Una traducción de Nabokov (con perdón)

Para traducir una obra maestra hay que aproximarse con la misma cantidad de respeto que de entusiasmo (o de inocencia), sobre todo si se trata de un texto escrito por alguien como Nabokov, quien dedicó toda su vida a pensar con profundidad el tema de la traducción y cuya obra, más encima, puede ser considerada como un sostenido acto de traducción. Dicho con mayor precisión, Nabokov se enfrenta con el problema central de la traducción, es decir, el entrevero de la potencia del original (la fuerza de su lenguaje y el peso de su tradición expresiva) contra la potencia del producto final, el que será tasado por los lectores, inevitablemente, en virtud de un rango de familiaridad y -concepto odiado por el autor ruso- su “fluidez”. Esa fluidez, teme Nabokov, puede ser la seña de un gran equívoco, creado por una familiaridad falsa, conseguida a costa de matar la diferencia con el original. El problema parece ser más grave para la poesía que para la prosa, por lo que traducir un cuento aminora la inevitable transgresión, la violencia implícita de signos impuestos o superpuestos sobre otros.

El problema de traducir este cuento es doble: además de que Nabokov escribe no en su lengua nativa sino en su lengua literaria, escogida libremente -el inglés-, en esta historia en particular se encuentra la presencia de una traducción pre-existente en la voz narrativa, focalizada por su mayor parte por medio del lenguaje de una mujer europea, rusa, judía, migrante, refugiada, inmigrante, y cuyo dominio del inglés, si bien le alcanza para contestar el teléfono (logro no menor en un segundo idioma), no llega a ser fluido y lleva en su dicción la marca a veces perceptible de otros idiomas fantasmas (¿el ruso, el yiddish, el alemán?).

El original se publicó en 1948, en la revista The New Yorker. El título original fue materia de disputa entre Nabokov y Katherine A. White, quien impuso su misterioso criterio al cambiar el orden de los términos. En lugar de “Signs and Symbols”, la revista publicó el cuento como “Symbols and Signs”. He decidido mantener el primer título, por el eco con la rúbrica médica inglesa “Signs and Symptoms“, eco que despierta a su vez resonancias con ciertas claves interpretativas en el relato, y para tomar partido por el autor, por supuesto.

En una carta a la editora White, Nabokov explica que algunos de sus relatos, por ejemplo el que nos ocupa, se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semitransparente”  (“wherein a second (main) story is woven into, or placed behind, the superficial semitransparent one.”) Solamente a alguien como Nabokov se le puede hacer caso si considera que una historia puede ser secundaria y principal al mismo tiempo. Vale.


Señas y símbolos

Vladimir Nabokov

Traducción de Roberto Castillo Sandoval ©

Por cuarta vez en cuatro años los confrontaba el problema de qué regalo de cumpleaños darle a un chico que estaba incurablemente trastornado. Deseos no tenía ninguno. Los objetos hechos por el hombre eran para él colmenas llenas de mal, vibrando con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o bien comodidades groseras que no servían para nada en su mundo abstracto. Después de eliminar un número de artículos que lo podrían ofender o asustar (cualquier cosa relacionada con aparatos, por ejemplo, era tabú), sus padres eligieron una nadería delicada e inocente—un canastillo que contenía diez distintos confites de fruta en sendos frasquitos.

Cuando nació el niño, ellos llevaban casados un buen tiempo; desde entonces, había transcurrido una veintena de años y ahora estaban bastante viejos. El pelo opaco y gris de ella estaba sujetado con descuido. Llevaba vestidos negros baratos. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la Sra. Sol, la vecina del lado, cuya cara era toda rosa y malva de pintura y cuyo sombrero era un ramillete de flores de arroyuelo), ella presentaba un rostro de desnuda palidez bajo la despiadada luz de la primavera. Su marido, que en el antiguo país había sido un hombre de negocios bastante exitoso era, ahora, en Nueva York, completamente dependiente de su hermano Isaac, que era americano de verdad desde hacía más de casi cuarenta años. Ellos casi nunca veían a Isaac y lo habían apodado “El Príncipe”.

Ese viernes, el cumpleaños del hijo, todo salió mal. El tren subterráneo se quedó sin su corriente vital entre dos estaciones y por un cuarto de hora ellos no podían oír nada más que el diligente latir de sus corazones y el crujir de los periódicos. El bus que tenían que tomar a continuación se atrasó y los obligó a esperar largo rato en una esquina, y cuando llegó por fin, estaba lleno de liceanos revoltosos. Empezó a llover mientras subían caminando por la senda barrosa que llevaba al sanatorio. Allí esperaron de nuevo, y en lugar de su muchacho, arrastrando los pies, como hacía siempre (con su pobre cara triste, confusa, mal afeitada, y manchada de acné), apareció al cabo una enfermera que los dos conocían y aborrecían y que animadamente les explicó que otra vez él había intentado quitarse la vida. Estaba bien, dijo, pero una visita de sus padres podría perturbarlo. El lugar era tan escaso de personal, y las cosas se desubicaban o se extraviaban tan fácilmente, que decidieron no dejarle el regalo en la administración sino traérselo para la próxima visita.

