrenadores y para el público dispuesto a pagar este servicio. Para hacerlo más participativo, algunos espectadores (previo pago) podrían meterse a jugar por unos minutos por el equipo de sus amores, si es que se producía algún desequilibrio que le restara interés al partido.

Pero brotaban como callampas las pichangas a la antigua por todas partes. Los carabineros, a pesar del comprobado impacto sicológico de sus peladas al cero y de los beneficios de la meditación trascendental y el sensitivity training a que Su Majestad los había obligado, apenas daban abasto para controlar las rebeliones futboleras dominicales. Cierta noche importante para la historia del país, un comando fútbol-terrorista se tomó un canal de televisión y obligó al encargado a transmitir un video clandestino con todos los goles del censurado mundial de Noruega, sin comerciales, cada gol con repeticiones generosas en deliciosa y sensual cámara lenta, desde todos los ángulos imaginables.

-La libertad es un misterio, y misteriosos son sus caminos- me decía Su Alteza Serenísima esa misma noche, mientras el país entero se consolaba con los hermosos goles de contrabando y los veintidós jugadores de tamaños surtidos corriendo por toda la cancha verde de pasto natural sin ninguna mierda de sistema Handicap. Confieso que esa noche memorable yo tenía mucho sueño y poco interés en sus peroratas. Quise irme a dormir a mi casa, por si alcanzaba a ver alguno de los goles terroristas (algo había oído unas horas antes), pero -milagro de milagros-, después de meses de abstinencia, María me invitó a su cama y me ofreció las delicias inigualables de su suavísima epidermis real.

Me desperté de madrugada y vi a Su Majestad Real María mirándome muy seria, con ojos de halcona, como cuando me asustaba. Me dijo:

-Me quedé esperando, como lo tenía previsto. Mi hijo será el primer rey de Chile y se va a llamar Rafael, como mi padre. Si quieres, le puedes agregar tu segundo nombre.

Siguieron y siguieron y siguieron unos días somnolientos, y María Reina Mía engordaba y engordaba y engordaba una barriga puntuda, asimétrica, fea. El último de esos días malgastados fui a conocer a mi hijo Rafael I y a despedirme de la Reina Madre. No fui el primero en marcharme, ni el último: cuentan que en las calles de Santiago va quedando poca gente. Así fue el acabo de mundo, pensé, volando sobre el desierto de Atacama. Yo tenía muchas cosas importantes que decirle, pero es que nunca me atreví.

Este cuento, escrito en Ohio en 1982, se debe a la conjunción de una anécdota trivial con la atmósfera pesadillesca del Chile de la dictadura militar. Una compañera de estudios con la que pololeaba, hija de un ex alto oficial de la Armada, me confesó un día su ardiente admiración por la monarquía como sistema político, y me mostró la abultada correspondencia que mantenía con varias casas reales europeas, en particular con la de Windsor. Su afición por el fútbol junto con su cuidada inocencia política, me dieron el modelo para Mariíta, la Reina de Chile. Lo demás es fantasía futbolera.

 

 

La apelación epidérmica

A Terranovi lo conocí porque me lo presentaron en la previa de un coloquio portenio de ésos que al final se cancelan por falta de quórum o porque era fecha fifa. Me llamó la atención por la firmeza con que daba la mano y por su cortesía casi mexicana, cosa que no me esperaba en un escritor medianamente joven de las llanuras. Eran las 3 de la tarde y estábamos en una barra de San Telmo, pero el aura de pulcritud que lo rodeaba me generó la impresión de que para él eran siempre las nueve y media. Lo mismo podrían ser las nueve y media de la maniana o las nueve y media de la noche, porque Terranovi se bania por lo menos dos veces al día, cosa que no es de sorprender para un autor que ha escrito con tanto esmero sobre la piel, pero que adquiere una significación más profunda si uno recuerda que su narrativa –contundente, internética incluso, foucaltiana avant la lettre—se articula desde el pliegue dérmico de lo abyecto:

“Ella gemía mucho. Transpiraba. Su piel estaba suelta. Gozaba de una manera estática. Todo el movimiento recaía sobre mí. Tuve ganas de lastimarla por ser vieja y por gozar de esa manera”.

Yo había hecho el intento de que me interesara Terranovi y al conocerlo lamenté no haberle puesto más nieque a ese afán, porque una luminosidad transandina, albiceleste, se percolaba en sus intervenciones más nimias, lo que me sugirió que, entre líneas, agazapadas, esa misma sutileza y agilidad debían estar en sus escritos. La higiene, sobre todo la capilar, lo sabemos, es una técnica, y Terranovi la maneja con una destreza que por lo menos a mí me recuerda la de Echeverry en los mejores momentos de “El mentidero” o el desenfado voluptuoso, cerril y circumspecto a la vez, de un David Vinias cuando desvalija la colección latinoamericana de la biblioteca de Harvard, o incluso la de Eduardo Wilde cuando mata al ninio Tini, cuya imagen se me figura semejante a la de Terranova de pibe, rubito y de grandes ojos tísicos.