Afuera del edificio, ella esperó que su marido abriera el paraguas y entonces lo tomó del brazo. Él carraspeaba a cada rato, como siempre que estaba alterado. Llegaron al refugio de la parada de buses al otro extremo de la calle y él cerró el paraguas. A pocos pies de distancia, bajo un árbol que se mecía y goteaba, un diminuto pájaro implume se retorcía en vano dentro de un charco.

Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, ella y su marido no intercambiaron palabra, y cada vez que ella echaba un vistazo a sus viejas manos, apretadas y temblorosas sobre el mango de su paraguas, y veía sus venas hinchadas y su piel manchada, sentía la creciente presión de las lágrimas. Mientras miraba a su alrededor, tratando de enganchar su mente en algo, le sobrevino una especie de suave conmoción, una mezcla de compasión y maravilla, al darse cuenta de que uno de los pasajeros—una muchacha de pelo oscuro y uñas rojas y algo sucias en los pies, lloraba apoyada en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía esa mujer? Se parecía a Rebecca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks—en Minsk, hacía años.

La última vez que el chico había tratado de hacerlo, su método había sido, en palabras del doctor, una obra maestra de ingenio; habría tenido éxito si otro paciente no hubiese creído que estaba aprendiendo a volar y se lo impidió justo a tiempo. Lo que el chico quería en realidad era abrir un agujero en su mundo y escapar.

El sistema de sus delirios había sido tema de un elaborado trabajo en una revista científica que el doctor del sanatorio les había dado a leer. Pero mucho antes de eso, ella y su marido habían tratado de resolver el enigma por sí solos. “Manía referencial”, lo llamaba el artículo. En esto casos muy poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que pasa a su alrededor es una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye a la gente real de esta conspiración, porque se considera mucho más inteligente que otras personas. La naturaleza fenomenal lo sigue dondequiera que vaya. Las nubes del cielo vigilante se transmiten unas a otras, por medio de lentos signos, información increíblemente detallada sobre él. Sus pensamientos más íntimos los discuten al caer la noche, en alfabeto de manos, árboles tenebrosamente gesticuladores. Los guijarros o las manchas o las motas de sol forman patrones que representan, de alguna manera espantosa, mensajes que él tiene que interceptar. Todo es una clave cifrada y, de todo, él es el tema. En todo su rededor hay espías. Algunos son observadores lejanos, como las superficies de vidrio y las aguas en reposo; otros, como los abrigos en las vitrinas, son testigos prejuiciosos, linchadores de corazón; otros, de nuevo (agua que corre, tormentas) son histéricos hasta la locura, tienen una opinión distorsionada de él, y malinterpretan grotescamente sus acciones. Debe estar siempre en alerta y dedicar cada minuto y módulo de vida a descodificar la ondulación de las cosas. Hasta el aire que exhala se clasifica y se archiva. ¡Si sólo el interés que él provoca se limitara a su entorno inmediato, pero, por desgracia, no es así! Con la distancia, los torrentes de enloquecido escándalo aumentan en volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas un millón de veces, revolotean sobre vastas llanuras; y aún más lejos, grandes montañas de intolerable solidez y altura resumen, en términos de granito y crujientes pinos, la verdad última de su ser.

Cuando emergieron del estruendo y el aire maleado del tren subterráneo, los últimos residuos de luz diurna se mezclaban con los faroles de la calle. Ella quiso comprar pescado para la cena, así que le pasó el canasto de confites, diciéndole que se fuera a casa. Así, él regresó al conventillo, subió hasta el tercer descanso de las escaleras, y entonces recordó que le había pasado las llaves a ella.

En silencio se sentó en los escalones y en silencio se incorporó cuando, unos diez minutos más tarde, ella subió pesada y fatigosamente las escaleras, con una débil sonrisa y sacudiendo la cabeza en gesto de reconocer su propia tontera. Entraron al departamento de dos piezas y él de inmediato se plantó frente al espejo. Estirando las comisuras de los labios con sus dos pulgares, en una mueca horrible, como de máscara, se sacó su nueva, irremitiblemente incómoda placa dental y cortó los largos colmillos de saliva que lo conectaban a ella. Leyó su periódico en ruso mientras ella ponía la mesa. Todavía leyendo, comió la pálida ración para la que no necesitaba dientes. Ella conocía sus estados de ánimo y también estaba silenciosa.

Cuando él se fue a dormir, ella se quedó en la sala con su mazo de cartas sucias y sus viejos álbumes de fotografías. Al otro lado del estrecho patio, donde la lluvia tintineaba en la oscuridad contra unas latas, las ventanas estaban encendidas tenuemente, y en una de ellas un hombre de pantalones negros, con las manos detrás de la nuca y los codos levantados, se veía acostado de espaldas sobre una cama desordenada. Bajó el visillo y examinó las fotografías. De pequeño, se veía más sorprendido que la mayoría de los bebés. Una fotografía de una criada alemana que habían tenido en Leipzig con su novio de cara gorda cayó desde un pliegue del álbum. Volteó las páginas del libro: Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlin, Leipzig, el frontis chueco de una casa, muy desenfocado. Este era el niño cuando tenía cuatro años, en un parque, tímidamente, con la frente arrugada, apartando la vista de una ardilla entusiasta, como hubiera hecho con cualquier otro desconocido. Esta era la tía Rosa, una señora de edad, quisquillosa, angular, de ojos desorbitados, que vivía en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes ferroviarios, y lunares cancerígenos hasta que los alemanes la mataron junto con toda la gente de la que ella se había preocupado. El niño, a los seis años—esto fue en la época en que dibujaba pájaros maravillosos de manos y pies humanos, y sufría de insomnio como un hombre adulto. Su primo, ahora un famoso jugador de ajedrez. El niño de nuevo, a los ocho años, ya difícil de entender, asustado por el papel mural del pasillo, asustado por cierta ilustración en un libro que sólo mostraba un paisaje idílico con rocas en una colina y una rueda vieja de carreta colgando de la rama de un árbol deshojado. Esta era a los diez años—el año que se fueron de Europa.

Peter Bruegel, el viejo.

Peter Bruegel, el viejo. “El triunfo de la muerte”

Ella recuerda la vergüenza, la lástima, las dificultades humillantes del viaje, y los niños feos, malvados, retrasados, con los que estuvo en la escuela especial donde lo pusieron después de llegar a América. Y luego vino una época en la vida del niño, que coincidió con la larga convalescencia de una pulmonía, en que esas pequeñas fobias suyas, que sus padres habían porfiadamente considerado como las excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se endurecieron, por decirlo así, en un denso enredo de delirios que interactuaban lógicamente, haciéndolos completamente inaccesibles a una mente normal.

Ella ya se había resignado a todo esto, y mucho más, porque, después de todo, vivir significa aceptar la pérdida de una alegría tras otra, ni siquiera alegrías, en su caso, sino meras posibilidades de mejoría. Pensó en las recurrentes oleadas de dolor que por alguna razón u otra ella y su marido habían tenido que soportar; en los gigantes invisibles que le hacían daño a su hijo de alguna manera inimaginable; en la cantidad incalculable de ternura contenida en el mundo; en el destino de esa ternura, ya sea aplastada o malgastada, o transformada en locura; en niños sin cuidar tararéandose a sí mismos en rincones sucios; en bellas malezas que no se pueden esconder del labrador.

Era casi la medianoche cuando, desde la sala, oyó gemir a su marido, y en seguida él entró trastabillando, vistiendo sobre su camisa de dormir el viejo abrigo de cuello de astrakán que tanto prefería por sobre su bonita bata azul.

—¡No puedo dormir!—gritó.

—¿Por qué no puedes dormir?—preguntó ella—Estabas tan cansado.

—No puedo dormir porque me estoy muriendo—dijo él, y se tendió en el sofá.

—¿Es el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?

—Doctores no, doctores no—gimió —¡al diablo con los doctores! Tenemos que sacarlo de ahí rápido. De otra manera, nosotros somos responsables… ¡Responsables!

Se precipitó a sentarse, con los dos pies en el suelo, y se golpeaba la frente con su puño apretado.

—Bien—dijo ella suavemente—Mañana en la mañana lo traemos a casa.

—Quisiera un poco de té—dijo su marido, y salió al baño.

Agachándose con dificultad, ella recogió algunos naipes y una fotografía o dos que habían caído al suelo—el jack de corazones, el nueve de picas, el as de picas, la criada Elsa y su novio bestial. Él regresó de buen ánimo, exclamando, “ya lo tengo todo planeado. Le vamos a dar el dormitorio. Nosotros nos vamos a turnar para pasar parte de la noche cerca de él y la otra parte en este sofá. Haremos que lo vea el doctor por lo menos dos veces por semana. No importa lo que diga “El Príncipe”. No va a decir nada, de todos modos, porque va a salir más barato”.

Sonó el teléfono. Era una hora muy poco usual para que sonara. Él se quedó de pie en medio de la sala, buscando con el pie la pantufla que se le había salido, e infantilmente, desdentadamente, se quedó mirando a su mujer. Como sabía más inglés que él, era quien atendía las llamadas telefónicas.

—¿Puedo hablar con Charlie?—le dijo la vocecita opaca de una niña.

—¿Qué número quiere? … No, tiene el número equivocado.

Colgó el auricular suavemente y la mano se le fue al corazón.

—Me asustó—dijo.

Él le respondió con una sonrisa rápida y de inmediato reinició su entusiasta monólogo. Lo irían a buscar apenas despuntara el día. Por su propio bien, guardarían todos los cuchillos en un cajón con llave. Aun en sus peores momentos, nunca fue un peligro para los demás.

El teléfono sonó de nuevo.

La misma vocecita monótona, ansiosa, preguntó otra vez por Charlie.

—Tiene el número equivocado. Le voy a decir lo que está haciendo. Está discando la letra “o” en vez del cero—y le colgó de nuevo.

Se sentaron a tomar su inesperado, festivo té de medianoche. Él sorbía ruidosamente; tenía la cara colorada; de vez en cuando levantaba su vaso en un movimiento circular, como para que el azúcar se terminara de disolver. La vena del costado de su cabeza calva se destacaba notoriamente, y se veían pelos plateados en su barbilla. El regalo de cumpleaños estaba en la mesa. Mientras ella le llenaba otro vaso de té, él se puso los anteojos y reexaminó con placer los frasquitos luminosos, amarillos, verdes y rojos. Sus labios torpes y húmedos deletreaban las elocuentes etiquetas—damasco, uva, ciruela costina, membrillo. Había llegado a manzana silvestre cuando el teléfono sonó una vez más.