Hay otros narradores que tal vez, como chilenos, deberíamos conocer mejor, y creo que Terranovi es uno de ellos, junto con Lamborghini, tan admirado por Bolanio. Pienso en un Maserati, un Ferrari o, si me apuran, un Lancia, autores con olor a nafta de alto octanaje, higiénicos a su manera, torcidos perversamente en posiciones sexuales que jamás se repelen sino que se anudan y descienden, sin hacer alarde de su falta de autocompasión, en el embudo de la clase media portenia post-peronista, la más tocada por el trauma del corralito. Un embudo cosmopolitano, por cierto, una vorágine civilizadora con cedazo incluído, que deja pasar a los poetas de mierda, sobre todo los chilenos, pero aparta a Lancuza, quien después de todo fue más jesuita que chileno, y a Gumuncio, sobre quien debería recaer la sospecha fundada de que escribe sus tuits en francés o en traducción automática. Termino, porque en la selva fría y oscura, en este bosque chileno desde donde hago estos recuerdos, donde sueño con abrazos transandinos, abrazos de chilenos con el brazo quebrado y argentinos victoriosos, se le está acabando la pila a mi compu y tengo que ir a lavarme el pelo con un champú que me traje de mi último viaje a Buenos Aires.

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Cuchillo entre los dientes

Todavía tengo la costumbre de referirme a Chile como mi país. Quizá sea sólo un vestigio de modales antiguos, porque cuando digo que Chile es mi país, siento en las palabras algo semejante a esa pulsación que indica en qué parte de la encía se incuba un absceso. O bien, digo “mi país” como si le agregara comillas, como quien muestra un cuchillo y luego se lo pone entre los dientes. Cuando tengo que declarar que soy chileno, siento en la boca ese bordecito metálico que me hace desconfiar de mis propias palabras.

hablarcomochilenoIgual el acento me delata. Sigo hablando casi igual que cuando me fui. Cuando hablo en castellano me reconozco en el cantito, en la atenuación Full Mode On, los recortes y las consonantes aspiradas. Me enorgullezco de saber hablar con la boca completamente cerrada. Cuando de repente veo gente hablando igual, en un tren, en un restaurante, en un aeropuerto, me digo: chilenos.

Un detector de mentiras zanjaría el asunto. ¿Es Chile tu país? ¿Eres chileno? Me muerdo la lengua y pongo el cuerpo a responder: contesta la presión sanguínea, contestan la respiración, el pulso, la conductividad de mi piel. Cuando se trata de Chile, ya no soy capaz de saber si miento o si digo la verdad. El cuerpo responde en su porfiado silencio, el cuerpo del defensor protege el balón hasta que cruza la línea sin causar mayor estrago. El defensor de camiseta roja, el pitbull con el cuchillo entre los dientes, el filo apretado contra la lengua.

El vecino y sus armas químicas: “Adams”, de George Saunders

La traducción con la que este blog despide el verano septentrional es el relato “Adams”, de George Saunders, publicada en agosto de 2004 en The New Yorker. La versión original está aquí y también se puede escuchar la lectura de Joshua Ferris en el podcast de la misma revista, que se encuentra gratis en iTunes. El relato está modelado en una narrativa muy conocida a principios del siglo XXI y nos entrega una clave de su origen en el anagrama del título y el apellido del vecino maldito.


adams-saundersNunca me cayó bien Adams y resulta que un día lo encuentro parado en mi cocina, en calzoncillos. ¡Mirando hacia la pieza de mis niños! Así que le aforro en la nuca y se va al suelo. Cuando se para, le aforro otra vez y al suelo. Después lo tiro rodando por las escaleras hasta el barro de la primavera que recién llegaba y le digo, Si otra vez, te lo juro por Dios, no sé ni qué decirte, pobre conchetumadre.

Karen llegó a la casa. La aparté para contarle. En corto: Mantener las puertas cerradas, y si él está en su casa los cabros chicos se quedan adentro.

Pero después de comer me puse a pensar: El tipo entra en shorts y yo le aguanto así no más? ¿Es amor esto? ¿Amor por mis hijos? ¿Porque qué pasa si…? ¿Qué pasa si nos descuidamos? ¿Qué pasa si se nos sale un cabro o si él entra? No, no, no, pensé, eso no se puede aceptar.

Así que fui para allá y dije, ¿Dónde está?

Entonces Lynn me contestó, Arriba, ¿por qué?

Fui para arriba y él estaba parado frente al espejo, todavía en putos calzoncillos, sólo que ahora tenía puesta una camisa, y le aforré cuando se estaba dando vuelta. Se fue al suelo y trató de arrastrarse fuera de la pieza, pero le puse un pie en la espalda.