La viuda de Vargas Llosa

Recordemos que Vargas Llosa acabó falleciendo en Londres, encogido y senil, a fines de 1990, meses después de su malhadada campaña presidencial. Fue el segundo de sus compañeros de generación en morir; lo antecedió su adalid y contrincante Julio Cortázar, quien hasta el momento de su muerte seguía creciendo dos centímetros por año a causa de su acromegalia. Hace años que no queda ninguno de esos jóvenes leones que en la década de los 60 revolucionaron la literatura mundial. Donoso murió de pena, no se sabe bien dónde. A Fuentes lo traicionó el corazón en Veracruz, García Márquez terminó como un Melquíades desorientado, en México. Hoy parecen condenados a la indiferencia desdeñosa que irradian hacia ellos los escritores nuevos.

VLLAhora, bien entrado el siglo XXI, ha muerto Valeriana Droguett, parte del elenco de las viudas de esa generación. ¿Pero cómo es posible que recién este año haya muerto la mujer del ancianísimo Vargas Llosa? ¿Tan joven era que sobrevivió a su marido por 25 años? La trama de esta historia es tan conocida como antigua: “Viejo Poderoso se casa con su Bella y Joven Secretaria”. Así fue, en efecto, como sucedió. Valeriana Droguett tenía menos de 30 años el día de su boda. Vargas Llosa tenía alrededor de 75, 80, o más si les creemos a quienes dicen que desde muy joven, aprovechando su perenne aspecto de adolescente, tomó la costumbre de quitarse la edad y que lo hacía con mayor desparpajo mientras más viejo se ponía. Ahora bien, el escritor peruano dedicó su vida a enseñarnos a leer con mayor atención las tramas antiguas, a darnos cuenta de que son más extrañas y complejas de lo que nos permitimos pensar, y con eso en mente podremos entender el argumento de este capítulo final. Valeriana fue no sólo la joven y bella secretaria, sino la más confiable compañera de escritura y la lectora más entusiasta de su marido.

El punto de inflexión en la vida de Valeriana ocurrió a los 14 años, cuando asistió en Santiago de Chile, su ciudad natal, a una adaptación teatral de El hablador, novela en la que Vargas Llosa imagina el viaje al Amazonas profundo de un judío peruano indigenista llamado Saúl Zuratas, un periplo revelador, pero plagado de claroscuros y contradicciones. La adolescente chilena quedó profundamente conmovida por esa puesta en escena y decidió de inmediato emprender un viaje similar al de “Mascarita” Zuratas. Ella no iba en busca del mítico narrador de los machiguengas, sino del autor real-real de la novela, y no sólo para conocerlo, sino para trabajar con él, para aprender más sobre él y sobre la literatura.

Se demoró casi diez años lograr su objetivo. Primero averiguó dónde vivía el novelista y apenas pudo se mudó de Santiago a Londres. Una vez instalada en Inglaterra, encontró trabajo en una agencia de publicidad y luego hizo de traductora de Penguin y Macmillan. Con paciencia, y gracias a su encanto legendario, formó redes entre la élite intelectual londinense, hasta que se las ingenió para que la contrataran como representante de prensa y secretaria del novelista en la editorial Farrar Strauss & Giroux. Los detalles precisos de cómo logró que le dieran el puesto darían para una novela de intriga o para una comedia de enredos de Goldoni. Su cargo era algo así como el de “secretaria incorpórea” y debido a los viajes constantes de Vargas Llosa, lo desempeñaba la mayor parte del tiempo por correspondencia o por teléfono. Al contrario de lo que se esperaría, Valeriana se contuvo y aguardó muy bien la oportunidad de intimar con Vargas Llosa. De secretaria incorpórea pasó a ser secretaria personal y luego se desempeñó como eficiente y leal relacionadora pública. Lo hizo adoptando como suyo el modo distante y gélido de su representado.

En cierto momento, después de haber trabajado con Valeriana por cinco años, Vargas Llosa le comentó a quien era entonces su esposa: “La chilenita no se quiere dar a conocer para nada, uno que se acerca y ella paf que se cierra como almeja, no suelta nada, nadie sabe nada de su vida”. Por lo tanto, para todo el mundo, incluyendo a la ex esposa, fue una sorpresa que dos años más tarde el escritor anunciara su separación y se escapara a la costa amalfitana para contraer matrimonio en secreto con la chilenita misteriosa.

Vargas Llosa, en la intimidad, era un hombre difícil que se trataba a sí mismo como si fuera un personaje de novela, convencido de que su talento luminoso se tenía que compensar con taras de temperamento. Era frío, desdeñoso, inseguro, engreído, evasivo, desconfiado e hipocondríaco. Como suele pasar en algunas novelas, la hipocondria dio paso a la genuina enfermedad: al poco tiempo de estar con Valeriana, se le diagnosticó una seria avería en el corazón, se le agravó una enfisema contraída durante su juventud en el Amazonas y comenzó a sufrir desmayos esporádicos por falta de oxígeno. A su biógrafo y coterráneo Efraín Kristal le confesó que a veces toda la energía se le iba en respirar: “estoy más jodido que tísico de novela francesa”.

El matrimonio de Valeriana con Mario estuvo marcado al comienzo por el infortunio. En la luna de miel Vargas Llosa se pescó una gripe y se rompió la mitad de la dentadura al tropezar en el mirador de Villa Cimbrone mientras contemplaba el Tirreno. A pesar de ese comienzo poco auspicioso y de las enfermedades que lo acosaban, en compañía de la joven Valerie Vargas Llosa se convirtió en algo que parecía imposible: un hombre feliz. Siempre había necesitado mediadores entre él y el mundo externo: amistades, profesores, editores, amantes, parientes, esposas. Valeriana combinaba todos esos roles esenciales en una sola persona. Se tomaban de la mano en público, se leían el periódico, hasta bailaban -con recato pero con genuino goce- si había ocasión de hacerlo. “Esta parte de mi vida”—le escribió a su amigo y biógrafo Kristal— “es lejos la mejor de todas y, si soy honesto conmigo mismo, tengo que reconocer que es muchísimo más de lo que me merezco”.

Valeriana Droguett estuvo casada con Vargas Llosa menos de cinco años pero fue su viuda durante un cuarto de siglo. Durante su viudez se mantuvo íntimamente ligada a la obra de su marido, manteniéndola viva al punto de que muchos, incluso los miembros de la Academia Sueca, nunca se enteraron de que Vargas Llosa había muerto. Cada año ella enviaba información a Estocolmo para mantener al día el eterno dossier de los nominados al Nóbel. Siguió siendo la guardiana y promotora de su obra, contra viento y marea. Tomó decisiones discutibles, como autorizar la puesta en escena, nada menos que en Broadway, de una comedia musical basada en Conversación en La Catedral (sin revelar, inocentemente, que su objetivo era noble: obtener los fondos para cumplir con el deseo de su marido de financiar talleres de literatura en el Perú amazónico). Contribuyó, sin ser especialista, al estudio de El hablador, escribiendo un prólogo meticuloso y profundo, fundamental para entender la novela que cambió el curso de su vida y la del autor. “El prólogo de Valerie para la edición final de El hablador es el mejor prólogo de la historia literaria moderna; de pronto uno siente que Vargas Llosa escribió la novela para que alguien, algún día, escribiese ese preludio maravilloso”, escribe Kristal. Por otra parte, la viuda se ganó la enemistad de estudiosos al restringir el acceso a los textos y papeles de Vargas Llosa. Para ser justos, con este celo sólo continuaba los deseos de su esposo, para quien la tradición literaria se debe preservar, antes que nada, por medio de la activa dedicación –hasta devoción—curatoria y no por medio del gesto vacío de legarla como un paquete inerme a cualquier entusiasta poco preparado o a cualquier mercader de la industria editorial.

Sobre todo, Valeriana fue fiel a un rasgo que, siendo suyo más que de Mario, llegó a identificar la actitud de Vargas Llosa frente al mundo, particularmente después de su fallida incursión en la política: la firme creencia de que la emoción se expresa de manera más poderosa en la privacidad, de manera escrupulosa y sobria, lo más lejos posible del sentimentalismo artificial de fácil consumo público.

Valeriana contó en su última entrevista a la televisión peruana que su marido le confesó que, a partir del famoso encuentro de escritores de Concepción, en 1960, había empezado a tener dos sueños recurrentes. Ambos ocurrían en el futuro, más precisamente en el remoto mes de octubre del año 2010.

En uno de esos sueños, Vargas Llosa contestaba el teléfono y oía la voz de Gabriel García Márquez diciéndole “Mario, te acaban de dar el Premio Nóbel, quise ser el primero en decírtelo”, para luego colgar sin permitir preguntas. La atmósfera era pesadillesca, a pesar del triunfo anunciado.

El otro era derechamente una pesadilla: Vargas Llosa se estrellaba contra la cordillera mientras intentaba aterrizar de noche, en medio de la niebla, en el aeropuerto de Arequipa. Los instrumentos de navegación le indicaban que volaba a una altura mucho mayor de la que llevaba en realidad y al abrirse las nubes se encontraba cara a cara con una ladera del monte Misti, sin esperanza de poder remontar. El terror del segundo sueño lo mitigaba una voz que transmitía por la radio del avión. La voz, una voz de mujer joven, recitaba un poema de T.S. Eliot que Vargas Llosa repetía cada vez que despertaba de la pesadilla. Se trata del mismo poema que Vargas Llosa escogió como epígrafe para su novela póstuma, Los cuatro cuartetos, cuya publicación Valerie supervisaba al momento de morir, y es el mismo poema que ella escogió como epitafio de la tumba londinense que ahora comparte con su Mario:

El tiempo presente y el tiempo pasado

Están quizá presentes en el tiempo futuro

Y el futuro contenido en el pasado.

Perdido en Nippon

En los diez días que acabo de pasar en Japón a menudo me sentí completamente perdido con el idioma. Claro, qué sorpresa, si no hablo japonés, a pesar de que, según algunos, tengo cara de japonés. A lo que me refiero es a la sensación de estar perdido, sin referencias sólidas, analfabeto de nuevo, incapaz de descifrar signos. De nada me servía distinguir entre los tipos de escritura que conviven en el japonés escrito si no sabía cómo leer ninguno de ellos.

¿Cómo dice?

¿Cómo dice?

Nunca antes me había visto en aprietos similares. En Marruecos, Europa sigue a la vuelta del estrecho; todavía quedan vestigios coloniales y en las grandes ciudades muchos letreros y los nombres de las calles están en francés o en castellano –medio borrados, es cierto, pero todavía descifrables. En Grecia, el alfabeto entra fácilmente si uno hace un par de ajustes mentales. Al ir leyendo por la calle uno descubre que ha estado hablando en griego toda la vida: la distancia entre apotheke, botica y bodega no es insalvable; es una distancia que constituye, en realidad, una cercanía inamovible, umbilical, a la farmacia-pharmakeia ancestral.