Si otra vez, le dije, si alguna otra vez.

Ahora estamos empatados, dijo. Yo me metí en tu casa y tú te metiste en la mía.

Pero yo andaba con pantalones, le dije, y le mini-aforré en la nuca.

Yo soy lo que soy, dijo.

¡Ésa sí que estuvo buena! ¡Que lo confesara! Así que le aforré otra vez mientras Lynn entraba diciendo Hey Roger, hey (Roger soy yo). Y entonces él se quiso levantar. ¡Ahí me fui a la cresta! ¿Levantarse? ¿En contra mía? Y le voy a aforrar otra vez, pero ella me empuja entremedio, como interviniendo. Así que para aforrarle otra vez tuve que empujarla a ella para atrás, y por mala suerte se resbaló, y se fue para abajo, y ahí se queda como tendida, con la falda subida—¡y él se enoja! ¡Se enoja! ¡Conmigo! Él en calzoncillos, mirando hacia a la pieza de mis niños, ¿y él es el que se enoja conmigo? Cuántas noches no habré oído mochas y paipazos de la casa de Adams, con ella jadeando, Frank, por Dios, Soy Mujer, Me Estás Haciendo Daño, Los Niños Están Mirando, etcétera.

Porque ése es el tipo de hombre que es.

Así que le aforro otra vez, y cuando ella se arrastra hacia mí diciendo Por favor, Por favor, tuve que empujarla para abajo otra vez, no de mala manera sino como diciendo quédate ahí, justo cuando, por supuesto, con la suerte que tengo, los cabros chicos entran corriendo –estos cabritos Adams, hay que decirlo, son teatreros, siempre andan haciendo obras musicales en el patio, etc., etc. –así que se ponen, sabes, todos dramáticos: ¡Mamita! ¡Papito! Y, OK, eso fue penca, entonces traté de irme, pero ellos se pusieron ahí en la puerta, bloqueando la salida, como Duh, no sabemos para dónde ir, estamos paralizados. Así que salí a empujones, no fuertes, muy suaves—me dieron pena porque muchas veces había escuchado cómo Adams les daba a ellos también—pero igual una se cayó, en una rodilla, y le ayudé a pararse, ¡y me trató de morder! Parecía que la pendeja no cachaba nada, y me dolió, y me enojé, así que fui donde estaba Adams, que se estaba levantando, y como que le di un pape a él en la cabeza en nombre de ella, a cambio de la mordida.

Diles, le dije. Diles a tus cabros de mierda que no–

Entonces necesitaba tomar un poco de aire, así que di una vuelta a la manzana, pero todavía algo no estaba bien. Porque ahora empieza, sabes. Adams ahí todo emputecido, diciéndoles mentiras sobre mí a esos cabros chicos, los cuales, dado lo que habían visto (la tanda) y lo que no habían visto (a él en calzoncillos, vuelto hacia la pieza de mis niños), se estaban tragando todas las falsedades, y yo pensaba, Super bien, ahora ellos me odian, como si yo fuera el malo de la película en todo esto, y todo el verano va a ser puras maldades, la manguera tajeada y azúcar en mi estanque de bencina, o de repente al perro le aparece una quemadura en la guata.

Así que escribo unos panfletos, diciendo, Sólo Para Que Se Informen, El Papá de Ustedes Estaba Desnudo en Mi Cocina, Frente a la Pieza de Mis Niños. Y pego uno en el mosquitero de su puerta para asegurarme de que lo vean antes de que salgan a su entrenamiento, después les meto como nueve en el buzón, y al resto les borro “El Papá de Ustedes” y pongo encima “Frank Adams” y los distribuyo en los buzones de la cuadra.

Toda la noche me llaman y me llaman los vecinos, diciendo, sabes, Llama a la policía, Adams necesita ayuda, es un tontón, siempre lo he odiado, tal vez unos cuantos de nosotros deberíamos darle una visita, pongámonos de acuerdo para ver qué hacer, mantente calmado. Ese tipo de cosas. Lo que estaba muy bien, excepto que salgo a fumar un cigarro a medianoche y ¿para dónde lo veo que está mirando, todo lleno de pica? ¿A las casas de ellos? No hay que ser ingenuo. Está mirando en dirección a mi casa, con esa mirada ardiente, y yo como que, ¿Qué estás mirando?

Soy lo que soy, dice.

Conchetumadre, digo, y me tiro a aforrarle, pero se arranca para adentro.

En cuanto a los pacos, yo opinaba: ¿Qué se supone que tengo que hacer, esperar a que se meta otra vez en mi casa, ahí llamar a los pacos y esperar que se quede frente a la pieza de mis niños, en shorts, hasta que lleguen?

No, lo siento mucho, ése no es mi estilo.