Es distinto en Japón. Europa y el resto del mundo se siente tan lejos y está tan lejos de la realidad lingüística japonesa. No hay puntos de referencia reconocibles. Uno de los primeros cronistas europeos decía, perdido en la traducción, que los japoneses “leen y escriben como chinos y en la lengua parecen alemanes”. Quise refugiarme en la idea de que el inglés es una lingua franca mundial, pero pronto me di cuenta de que estaba muy equivocado. En Japón se habla menos y peor inglés que en Chile, lo que da una idea de lo desamparado que uno puede estar entre esta gente tan monocultural. La amabilidad los lleva a decir “shotto” (un poquito) cuando uno pregunta “Do you speak English?” y el amor propio los obliga a hacer el esfuerzo, pero la verdad es que no pasan más allá del repertorio de cortesía. Por supuesto que hay excepciones. Conocí a japoneses y japonesas valientes que se atreven a traducir a Bolaño, a Mistral, a Zambra; el Instituto Cervantes de Tokio rebosa de actividades, hay por ahí algún japonés que ha perfeccionado el “cónchetumare” para exorcizar un costalazo. Son una ínfima minoría, como también son pocos los extranjeros que logran dominar todos los protocolos expresivos del sistema lingüístico japonés. Ningún otro idioma aparte del japonés me ha dado la impresión de ser eso: un sistema imbricado, amarrado con firmeza a su circunstancia social. De ahí, tal vez, que los extranjeros que mejor lo hablan tienen o han tenido lazos íntimos, serios, de familia, con japoneses.

Takadanobaba hiragana

Takadanobaba hiragana

Con el correr de los días en Japón me fui despabilando un poco y fui capaz de reconocer uno que otro símbolo. Me di cuenta de que el nombre de la estación de metro tokiota Takadanobaba, por ejemplo, se escribe en kanji (sistema chino) o en hiragana (sistema silábico japonés), como se ve en las ilustraciones. Con el kanji, es imposible, a menos que uno haya estudiado el sistema. A partir del hiragana, en cambio, se puede empezar a deducir que “Takadanobaba” debería tener dos símbolos iguales al final, y ahí están, claritos: “ba-ba”.

Takadanobaba - kanji

Takadanobaba – kanji

Y quedan cuatro sílabas que uno puede ir reconociendo en otras partes (si es que antes no se queda ciego o se le parte la cabeza de una migraña por el esfuerzo). Los otros dos que pongo son para “sushi” y el cantón de Shinjuku, que comparten el símbolo “shi”. A ver si lo ven. En todo caso, todo sistema de representación gráfica de los sonidos tiene que ajustarse a la realidad de su pronunciación. Para los hispanohablantes, de nada nos servirá identificar “sushi” si pronunciamos “suchi”.

Sushi

Sushi

Buscando a Godzilla, yo sabía que debería preguntar por “Gojira”, pero no sabía el detalle fonético ni la acentuación correcta, hasta que un japonés, viendo mi desesperación, le achuntó y dijo algo más parecido a: “gúdzira!”. Y claro, uno da por sentado todo el trabajo que toma acercar, en cualquier lengua, lo hablado con lo escrito. El “escriuo como haulo” es siempre falso.

Shinjaku

Shinjaku

Toda la vida me han confundido con japonés, por culpa del Estrecho de Bering, supongo, que hace unos cuantos miles de años fue el puente entre Asia y América por donde transitó alguna parentela mía. Una vez una señora en Cambridge, al verme vestido de toga, se acercó y me hizo reverencias a la vez que me hablaba en japonés. Su sobrina me explicó que habían querido felicitarme porque creían que era nipón. Les di las gracias y les dije que no era japonés. “Ah, debe ser japonés-americano”, dijo la señora. “No, soy de Chile”, les dije. “Oh, Chire, Chire”, exclamaron, y después de un par de reverencias y disculpas, se fueron. En un museo de Tokio me pasaron el tour grabado en japonés, sin detenerse a preguntar, a pesar de que mi barba canosa me debería haber identificado como gaijin, la palabra para “extranjero” que también puede significar “desconocido”. Le hice empeño a usarlo, pero no entendí nada y tuve que ir a devolver el aparato y cambiarlo por uno en cristiano, o en griego que fuera.

La línea Yamanote

La línea Yamanote

El chacal de la trompeta

1976. Vuelvo a Chile a fines de invierno y me encuentro con que Santiago ya no es una ciudad sino un limbo distópico. Si alguna vez fue una unidad diversa, la capital se ha puesto mucho más arisca y se siente como un ensamblaje de espacios disconexos. El silencio establece su imperio en las calles, en las micros, en el reluciente metro que repta por debajo de la Alameda, desde La Moneda a Plaza Italia, un vaivén de gente pálida, entumida, en ropajes plomizos. metrovacioNo hay sólo mudez, sino un callar porfiado, más profundo que el silencio. Después de un año de ausencia, en el cual tanto añoré mi idioma y mi ciudad, me encuentro con las ruinas de un lenguaje y con un tren subterráneo que no lleva a ninguna parte. Las palabras están atenuadas, tan desfiguradas (o disfrazadas) que resultan irreconocibles. La prescindencia de palabras es una droga que me ayuda a mantener, si no la calma, cierta compostura, el disimulo indispensable.

La música que se toca en las radios o en las micros o en las calles suena como si estuviera con el tiempo contado, al borde de un abismo de silencio, como si los chacal_13músicos si se fueran a topar en cualquier momento con las notas del Chacal de la Trompeta. Y muchos nos preguntamos cómo vamos a reaccionar –si abandonamos a la primera o seguimos un poco, desafiantes, si nos va a dar rabia, vergüenza, pena o risa– cuando el verdugo enmascarado eleve su instrumento de tortura.

En mi liceo fiscal el miedo también ha consolidado su dominio. Es un terror organizado, provisto de método y de calendario, predecible y aburrido, pero no por eso menos eficiente. El ritual de sumisión frente a la bandera de los lunes sirve de molde para todas las interacciones en el colegio y fuera de él. Una kermesse, un campeonato de baby-fútbol, un examen semestral, una exposición de arte, todo se inicia o culmina en algún gesto de avasallamiento. Las genuflexiones a veces son silenciosas, pero a veces vienen acompañadas de aspavientos y gesticulaciones propios del teatro del absurdo.

El currículum ha revertido a la Edad Media; desaparece la educación sexual y en su lugar se nos enseña el modo correcto en que una buena madre oxigena la leche junto a una ventana abierta antes de servirla, o la forma en que un padre moneda de 10responsable sabe desarticular la subversión latente de una gotera o una invasión de hormigas o un tapón quemado. La economía de la domesticidad, la domesticidad de la economía. En las monedas nos increpa un ángel con tetas ennegrecidas que acaba de romper sus cadenas.

La clase de filosofía de los cuartos medios la hace un tipo que a veces llega en uniforme de la FACh y otras veces aparece vestido de cura. Filósofo malo, filósofo bueno. La directora llega al trabajo con la escolta armada de su marido militar. El inspector es un ex-tira que se pasea entre las filas de alumnos, revisando con regla que el pelo esté corto y que los jumpers estén largos. Su especialidad es detectar a los fonomímicos que boicoteamos la segunda estrofa de la Canción Nacional en el acto de los lunes, o a los que aumentan demasiado el volumen en la parte de “hagan siempre al tirano temblar”.

General Augusto Pinochet Meets Chileans–Oiga Castillo, ¿qué andaba haciendo en Estados Unidos si usted es comunista?

–No soy comunista, señor.

–Castillo, ¿usted sabe por qué me pusieron Columbo los alumnos?

–Porque usted nos tiene bien rochados, señor.

–Correcta la respuesta del concursante.

Ya en la universidad, tengo que hacerles clases particulares a niños que me llevan al borde del infanticidio. El único que me simpatiza es una niñita de apellido árabe que me muestra cómo adelanta el reloj para que la hora de clases no dure tanto. Una vez la hicimos de diez minutos y nadie se dio cuenta. Algunos fines de semana me dedico a vender las sillas plegables y colgadores que fabricaba mi padre. Los acarreo a pulso, rogando a los choferes para que me abran la puerta trasera. Intento vender la mercadería por un par de chauchas en las esquinas, cerca de los centros comerciales. Les hago el quite a los pacos todo el día y por mi silencio se diría que también evito importunar a los clientes; sólo hablo si me dirigen la palabra. No sé ofrecer la mercadería, no sé regatear cuando me ofrecen una miseria.

niñod dormido en microA la vuelta me azoto la cabeza contra la ventanilla de una micro, dormitando con un libro abierto entre los dedos sueltos, pendiente de no perder mi paradero, de que no me roben la mercadería.

El regreso a Chile no ha sido auspicioso. Me defiendo a duras penas de un asalto en un callejón, sin tener nada que entregarle al borracho que me muestra su TIFA y me pone el revólver de servicio bajo la nariz. Por mucho tiempo no me comunico con nadie. No sé contestar bien si otros me hablan. Me cuesta determinar si mis amigos me hablan en serio o en broma. Le tomo el gusto a andar en la orilla mala del toque de queda, aprendo cómo se desplazan las patrullas. Hasta diría que penetrar ese tiempo y espacio prohibidos es mi forma de arte, mi intervención en la noche santiaguina, con la cordillera de los Andes de trasfondo, ese témpano fosforescente y mudo.

_santiago de chile y la cordillera de los andes desde la cordillera de la costa-620x446
Saldo algunas cuentas, me despejo de obligaciones y apenas tengo la oportunidad me voy de nuevo de Chile, como quien sale a respirar después de sumergirse en un estero de aguas muertas. “No me voy”, digo en las fiestas de despedida, “simplemente voy”, pero me centellea en la boca la mentira.