Al día siguiente mi cabro chico, Brian, está parado en la puerta de atrás, listo para salir con su volantín, y yo como que agarro la puerta y la dejo bien cerrada, diciendo, Nop, nop, tú sabes muy bien por qué no, campeón.

Así que ahí quedó mi pobre cabro, con el volantín en las rodillas toda la tarde, mirando a un tontón que enseña pintura en la televisión pública diciendo, “El Sombreado Es Una Manera De Dar Profundidad, ¿Qué Tal Si Lo Aplicamos A Este Tronco Que Está Aquí?

Luego el lunes en la mañana veo a Adams que va a su auto y ¡de nuevo me echa esa mirada de fuego! Nunca he recibido una mirada con tanto odio. ¡Y me muestra el dedo! ¡Como si fuera él el que está en lo correcto! Así que me tiro a aforrarle, pero se mete en el auto y se arranca.

Todo el día esa mirada la tengo en la mente, esa mirada de odio.

Y entonces pensé, Si fuera yo, si yo sintiera ese nivel de odio, ¿qué haría yo? Bueno, una cosa que haría sería contenerlo y contenerlo y entonces una noche el odio se rebalsaría y yo me metería en la casa de mi enemigo y los acuchillaría a todos mientras duermen. O los mataría a tiros. Lo haría. No podría ser de otra manera. Es la naturaleza humana. No es que le esté echando la culpa a nadie.

Pensé, Tengo que tener cuidado y proteger a mi familia, o su sangre va a quedar en mis manos.

Así que volví temprano un día y fui a la casa de Adams cuando no había nadie, y pesqué el rifle que tenía en el sótano y los cuchillos para bistec, y también los cuchillos para la mantequilla, que pueden afilarse, y también el afilador de cuchillos, y también dos abrecartas y un pisapapeles pesado, el cual, si fuera yo y hubiera perdido todas mis armas y cuchillos, seguro que usaría para reventarle la cabeza a mi enemigo mientras duerme, además de las cabezas de toda su familia.

Esa noche dormí mejor hasta que me desperté transpirando, preguntándome qué haría si alguien entrara y, después de empujar al suelo a mi mujer y uno de mis hijos, me robara las armas de fuego y los cuchillos y el afilador de cuchillos junto con mi pisapapeles. Y me respondí: Lo que haría sería buscar desesperadamente por toda la casa algo peligroso, por ejemplo pintura, como diluyente, como productos químicos para el hogar, y luego, o rodear la casa de mi enemigo en un anillo tóxico y prenderles fuego, o bien echárselos en la piscina de mi enemigo, lo que (1) destruiría el revestimiento y (2) enfermaría a los hijos de mi enemigo cuando fueran a nadar.

Entonces fui a mirar a mis niños durmiendo y, oh Dios mío, no existen niños más tiernos que los míos, y parado ahí en piyamas, pensé en Adams parado ahí en calzoncillos, luego me imaginé a mis hijos atorándose y vomitando al intentar salirse de la piscina, y pensé, No, por ningún motivo, no voy a vivir así.

Así que entré por una ventana que había forzado antes esa misma tarde, junté todos los productos químicos caseros, y, créanme, tenía un montón, mucho más que yo, mucho más de lo que necesitaba, diluyente, pintura, cal viva, gasolina, solventes, etc. Lo junté todo como en nueve bolsas de basura y estaba a punto de subir por la escalera con la primera bolsa cuando llega toda la maldita familia, me caen encima, hasta los niños, pegándome con perchas de ropa y golpeándome con libros filudos y rociándome laca de pelo en la cara, el perro también me tiraba mordiscos, y rodando por las escaleras hasta el sótano yo pensaba, Me quieren matar. Al golpearme la cabeza en el suelo de cemento, vi estrellas, y pensé, No, de verdad, me van a matar, y si me matan ya no habrá más Melanita y yo comiendo del mismo plato de cabritas, no más Briancito haciendo ese gesto de arrugar el ceño que nos hacemos mutuamente cuando uno de nosotros cuenta un chiste fome, nunca más Karen y yo tendidos lado a lado después de, mirando por la ventana, conversando de nuestros planes mientras esos pájaros de pico amarillo se suben y se bajan de los cables de la luz. Y luché por levantarme, pensando, Qué importa cómo vine a dar aquí, aquí estoy, tengo que salir de aquí, tengo que vivir. Y empecé a aforrar y aforrar, y una vez que se batieron en retirada, con Adams y su hijo adolescente protegiendo a la más chica, que desafortunadamente había ido a dar relativamente lejos debido a una pequeña patada que yo le había dado, saqué mi encendedor y le prendí fuego a la bolsa, la bolsa de tóxicos, y salí hacia la luz al tope de las escaleras, donde sabía que estaba la puerta, donde estaba la noche, y mi libertad, y mi hogar.

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