De Antípodas

Elogio del resentimiento

Aquí me asumo, en efecto, como un resentido. En el idiolecto chileno, para agregarle intensidad al epíteto hay que sumarle un sustantivo, el sujeto de la mancilla, del menoscabo: un tipo resentido, o mejor aún, un huevón resentido. Proclamo mi resentimiento con cierto orgullo, alegremente si me apuran, y estoy dispuesto a conceder altiro el punto si me acusan de resentido, o si me lo achacan tácitamente. Podrá parecer sospechoso que a un resentido le dé por celebrar su condición, pero la verdad es que nosotros los resentidos somos, en el fondo, gente jovial y dada a la verbena.

livre_d_art_eloge_de_la_folie560Ya que nadie más lo va a hacer, quisiera aprovechar de ofrecer mi propio elogio del resentimiento. Erasmo de Rotterdam, que no era ningún tonto, se alivianó la tarea describiendo la necedad de manera tan laxa que a los traductores no les fue difícil brutalizar sus ideas. Así es como la estulticia original, materia complicada y profunda, se transformó en una simplona y payasesca locura. Por lo tanto, prefiero no definir qué es el resentimiento, porque no quiero constreñir una condición que es compleja y vasta, tan compleja y tan vasta y tan incomprendida como la misma estupidez.

Hay plumas ilustres que lo intentaron y pagaron caro su fracaso: ahí están el cadáver fétido de Kierkegaard, la momia calva de Nietzsche, el cascarón de Scheler; he ahí el ataúd hediondo de Weber, la calavera estrábica de Sartre. Todos cayeron derrotados por el poderío irrefrenable de lo que ellos quisieron despachar como ressentiment, es decir, una especie de envidia glorificada, una simple comezón infantil de mala fe.

Quisiera más bien elogiar el resentimiento por sus efectos, por la eficacia viral con que los resentidos del mundo somos capaces de aunar la teoría y la práctica. Nuestra guerra de guerrillas está basada en dos movimientos tácticos esenciales: 1) el disimulo pertinaz que permite 2) la meditada ejecución de la revancha.

SONY DSCAcierta Alone, catador de poetas (resentidos, los mejores), cuando se refiere al resentimiento como “la llaga secreta”, la fuente matriz. Acierta también el historiador Mario Góngora cuando afirma que el resentimiento es el motor enérgico de la historia de América Latina. Tenemos que leer esa historia, nuestra historia de largos y sostenidos resentimientos, como una marcha abigarrada y multiforme, galope de muertos, caballos de sueños, con avances y retrocesos, hacia mejores formas de justicia. Los resentidos damos por sentado que el respeto que se nos debe corresponde exactamente al respeto que se debe al derecho y sabemos que toda buena revancha es siempre preludio y corolario del imperio de la ley.

Así que brindo por el resentimiento, porque es la irisada agalla de mutante con que filtro las aguas servidas de la ex-patria mientras espero que vengan tiempos más justos, menos corruptos. Mi resentimiento es vino espeso, es sangre, es la tinta que gotea de estas líneas sin destino ni remitente fijo, estos comentarios reales de mestizo, este manojo de mala yerba de peladero, estos recados tomados de mal talante. Mi resentimiento es la batería recargable de estas querellas.

Dicho de manera simple y risueña, mi resentimiento –no es sólo mío, somos legión, y lo que sigue debería leerse todo en primera persona del plural– es sagrado porque a mí me aúpa y a otros los asusta, los repele, les levanta espléndidas ronchas de mala conciencia por el cuerpo.

monosResentidos de mi país, hagamos chasquear nuestras cortaplumas, salgamos del closet a mano armada, porque si hay una cosa cierta en lo que dice el enemigo, es que el resentimiento es bilis y veneno que carcome al que lo siente. Pero sólo si se reniega de él, si se lo disimula demasiado. Molestemos con nuestro resentimiento, dejemos constancia de que, sin nuestra anuencia, la patria, su consenso y sus ordenanzas son un compendio de ficciones muertas, poco más que una serie de alianzas endogámicas, un prolongado simulacro, boato, pura ceremonia.

A los momios les advierto que el verdadero resentimiento es vital y fecundo y por eso no puede ser humilde. A los otros, a los que se creen buenos y quieren ser nuestros aliados, a los que les encanta emocionarse en nuestros funerales, hay que aclararles que el resentimiento es más potente y más difícil que la solidaridad. Más aún: el resentimiento es la condición sine qua non de la verdadera solidaridad, la que no admite atajos, la que se caga, si hay que hacerlo, en las buenas intenciones y en las coronas de caridad.

El resentimiento no es envidia, sino goce lúcido –y lúdico– de lo que se puede potenciar. El resentimiento, aunque imite sus formas, no es rabia destilada, incorpórea, ni rencor, ni odio vulgar, ni tampoco hostilidad, sino reconocimiento sentido y palpable de la propia valía, de lo inalienable, de lo propio, de este cuerpo y estas manos y estos ojos achinados y esta ropa de mal gusto. El resentimiento es pulcritud espiritual. Denme un punto de apoyo y con este resentimiento muevo el mundo.

El muerto Scheler decía que el resentimiento es el auto-envenenamiento de la mente; el muerto Nietzsche decía que todo super-hombre es incapaz de resentirse por más de quince minutos. Yo declaro desde las antípodas chilenas que el resentimiento es y será mi guardaespaldas implacable.

Coda y respiro y bálsamo

Gabriela Mistral, con sus ojos de huemul, ojos de agua atenta, dice que el territorio de la patria debe mirarse siempre así: “como nuestro primer cuerpo que el segundo no puede enajenar sin perderse en totalidad”. Lo escribe, resentida, a sabiendas de que su segundo cuerpo era negado y borrado por la patria, sabiéndose enamorada de un país que le tenía vedado tomarse libertades con la primera persona del plural.gabriela-dana

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